¿Dónde estamos ahora?

En algún momento hemos abordado en este blog la comunicación más básica, la personal, la que se produce entre uno mismo. Si, cuando uno habla consigo mismo, también es una suerte de comunicación y en ella uno se autoanaliza, se evalúa, se justifica, se critica o se reafirma, según sea el balance que se haga finalmente de ello.

Y seguro que todos en algún momento nos hemos hecho esta pregunta: ¿Dónde estamos ahora? Pues bien, Mister Bowie se la ha planteado, justo al cumplir 66 años y estar alejado los diez últimos de la escena. Y ha hecho públicos sus pensamientos, eso sí, de manera un tanto enigmática.

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¿Dónde estamos ahora? Es una cuestión que da título al single que sirve de adelanto a su nuevo álbum que verá la luz en el mes de marzo y sin duda (pese a las críticas, frías en su mayoría, de los que se saben entendidos) ha tenido una buena campaña de promoción y difusión. Será que la ausencia se ha entendido larga, en eso seguro que coincidimos todos.

Se trata de un tema sobrio, nostálgico, melancólico, monocorde, minimalista y un video clip más austero todavía, pero tremendamente bello. Su melodía y la voz del Duque desvelan un halo de esperanza, de rebeldía, de ‘aquí estoy yo’ pese a todo y todos, no de cansancio y hundimiento, como expresan algunos, que se traduce en el crescendo rítmico que acompaña a una letra básica, sintética, de pocas palabras, pero con una gran carga simbólica.

Disfrútenla y reivindíquense todos aquellos que ya hayan corrido lo suficiente como para detenerse y mirar atrás, contemplar todo lo vivido y preguntarse where are we now? 

Seguro que todos tuvimos que coger en algún momento ese tren, con todo lo que suponía dejar atrás…

Seguro que todos nos hemos quedado en algún momento sentados, viendo al resto pasar…

Seguro que en algún momento hemos tenido la capacidad, ya fuese en pesadillas o sueños, de ‘despertar a nuestros muertos’…

Seguro que en algún momento nos hemos sentido perdidos en el tiempo…

Pero seguro que todos aquellos que ya hayan corrido lo suficiente se han dado cuenta que llega un momento en el que sabes: LO SABES. Y ese momento es AHORA.

Y te das cuenta como Bowie, y te relaja saber que no pasa nada mientras haya sol; no pasa nada mientras llegue la lluvia, mientras exista el fuego, mientras esté yo y mientras estés tú conmigo.

Ese es Bowie, como cualquiera de nosotros que haya vivido, e imagino que cantando como canta estará curado de espanto ante críticas bisoñas que adolecen de la madurez de un artista como él, camaleónico, que siempre ha estado ahí, con sus altos y bajos, con sus entradas a lo grande y sus ‘mutis por el foro’. Como cualquier otra persona.

Siempre se ha utilizado el socorrido mensaje de que la música es un lenguaje universal. En este caso un vehículo idóneo de comunicación. De ahí que la utilice Bowie, que se borró de la ceremonia de las Olimpiadas de Londres por desavenencias con la dirección artística, para recordarnos que el camino recorrido ha sido largo y para el que le queda necesita saber que no estará solo.

PD: Bowie DEP Forever (11-01-XVI).

No te respondo porque no quiero

En mi humilde opinión, la vida de hipercomunicación que estamos experimentando tiene dos peros: la obligación y la inmediatez.

Son conceptos amplios, con muchos tentáculos:

  • Si recibimos un correo tenemos que responder.
  • Si nos llaman por teléfono tenemos que responder y, si no respondemos inmediatamente, tenemos que devolver la llamada. Cuanto antes.
  • Si recibimos un whatsapp tenemos que responder inmediatamente.
  • Si nos mencionan en Twitter, qué menos que responder o, por lo menos, si es algo agradable, marcar como favorito.

¿Qué pasa si no te apetece? Te aguantas. Es una cuestión de educación, dirían algunos. De primero de urbanidad, parece. Cosas de la cortesía.

Quizás. Seguramente. Pero eso no quita que sea una esclavitud. Con todas las letras: no podemos escapar.

