El imparcial del señor Ansón

Minientrada

La objetividad en la comunicación es una falacia. Las personas somos subjetivas porque tenemos sentimientos y memoria por lo que difícilmente no añadiremos aspectos personales a nuestra percepción del mundo.
Me da por preguntarme por qué le pedimos entonces objetividad a la prensa. Cabe cierto grado de imparcialidad/objetividad (¿es lo mismo? tal vez otro día reflexione sobre eso?) en la narración de los acontecimientos sucedidos pero, ¿en los artículos de opinión?
El señor Ansón (a quien no le preocupa que le quiten la tilde) lidera una cabecera con El Imparcial por nombre. No sólo me parece presuntuoso sino que, al incluir columnas de opinión, falta a su nombre. Además de velar el mensaje de que el resto de medios no lo son. ¿Se entiende así o estoy hilando muy fino?

25anson_d No, no me he molestado en leer El Imparcial. ¿Por qué debería hacerlo?

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Hacia la comunicación efímera

Las nuevas tecnologías, los hábitos de vida, nuestra realidad socioeconómica  condiciona nuestra existencia. Y la cuestión es ¿ganamos o perdemos calidad de vida con el paso del tiempo?

¿Por qué todo tiene que ser tan rápido? Seguimos debatiendo cual será el papel de los medios de comunicación en un futuro inmediato, por no decir ya, y resulta que nosotros con la ayuda de las nuevas tecnologías y las tendencias de nuestra sociedad, no sólo hemos asimilado sus mecanismos, sino que los hemos sobrepasado.

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Voy a Mestalla y subo una foto, no me espero a hacerlo después del partido, ya no tendría sentido; estamos en el cumple de Marichuspi y nos etiquetamos en una imagen, no lo hago tras la resaca, ya no estaríamos para risas; me invitan a la inauguración fashion de la frutería de la esquina y me ‘geolocalizo’; voy en AVE a la capi y lo ‘casco’ antes de que arranque la máquina y me quede sin cobertura, ¡válgame dios!*

* Hago un inciso para especificar que todos estos comentarios son en primera persona, no porque sean propios de mi persona, sino para evitar herir sensibilidades de terceros.

Nos hemos convertido en ‘reporteros’ de nuestra propia existencia y la realidad informativa, la de los medios, parece que no nos siga el ritmo. El papel (prensa), salvo para los propios medios y políticos es un refrendo del ayer y por tanto, para la sociedad actual nace ‘viejo’. La radio, a excepción de boletines horarios, asume su condición de espacio de reflexión, opinión y entretenimiento para acompañantes individuales, que no solitarios y la televisión, sin duda, será la que tenga mayor vida, al tiempo que ofrece el resultado más pobre de los tres medios analizados.

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La prensa digital, al igual que la radio digital (la que obvia las ondas) pugna por hacerse un hueco, pero este no se encuentra en sus sitios web, sino que comparte espacio en las diferentes redes y convive con el resto del universo, o sea todos nosotros, en igualdad de condiciones, ya sea página personal o de empresa.

Es decir, nos estamos cargando los medios convencionales y resulta que copiamos su fórmula de inmediatez, pero multiplicada a un 4G por mil. Y convertimos aquel mensaje revolucionario de ‘liberté, égalité, fraternité’ en algo tan tragicómico como ‘paripé, frivolité et superficialité’ cuando analizamos la vida media de un comentario en un muro, la vida media de un tweet, el promedio de vida de un post, las posibilidades de un simple comentario, frente a la viralidad que puede obtener una imagen, la pereza o inconveniencia de ver un video que alguien comparte, si no te viene bien en ese momento, o el rechazo que puede generar el pinchar un enlace de un post a un blog, o un artículo o lo que sea ¿qué secuencia de iluminada dicha tiene que conjurarse para convertir en viral, trending topic o super mega compartido un asunto o tema?

