Hablar en la calle (2)

A propósito del espacio público como escenario para la conversación y el encuentro, me preguntaba hace unos días si las terrazas de los bares y las calles se complementan y se comunican por el simple hecho de desplegarse en un mismo lugar urbano. Tengo en cuenta que en tan sólo unos centímetros de diferencia pasamos de pisar un suelo público, común y de libre acceso (la calle), a ocupar un territorio condicionado por el consumo, un espacio excluyente por criterios económicos que puede permitirse denegar la admisión y que en virtud del pago de unos impuestos posee el uso privatizado de un espacio que nos pertenece a todos (la terraza).

Y bajo esta consideración me he dedicado a observar cómo se establecen en mi ciudad estas relaciones entre espacios públicos y privados, entendiendo que para comunicarse (tal y como se explica en la intención de este blog) se ha de hacer partícipe a otro de lo que uno tiene, manifestar o hacer saber algo a alguien, conversar, tratar, participar de un código común. De acuerdo con este criterio he paseado las calles de Valencia con la mirada atenta y he catalogado tres tipos de terrazas según la forma como se comunican con la calle: la extensiva, la depredadora y la dialogante.

La terraza extensiva es característica de las aceras. Se define por una fila interminable de mesas y sillas ajustadas contra los bordillos que dejan libre una pasarela de 1’5 metros de distancia hasta el nacimiento de las fachadas, lo que viene a ser un pasillo ajustado por el que deben circular las personas viandantes no sin cierta dificultad, sobre todo cuando se acompañan de carritos de la compra, bicicletas o monopatines, carros para el transporte de niños (tantas veces gemelos), aparatos para la ayuda al caminante anciano, etc. Un buen ejemplo de terraza extensiva es la Calle Literato Azorín del Barrio de Ruzafa. Durante la mayor parte del año se pueden recorrer varias manzanas de esta calle y sus adyacentes sin una sola interrupción de este tipo de terraza, cuyo mobiliario se extiende como una barrera asfixiante limitando las posibilidades de trayectos e itinerarios de los caminantes a estos pasadizos estancos, galerías de desfile que atentan también contra el derecho al anonimato, porque convierten al viandante que las atraviesa sin remedio en objeto de observación y escrutinio por parte del cliente cómodamente sentado.

En segundo lugar está la terraza depredadora, que abunda en las plazas pequeñas especialmente del centro histórico y zonas de mayor afluencia turística. Este tipo de terraza se instala cubriendo la totalidad del espacio público, sin dejar ni un solo resquicio de baldosa pisable por cuya presión con el zapato no se deba pagar una consumición. Un buen ejemplo es la Plaza del Tosal, en el Barrio del Carmen. Las terrazas que abarrotan este lugar no sólo no invitan al paso del  viandante en cualquier dirección que se quiera tomar, sino que lo impiden explícitamente con pequeñas vallas que demarcan la zona privada y su acceso en torno a sillones amplios y cómodos, a veces alfombras, flores y plantas de gran tamaño, calefacción en invierno y ventiladores en verano, iluminación indirecta, velas, mesitas auxiliares… es decir, la reproducción literal de un hogar de clase media. Y sinceramente, me parece mucho más civilizado el movimiento okupa sobre el espacio privado que esta depredación literal del espacio público. Al menos aquellos manifestaban claramente su necesidad y su disposición, mientras que estos otros se disfrazan de modernidad y atención al turismo.

Una terraza dialogante en la esquina de las calles Sevilla y Denia.

En tercer y último lugar están las terrazas dialogantes, que no son inclusivas pero al menos permiten que la calle las aloje y buscan en esa reciprocidad sus rasgos distintivos, excepcionales, detalles particulares que dependen del espacio en el que se insertan. Permiten que el aire circule alrededor del mobiliario y, por decirlo de una forma cinematográfica, hacen visible todo cuanto las circunda. Son ese tipo de terrazas en las que te sientas para mirar un fragmento de la ciudad… ¡y qué pocas hay! Lugares discretos, poco llamativos, ubicados en esquinas anodinas, con los elementos básicos para poder llamarse terraza -la mesa y la silla- que se nutren y afectan de la misma iluminación, la misma  temperatura y condiciones que la propia calle, sin alterar apenas nada de su fisonomía, sin alienar su relación con el paseante, sin bloquear, en definitiva, el tránsito locuaz e imprevisible del espacio urbano.

Así que finalmente y tras esta observación debo responder que no, en su mayoría las terrazas no se comunican con las calles, no se relacionan, no se comprenden, no se respetan. Sin embargo a mí me gustaría vivir en una ciudad donde esto fuera posible, así que voy a seguir con este mismo tema al menos un poco más, con la intención de aportar alguna idea que pudiera contribuir al habitaje de este lugar en el que todas nos despertamos cada día.

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Se van

En los últimos meses una buena parte de personas cercanas y queridas por mí se ha ido de esta ciudad. Se han marchado a otras ciudades de Europa o Latinoamérica, unas veces por la oportunidad y otras por la esperanza de encontrarla, pero en todos los casos empujadas por la certeza de que aquí no van a estar mejor y en algunas ocasiones por la desesperación de constatar que con toda probabilidad estarán peor.

Hablo de “mejor” y “peor” y me refiero siempre al contexto laboral. El trabajo es uno de los conceptos que más radicalmente está cambiando. Entre otros muchos, la milonga de la crisis está horadando los caminos de la imaginación y observo cómo personas que durante años han trabajado como profesionales independientes ahora no encuentran plataformas ni sectores en los que desarrollar sus conocimientos. Tampoco discursos. A mí me parece una situación escalofriante. Me consuelo pensando que al menos pone de manifiesto una de las debilidades del neoliberalismo: que no protege ni respeta los conocimientos independientes de las personas porque sólo las considera consumidoras. ¿Seremos capaces de aprovechar esta debilidad…?

Siempre me he inventado mi trabajo. En las dos décadas pasadas esto significaba aplicar mis conocimientos sobre las grietas del sistema que pedían una reparación. Ahora el sistema ya no existe para mí, dudo que exista realmente para ninguna persona trabajadora porque vamos hacia la sumisión absoluta y eso no es ningun sistema de trabajo. Y me pregunto qué voy a hacer con mis conocimientos, qué vamos a hacer todas las personas.

Quienes se han ido también eran para mí una fuente importante de conocimientos. Compartían con personas de su alrededor sus proyectos, ideas, confusiones y hallazgos y estimulaban en todos nosotros los puntos de vista divergentes. Claro que yo puedo seguir en contacto con esas personas que se van, puedo conectarme por diversos canales y mantener activas las conversaciones, pero los procesos de crecimiento de sus conocimientos ya no sucederán aquí.

Parece que la movilidad es una de las claves para sobrevivir en los nuevos horizontes del trabajo. Eso parece. A mí me impresiona porque llevo un año sabático en el cuerpo y no me he movido de esta ciudad en todo ese tiempo, me dedico a observar cómo se van los demás y la pérdida que eso supone de “lo cutáneo”, como dice mi amigo Isaac. Pero hay tanta movilidad en mi paisaje interior tratando de inventar mi trabajo de nuevo que no puedo ni pensar en hacer la maleta, al menos no todavía. Cada cual tiene su tiempo.