La tecnología es sabia y si enviamos un mensaje y no recibimos una notificación sabemos que el destinatario lo ha recibido. Si llamamos sabemos que el otro lo sabe, aunque el teléfono esté apagado. Y ¡qué decir del Whatsapp! El doble check, el en línea y el últ. vez hoy a las… son implacables: “oye, que hace seis horas que te he enviado un WA y aún no me has respondido y sé (porque me lo dice la aplicación del demonio) que llevas toda la tarde conectada. Merezco una respuesta”. Esto no es una ejemplo, es un caso real de hace sólo unos días. Merezco una respuesta.

¿Qué pasa si no quiero responder? ¿Qué hay de mi libre albedrío? ¿No vivimos en un país libre? Pues no, se conoce que no. Te aguantas y respondes. Y de buenas maneras, no vaya a ser que el otro se lo tome a mal.

Y no es sano, qué quieren que les diga. No es ni medio sano. Porque el primer impulso, al menos el mío, es responder con un mensaje borde de esos que provoca que el otro no vuelva a enviar un WA jamás. O sí, no lo sé, soy de bloqueo fácil.

Yo reivindico mi derecho a no responder, a no devolver una llamada que quizás no me apetece hacer, a ignorar los múltiples canales de comunicación cuando no puedo o no quiero comunicarme. Reivindico mi derecho al silencio y al ostracismo, olvidando el miedo a que me den por muerta si no respondo al teléfono o al correo antes de seis horas.

Queridos, ya que no podemos ser más listos que la tecnología aprendamos a ser respetuosos con el silencio de los demás y a tener paciencia, empatía, tolerancia y entereza en nuestros corazones. Y a decir que no, que es muy sano.

No nos borren la sonrisa

Debe ser que en estos tiempos rancios nos queda la sensación, en plan auto inmolación, de que la culpa de todo la tienen las buenas personas. Debe ser que el buen gesto hace tiempo que no vende. Debe ser que la predisposición o la deferencia ya no se valoran. La colaboración y el apoyo desinteresado a terceros tan sólo se travisten de secuela plañidera. Pues bien, me niego a creerlo.

Aunque prime el horror frente a lo bucólico, el drama frente a la comedia. Eso sí, el drama, miedo o terror fácil, frente incluso a la comedia ligera, porque ésta, aún por ligera que sea, requiere un grandísimo ingenio y esfuerzo. Prima el enriquecimiento y la fama fácil y a toda costa, frente a, de nuevo, el tan denostado esfuerzo.

Nos idiotizan con falsos espectáculos que todos pagamos, mientras los que mueven los hilos no cumplen el objetivo por el que fueron elegidos. No cumplen con su vocación de servicio, mientras se enriquecen sin el menor pudor.

Ahora quieren, cada dos por tres, que nos tiremos a la calle estómagos agradecidos, amantes del marisco y de los relojes de lujo. Quieren nuestro silencio aquellos que nos oprimen y como medida de choque sólo se les ocurre oprimir aún más a las economías más débiles.

Quieren que nos quedemos impasibles ante tantos despropósitos y sólo la red a ráfagas o la calle hierven en cuentagotas.

Lo están haciendo tan rematadamente mal, ya sean políticos, consejeros, empresarios o banqueros. Y los pocos que lo hacen bien pagan por los errores de los que no se responsabilizan de sus malos actos, los que esquivan a la justicia, los que no rinden cuentas del dinero embolsado, los que se aferran a su condición de aforados, los que ‘se blindan’ en sus contratos.

¿Y qué hacen los medios de comunicación tradicionales, en lugar de cumplir su función informativa? Lo fácil, se venden. Se alinean en uno u otro bando. Ni informan, ni forman, en su inmensa mayoría deforman, cómplices del rodillo que impone el poder. ¡Qué triste!

¿Dónde se han dejado la moral toda esa sarta de pseudo profesionales? Así no puede sobrevivir el buen orden en organizaciones, instituciones o empresas, ni tampoco el periodismo.