Transitamos hacia una comunicación efímera, sintética y escueta, en la que todos tenemos atril y micro para comunicar y de hecho lo hacemos, pero solo en contadas ocasiones, ese proceso sublime y fantástico de emisión y respuesta, se produce, y se convierte, entonces, en un gozo extraordinario, en el que disfrutan por igual los dos ‘comunicandos’. ¡Pruébenlo! No hagan como mi hija cuando me canta: ‘habla chucho que no te escucho’.

Guía práctica para detectar al perfecto incompetente

Quizás habéis pensado muchas veces que vivís rodeados de incompetentes. Y seguro que es cierto, hay mucha gente así. Yo también lo soy en ciertos momentos de mi vida, la verdad.

Pero, en una época de crisis económica, social y empresarial como la que vivimos, aprender a tratar la incompetencia, empezando por admitirla, es una necesidad y una obligación que nos urge corregir.

Casi todos, en el colegio o en la universidad, hemos tenido la oportunidad de aprender muchísimas cosas, todas muy útiles: matemáticas (bueno, yo no muchas porque no me gustaban), lengua, literatura, marketing, microeconomía, macroeconomía, derecho… Sin embargo, tengo la sensación de que ha faltado, posiblemente, una de las asignaturas más importantes de la vida: enseñar a comunicarnos adecuadamente.

Háblale a la mano

Solución ante incompetentes : decirles ‘Háblale a la mano’

Y es que creo que la mala comunicación (o la ausencia de ella) es uno de los factores esenciales de que existan personas incompetentes. Grandes pensadores como Robert J. Sternberg, Jürgen Habermas o Daniel Goleman han dedicado mucho tiempo a este tema.  Por eso, aprovechando las enseñanzas de estos tres grandes genios, podemos delatar, entre todos, al perfecto incompetente. He aquí unas pistas a modo de pequeña guía:

  1. Se cree un ser único e irrepetible. Vamos, casi un Dios. Piensa que nadie, más que él, tiene algo que aportar y decir. Y lo expresa con frases como, por ejemplo, “Voy a hacer esto porque si no lo hago yo, nadie lo hace”; “Llevo mucho tiempo dedicándome a esto y sé de lo que hablo” o “Hazlo bien, hazlo como yo”. También con coletillas del tipo: “¿me entiendes?”,¿sabes lo que te quiero decir? “; “te lo digo de verdad” o “y esto es así”.
  2. No hay nada que le guste del resto de las personas. Nunca ve virtudes en los demás ni cosas buenas. En el caso de que las detecte, tampoco las dice, se las calla. Con lo cual, su relación comunicativa con el resto de los mortales, casi siempre, es difícil y escasa.
  3. Siempre está criticando. Y, por regla general, a espaldas de la gente. Su debilidad son las puñaladas traperas. Y, aunque sea verdad lo que esté diciendo y tenga razón en lo que esté haciendo, su comunicación con los demás nunca es fluida, sino más bien espesa.
  4. El lenguaje positivo nunca pone en peligro la comunicación

    El lenguaje positivo nunca pone en peligro la comunicación

    Nunca es positivo cuando utiliza el lenguaje. Lo que denota que no hay deseo sincero en él de mejorar, de crecer, de cambiar o de asumir responsabilidades. Además, sonreír y crear buen rollo son verbos que casi siempre desconoce. Y, desde luego, hoy en día lo que nos hace falta es gente alegre que arrastre como un imán al resto de la gente.

  5. Hiere el orgullo de los demás ¡Importantísimo! En este caso, estamos ante un incompetente premium. Se comunica humillando, por lo tanto, quien lo escucha, al sentirse golpeado, siente la necesidad imperiosa de defenderse. Y así es imposible, o casi imposible, entablar una comunicación sincera y generar feedback con el sujeto.
  6. Y, la última, siempre abre la boquita antes de escuchar. Nunca hace que su interlocutor se sienta importante y esto, aunque suene paradójico, es uno de los secretos imprescindibles de los buenos conversadores, ésos que me gustan tanto a mí.

En conclusión, que en esta vida es muy importante que dediquemos tiempo a reflexionar sobre cómo nos comunicamos con los demás si no queremos ser unos incompetentes de tomo y lomo. El éxito de los competentes, y lo digo muy en serio, está en la comunicación. Éste será siempre su factor diferencial.

¿Nos animamos a acabar con la incompetencia?

Una brújula para Albert

Aún no he terminado de leer “Brújulas que buscan sonrisas perdidas”, de Albert Espinosa. Supongo que terminaré de hacerlo, pero me tiene atascado. Y me pasa con Albert Espinosa algo que no suele sucederme. Yo soy muy de dejar un libro si no me vale la pena. Pero es que Albert Espinosa me cae bien y me gusta su mensaje positivo.

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He leído “Todo lo que podríamos haber sido tú y yo, si no fuéramos tú y yo” y “Si tú me dices ven lo dejo todo, pero dime ven”. Qué títulos tan atípicos y sugerentes, ¿no? Pues lo más atípico de Espinosa no es el título de sus libros, sino sus historias. Ha creado un sistema de escritura muy original, muy orgánico, poco ortodoxo y un poco complejo pero que consigue enganchar al lector porque tiene un secreto: la empatía que despierta el personaje principal y narrador del relato. Crea un personaje cercano, buena gente, majete, que uno querría tener como amigo, alguien agradable al lado de quien se quiere pasar el rato. Alguien sencillo, como cualquiera de nosotros, que habla con honestidad de sí mismo, que narra la historia con emotividad y que consigue anclarse en el corazón del lector. De modo que, aunque las historias sean a veces retorcidas o extravagantes, la compañía del personaje vale la pena. Y como habla en primera persona, hace que le quieras.

Este último libro se le ha ido de las manos. Está siendo un éxito en ventas y supongo que más por afición al autor que por otra cosa. Siento decirlo porque Espinosa me cae estupendamente, pero no está bien escrito. Tiene erratas y falla en los signos de puntuación y a veces parece traducir literalmente a castellano del catalán. Pero además  hay partes en las que no sabe uno si está leyendo un libro o un guión.  Y no es lo mismo. Lo lamento porque pienso que sabe hacerlo mejor. Por eso creo que se le ha ido de las manos el desorden organizado de su planteamiento al escribir. Se ha vuelto tan sumamente orgánico que crea dificultades innecesarias al lector.

Otro tema sería si, ahora que está en cartelera “En el camino” (adaptación de un libro más que recomendable), hubiera tratado de escribir de manera reaccionaria. Pero, reaccionando, ¿contra qué? Yo creo que si Kerouac escribiera hoy lo haría de una manera pulcra y hasta puntillosa, tanto que se confundiría con el mismo Truman Capote. Porque, ante el desaguisado lingüístico en que vivimos, con la relajación verbal que impera, hoy lo reaccionario sería escribir de manera perfectamente correcta y armoniosa. Me parece que hoy la higiene verbal pasa por visitar a los clásicos de la literatura, por recuperar la forma original y perfecta del lenguaje. Y sin embargo todo indica que vamos en dirección contraria y los escritores deberían dar ejemplo si no queremos que el lenguaje siga deteriorándose.

Me parece estupendo que se escriba (y se lea) sobre lo que se quiera. Creo que la variedad está para satisfacer a todo el mundo. Y como también creo que leer no es un valor en sí mismo (¿por qué regla de tres es mejor que te guste leer que lo contrario?) supongo que hay que ser un poco crítico y exigente con lo que se lee (porque el mundo está sembrado de millones de libros).

Admiro y respeto mucho el talento para inventar y contar historias, y envidio la capacidad de escribirlas. Pero siempre espero que el escritor ponga toda el alma, toda la intención y el esfuerzo al hacerlo de manera correcta y, a ser posible, hermosa.

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Lo que se dice es importante, pero cómo se escribe no lo es menos. Y Albert Espinosa tiene un don al que debería hacer justicia.