Y en esto que llega la navidad y escuchas como los trabajadores de grandes empresas ceden su tradicional cesta a Cáritas y ves como bullen los economatos con sufridos voluntarios y como los bancos de alimentos (los verdaderos bancos) cuentan con ayuda de personas anónimas desinteresadas. Y entras en una Universidad en Valencia, como podría ser en cualquier Colegio o Instituto y, año tras año, hacen su campaña solidaria de alimentos; o como un restaurante del área metropolitana, que un lunes al mes abre sus puertas para dar de comer de forma gratuita a personas sin recursos; o como una amiga te ofrece flores de Pascua para una campaña benéfica; o tu suegro te pide juguetes en buen estado para llevarlos a la ONG en la que colabora y tu madre te dice que en la Asociación Católica, en la que también colabora, están preparando lotes de productos para familias necesitadas; o que parte de la taquilla de tal espectáculo servirá para la compra de alimentos… y así, centenares de pequeños casos, tantos que podría llegar hasta el infinito, en una interminable cadena de favores que sirve para recomponer, en cierto modo, todos los desaguisados y desórdenes que encontramos día a día en nuestro mundo más cercano. Y por un momento, te sientes bien y sonríes.

 

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Y en esto que llega la navidad ‘más apretada’ para nuestras economías y a la incertidumbre sociolaboral se le une la muerte de la inocencia. Te levantas con tus hijos y una vez desayunados ellos, mientras lo haces tú, escuchas por la radio el macabro desenlace de la matanza de Newtown. Es duro, muy duro y te escondes de los tuyos y escapas a la terraza porque las lágrimas inundan tu rostro. Asimilar tanta barbarie, cuando las víctimas son niños, tantos niños, y miras a los tuyos tras el cristal, jugando con su madre, al pie del árbol de navidad, riendo y cantando. Y lloras y vuelves a llorar, porque como padre tienes ese punto de vulnerabilidad, de indefensión que lleva implícita la paternidad y sabes que hay muchas familias que no van a volver a escuchar las risas de sus pequeños y lloras porque otras muchas lo han perdido todo, hasta sus casas; porque muchos otros están de repente en la calle… porque, en definitiva, la navidad tiene ese punto cruel que en tantos corazones genera rechazo.       

Y en momentos así, la humanidad salpica de nuevo tu persona, como en un tsunami de amor y moralidad, como el que viven los protagonistas de Lo imposible. Y te sientes vivo, entero y recuerdas que ayudar al prójimo no es sólo un mandamiento, no es un precepto exclusivo de la religión, de cualquiera de ellas. Es algo intrínseco a las personas.

Y cada uno con un pequeño gesto podemos devolver la sonrisa a los que en algún momento la perdieron. Por ejemplo, Sofía, mi hija de 5 años, irá en los próximos días a cantar villancicos a la residencia de la tercera edad que hay frente al cole, con sus compañeros de la clase y seguro que arrancarán entre los yayos más de una sonrisa. Yo ya tengo pensado algo también y ¿qué harán ustedes? Súmense a esa cadena de favores.

No nos borren la sonrisa y mucho menos en navidad.           

 

    

¡Qué alguien pare esto!

Sobrepasas los 40 y todo transcurre a velocidad de vértigo. ¿El tiempo no dura lo mismo para todos, sea cual sea la época o el momento? ¿Por qué en nuestra infancia los días parecían más largos? ¿Por qué esas tardes de ‘me aburro’ resultaban interminables?

El caso es que cuando éramos jóvenes ya nos lo advertían nuestros mayores y evidentemente creíamos que ‘chocheaban’ y hoy, en cambio,  nos atemorizamos al tener su mismo pensamiento.

Nos hacemos adultos y dejamos muchas cosas atrás, lugares entrañables, objetos personales, amistades (que no lo serían tanto), recuerdos que nos asaltan en la mitad de la noche, algunos agradables pero confusos como los de antiguos amores, otros no tanto, como aquellas pesadillas de exámenes ‘sorpresa’ cuando hace más de quince años que no hacemos ninguno. Pero el caso es que todo va a velocidad de vértigo, desde que trabajas (por decirlo de algún modo, en estos años), vives en pareja, eres padre… y hay una cuestión, sobre todo lo demás, que nos revela la rapidez con la que se mueve el calendario y es lo reducido que se queda tras el ‘centrifugado de madurez’ cuando descubres como se te solapan todos los planes y a mi, personalmente, me pone de mal talante no poder llegar a todo y entonces, mi cuerpo, como una señal de basta, de stop: peta.

Mi grupo de vecinos juerguistas del ‘guaxap’ envía un mensaje para ver el Valencia – Atlético en algún bareto, mientras mi primo, el músico, me avisa que el día de antes tienen una sesión en Lemmon Hobs y resulta que tengo una cena con unos amigos que ya habíamos aplazado una vez… y es la segunda ocasión en que un concierto de mi primo se solapa cuando quedo con estos amigos ¡Diantres!

Quiero ir a Mestalla con mi hermano y unos amigos, los mismos que han organizado una barbacoa en casa de Emilio para el día siguiente y que ya han retrasado dos veces: una de ellas por mi culpa-agenda. Mientras el grupo de periodismo-papis intentamos montar una tarde de ‘parque de bolas’ previa al partido de Mestalla.

Todo eso esquivando alguna cena de antiguos alumnos porque te coincide con un ‘finde’ rural, algún cumple de peques, porque no puedes estar en tres sitios al mismo tiempo y una quedada familiar porque tienes que decidir entre familia natural o política…

O cuando entre el ‘guaxap’ tratas de cerrar una quedada de grupo, mientras que por mail te convocan a otro sarao o en otro grupo de facebook se está poniendo fecha para otra cosa… y todos revisamos nuestras agendas y que si este día no, que ese otro tengo boda, pues el otro yo tampoco que tengo cumple de mi tía abuela, pues nosotros el otro estamos en Beniyoquesé… y a todos nos queda encima la sensación extraña de que los demás igual no ponen mucho de su parte… cuando todos somos iguales.  

Total, empiezo el puente y al segundo día peto. Lo normal. Y evidentemente la agenda salta por los aires. Diagnóstico: virus estomacal con proceso diarreico severo y congestión muco nasal. Para cuando salgo del trance de flojera en el que me encuentro escribo estas palabras y me asalta la duda: ¿acumulamos demasiados compromisos, nuestra vida social, que si bien ya soporta una comunicación incompleta debido a nuestras responsabilidades, se resiente? ¿Las relaciones son más inconstantes y efímeras que en nuestra juventud, cuando un amigo lo era todo?

Entre (amigos) copas

¿No tenemos la sensación de que hay personas que disfrutan con los prolegómenos (proceso de comunicación inicial) y se difuminan luego en la cita-quedada-desenlace?

¿Toda esta sobe exposición de elementos para favorecer la comunicación (redes, guaxap, mail, sms, en desuso, éste último, sin entrar ya en el chat, skype, hell, viber…) grupal, no nos idiotiza un poco a la hora de mantener relaciones normales (entiéndase aquellas en las que participan todos los sentidos) entre la familia, compañeros o amigos?

Tengo serios problemas para recordar mis constraseñas…

¡Qué alguien pare esto por Dios! Qué yo me bajo… me voy al baño 😦

 

PD: vale si, todas estas herramientas nos ayudan cuando es difícil hacer un hueco en la agenda, pero es tan chulo verse y reírse en directo…

 

Bocados de realidad

Tras recoger mi mujer y yo a los peques a las cinco, ponerlos guapos y llevarlos a un cumple, me dirigí a Valencia (sólo) por motivos de trabajo. Un trabajo que finiquité raudo y veloz, ya que era víspera de puente y quería acabar la tarde con los míos. Y justo saliendo de la ciudad, por la avenida Fernando el Católico, pillé esa sintonía.

Es importante destacar que la conducción activa un modelo de comunicación y nos predispone para agudizar nuestros sentidos ante todo tipo de señales. Si, por ejemplo, circulas por una vía ancha de tres o cuatro carriles, tienes que ir atento sobre lo que pueda suceder en el resto de carriles, que no son el tuyo, para prever o estar alerta ante posibles maniobras. Esa sobre atención es la que nos permite articular una comunicación básica entre conductores y todo lo que nos rodea basada en gestos, palabras sueltas o miradas furtivas. A partir de esos escasos elementos, nosotros como conductores ‘voyeurs’ damos, a su vez, forma a historias incompletas que se convierten para nosotros en ‘pedacitos de realidad’.

A partir de este momento, recomiendo encarecidamente continuar la lectura escuchando la canción que se adjunta en el enlace. ¡Temazo!

Pues bien, enfilo la avenida y se coloca detrás mío un BMV (dos o tres ediciones más antiguo, o sea, pelín poligonero) color azul cobalto y empiezan a llamar mi atención sus dos pasajeros, a los que observo tras mi espejo retrovisor. Son una pareja joven, conduce él, moreno y sin atractivo aparente, mientras que ella, algo más joven todavía, es rubia, de ojos claros y acumula su belleza, más la que le falta a él.

Seguro que no están casados, si se te presupone cierta educación y estás casado no se suele discutir así, con tanta inquina y rabia gestual como la que muestra ella. Si estás casado (y recordad lo de la educación) las cosas no se suelen llevar tan al límite, corres el riesgo de perder mucho y al final del día la cama es la misma para ambos. Conclusión: no vale la pena.

Quien le iba a decir al bueno de Bob lo que le esperaba segundos después... y eso que conducía 'angel face'.

Quien le iba a decir al bueno de Bob lo que le esperaba segundos después… y eso que conducía ‘angel face’.

Avanzo con mi coche con el semáforo ya en verde y ellos siguen detrás mío. Me sorprende la conducción de él, pausada, sin perder los estribos, pese al chorreo que le está cayendo. Ella sigue con su retahíla de reproches y haciendo, desde su asiento del copiloto, grandes aspavientos. Está muy enfadada, incluso se enjuga unas lágrimas. Gira la cabeza y apoya la frente en el cristal de la ventanilla con la mirada perdida e inmediatamente vuelve a la carga. Él se va poniendo nervioso, sabe que ha provocado la discusión, pero no articula una frase entera, se le nota, balbucea, parece disculparse, pero ella no encuentra consuelo. Otro semáforo en rojo, me detengo y ellos hacen lo propio. En ese momento, ella hace ademán de quitarse el cinturón para apearse y él en un gesto rápido y desesperado pone su mano derecha sobre la de ella que está intentando quitarse la protección. En ese instante, se cruzan sus miradas y la de ella es de decepción, mientras que la de él ya intuye más el fracaso que la esperanza de una pronta reconciliación.

Semáforo verde, acelero y compruebo que se van quedando atrás, circulan igual de lentos que al principio. Pero ya no discuten, él mira hacia delante sin girar el rostro hacia ella y ella hace lo mismo sin mediar palabra, el silencio ahora les invade a ambos. En ningún momento he escuchado sus voces pero he sido testigo de su desaliento.

Acelero y llego al cumple a tiempo de tartas y regalos, saludo a amigos, beso a mi mujer, juego y bailo con mi hija y sus amigas y justo cuando apagan las luces y se hace el silencio para que la cumpleañera sople las velas y pida un deseo… me acuerdo de esa pareja de desconocidos, con los que he compartido un pedacito de su realidad y deseo, deseo para ellos que esa noche hallen consuelo.

La noticia del verano

Ya sabes que no tengo tele ni leo la prensa en papel o en internet, ni escucho informativos de radio ni estoy conectada a las redes sociales, de modo que para mí la noticia del verano no es mediática en sentido estricto. Si esto supone una decepción para ti ya puedes dejar de leer, porque el resto no te va a interesar ni pizca.

Mi noticia del verano tampoco responde a lo que escucho por la calle porque también estas noticias que corren de boca en boca tienen su origen en todos los filtros anteriores. Uno explica algo que ha visto u oído en los medios o en las redes y los demás también lo han visto u oído ya, de modo que la conversación versa sobre esos temas “comunes” a todos hasta el aburrimiento exasperante, o peor aun, hasta la asfixia del pensamiento único. Si me guiara por estas noticias a pie de calle debería hablar de incendios, Ecce Homo, subida del IVA, despidos en Canal 9, cancelan Carne Cruda, los tuper en los coles, rescates a Bankia y a las autonomías, Siria enloquece, Juegos Olímpicos, inmigrantes sin atención médica, los perros eran niños, asaltos a los supermercados, Assange refugiado en la embajada de Ecuador, Chavela se va…

De todo ello he oído hablar en los bares, en las panaderías, en las casas de mis amigos, en los mercados y en las colas de la oficina del Servef. Y de todo ello he opinado, aunque no hubiera tenido acceso a la fuente original de la información y aunque los datos que me comentaba un conocido entre caña y caña estuvieran pervertidos por todos esos filtros y tan lejanos, claro, al hecho real. No sólo estamos acostumbrados a conversar sobre la agenda de temas que otros dictan, también nos hemos habituado a opinar sin conocimientos (y por ello sin miramientos) sobre cualquier suceso, tanto si se trata de una anécdota frívola como de una actuación política contra los derechos humanos.

Por eso mi noticia del verano no es ninguna de las que he mencionado, ni otras muchas que han poblado las páginas, las redes y los informativos.

Ahora olvídate de todo eso y mira atentamente al grupo de personas de la foto. Cada día de este verano han aparecido a media mañana con una mesa plegable y unas sillas, una caja de dominó y muy buen humor. Se han instalado bajo las acacias, a la entrada del parque (donde la sombra acoge con frescura y el airecillo corre entre las esquinas) y se han puesto a jugar. Como sólo juegan 4 cada vez, el resto se ha comido mientras tanto el bocadillo del almuerzo sin dejar de opinar sobre las jugadas y los tantos y algun día, incluso, se han traído una botellita de mistela. Hacia la una de la tarde han terminado la partida, han recogido todo y se han marchado hasta el día siguiente.

Lo puedo contar con tantos detalles porque lo he observado muchos días este verano. Los escuchaba desde casa “Cierra, Antonio, cierra ya que no tienes el cuatro…” y me ha gustado asomarme a la ventana para verlos allí y hacerles la foto que ahora ves tú. Esto es un relato de primera mano, te cuento el hecho tal cual ha sucedido porque lo he visto con mis propios ojos.

¿Es esto una noticia? Lo es, porque se trata de un suceso que altera el funcionamiento habitual de ese espacio y de las actividades que en él transcurren. Lo es también porque no había ocurrido antes y porque acaba de ocurrir ahora mismo. Pero sobre todo es noticia porque se trata de un hecho trascendental: ese grupo de personas está empoderando el espacio público, está haciendo un uso extraordinario de la calle, ha tomado la plaza. Trasgreden las normativas urbanas, no reivindican nada de forma explícita, no llevan pancartas o consignas ni pretenden que el mundo se les una, utilizan mobiliario propio, no consumen en la terraza de un bar, comen y beben en la vía pública, se muestran con total naturalidad, no impiden el paso ni molestan, alteran el paisaje urbano y el objetivo de todo esto es jugar.

Considerar por todo ello que este suceso es una noticia puede que no sea periodismo en el estricto sentido académico, pero desde luego es comunicación de resistencia. Y es mi noticia del verano. Que empiece el curso.

Hot stuff: fijación

Abandonó apresurado el local. Sin despedirse de nadie. Empezó a sentirse incómodo, como en otras ocasiones, y una melodía le trajo a la mente un recuerdo dormido. Sintió un ahogo y una presión que crecía en su pecho. Ya en la puerta, el repiquetear de unos tacones le recordaron lo mismo. El recuerdo le perseguía y encauzó su cuerpo alterado en sentido contrario al latir de esos mismos tacones.

En cuanto tuvo un segundo, volvió en sí, recuperó el ánimo y recondujo su rumbo hacia donde había dejado el coche. Pero a veces conducir en medio de la noche no es la mejor forma de evitar tus fantasmas. La luna delantera se convierte en una pantalla en la que se reproducen nítidamente todos tus oscuros pensamientos.

Y así sucedió. Conducía de manera mecánica, al tiempo que un sinfín de imágenes se reflejaban en el cristal. Pero una se repetía de forma insistente. Unas piernas largas, muy largas, de mujer.

Así fue, unas piernas largas, muy largas que limitaban al norte por una estrecha falda gris marengo de tubo y cintura alta. La que escogen las ejecutivas el día que se reúne el consejo. Ustedes sabrán porqué. Mientras que al sur estaban flanqueadas por unos estilosos zapatos de tacón, por supuesto, negros. Y una sutil media protegía de cualquier agresión externa esas largas, bonitas e interminables piernas. Unas piernas que recurrentemente veía alejarse. Eso es lo que recordaba. Unas piernas que mostraban en su paso determinación y que luego atisbaban cierta duda. Precisamente, esa duda, anunciaba el triunfo de la pasión frente a la obligación. Era la victoria de lo inesperado ante el tedio. Era lo negro frente a lo blanco. Era lo más y era para ambos.

Todo lo que venía tras esa duda en el caminar, tras esa media vuelta de unas piernas que decidían entre sucumbir o resistir, era el sabor del placer condensado en un furtivo beso, que luego tornaba de suave en violento. Su tacto y sus manos rodeándolo, al igual que él se explayaba con las suyas por su cuerpo. Un cuerpo vedado, inaccesible y que ahora hacía suyo. Un goce irrepetible, por prohibido, pero que se repitió una y cien veces. Unas miradas extraviadas, un gemido primitivo. Un latido espasmódico. Un temblor que sacudía esas mismas piernas que habían mostrado seguridad a cada paso.

Era como ser uno mismo y conocer al otro sin máscara ninguna y disfrutar del placer que suponía el hallazgo. Un placer que era infinitamente distinto a lo hasta ahora conocido. Era en boca de Sade, como ‘un dulce tabú’.

Un semáforo en rojo ni siquiera visto. Suerte que apenas hay tráfico, porque su cuerpo sigue en el coche, pero su mente cabalga desbocada mientras nota las yemas de sus dedos como escalan desde el empeine de sus pies hasta encaramarse a sus rodillas y como sus manos se revuelven para ocultarse de camino a su entrepierna, mientras se reproducen en ella los temblores, como si un movimiento en la falla provocara estragos en el subsuelo de la epidermis de sus largas, largas piernas.

A partir de ahí vio en el cristal como el placer se intensificaba, como se cruzaban las miradas con los ojos entornados, como se decían ‘te deseo’ con el tacto, con el sabor de su piel, con los continuos jadeos.

Un haz de luces le devuelve a este mundo. Un claxon de advertencia, un frenazo que le permite por un segundo revisar su trayectoria y esquivar un vehículo que se incorporaba a la calzada con preferencia.

Pero en un instante vuelve ella. De nuevo sus piernas, ahora prácticamente desnuda desaparece de la estancia para atender una llamada privada y su regreso vuelve a ser otro triunfo de la pasión ante la desidia que provoca la rutina. Una vez más vuelve y gozan en secreto y se aleja y vuelve. Y él no repara que en ese juego gozoso de escapadas y regresos, quizá algún día esa fuga no tenga retorno. Él tiene una fijación que está detenida en sus piernas. Unas piernas que se marcharon hace dos años y que no han vuelto.

Gentileza de Mr., AlbirNota sus besos en el cuello, como sus manos revuelven su cabello. Se sorprende sintiendo como, de repente, esas mismas manos se apoderan de su centro. Se nota desarmado, desnudo, pero henchido de placer. Un placer que descarga finalmente cuando ella está sobre él y él dentro de ella. Lo que viene después es un estado ideal que nada tiene que ver con lo establecido. Lo que ocurre entre ellos después es tan largo y duradero como toda la tensión acumulada hasta el momento. Una extraña atracción impide que se separen sus cuerpos. Quedan abrazados, sus piernas entrelazadas, sus cuerpos fundidos sin posibilidad de separación hasta que despunte el alba. Pero de eso hace ya dos largos años y ella no ha vuelto.

De nuevo un claxon, una sirena estridente, haces de luces que no le impiden ver unas piernas largas, extremadamente largas, de nuevo.

Sabe que ya no cabe el regreso, después de tanto tiempo sin tener noticias de ella. Bueno, si que lo sabe, quizás no quiere verlo. Acelera y un fuerte golpe que recibe por el lateral derecho lo deja cruzado en la calzada, justo por el mismo punto en el que avanza a buena marcha un camión de reparto. Un segundo golpe, este aún más violento, arrastra el coche unos treinta metros, hasta dejarlo ladeado en la cuneta. El lado del piloto está totalmente destrozado. Tras unos interminables minutos y antes de que el conductor del camión, la policía y otros dos vehículos implicados en el siniestro se den cita ante los restos de su coche, él se arrastra fuera y cae en el suelo. Ahora la sangre ya no le deja ver esas largas y hermosas piernas. Y se alegra por un segundo, antes de cerrar los ojos, de recuperar su visión, de apartarse definitivamente de su fijación.