¿Dónde estamos ahora?

En algún momento hemos abordado en este blog la comunicación más básica, la personal, la que se produce entre uno mismo. Si, cuando uno habla consigo mismo, también es una suerte de comunicación y en ella uno se autoanaliza, se evalúa, se justifica, se critica o se reafirma, según sea el balance que se haga finalmente de ello.

Y seguro que todos en algún momento nos hemos hecho esta pregunta: ¿Dónde estamos ahora? Pues bien, Mister Bowie se la ha planteado, justo al cumplir 66 años y estar alejado los diez últimos de la escena. Y ha hecho públicos sus pensamientos, eso sí, de manera un tanto enigmática.

David-Bowie-Photo-by-Jimmy-King[1]

¿Dónde estamos ahora? Es una cuestión que da título al single que sirve de adelanto a su nuevo álbum que verá la luz en el mes de marzo y sin duda (pese a las críticas, frías en su mayoría, de los que se saben entendidos) ha tenido una buena campaña de promoción y difusión. Será que la ausencia se ha entendido larga, en eso seguro que coincidimos todos.

Se trata de un tema sobrio, nostálgico, melancólico, monocorde, minimalista y un video clip más austero todavía, pero tremendamente bello. Su melodía y la voz del Duque desvelan un halo de esperanza, de rebeldía, de ‘aquí estoy yo’ pese a todo y todos, no de cansancio y hundimiento, como expresan algunos, que se traduce en el crescendo rítmico que acompaña a una letra básica, sintética, de pocas palabras, pero con una gran carga simbólica.

Disfrútenla y reivindíquense todos aquellos que ya hayan corrido lo suficiente como para detenerse y mirar atrás, contemplar todo lo vivido y preguntarse where are we now? 

Seguro que todos tuvimos que coger en algún momento ese tren, con todo lo que suponía dejar atrás…

Seguro que todos nos hemos quedado en algún momento sentados, viendo al resto pasar…

Seguro que en algún momento hemos tenido la capacidad, ya fuese en pesadillas o sueños, de ‘despertar a nuestros muertos’…

Seguro que en algún momento nos hemos sentido perdidos en el tiempo…

Pero seguro que todos aquellos que ya hayan corrido lo suficiente se han dado cuenta que llega un momento en el que sabes: LO SABES. Y ese momento es AHORA.

Y te das cuenta como Bowie, y te relaja saber que no pasa nada mientras haya sol; no pasa nada mientras llegue la lluvia, mientras exista el fuego, mientras esté yo y mientras estés tú conmigo.

Ese es Bowie, como cualquiera de nosotros que haya vivido, e imagino que cantando como canta estará curado de espanto ante críticas bisoñas que adolecen de la madurez de un artista como él, camaleónico, que siempre ha estado ahí, con sus altos y bajos, con sus entradas a lo grande y sus ‘mutis por el foro’. Como cualquier otra persona.

Siempre se ha utilizado el socorrido mensaje de que la música es un lenguaje universal. En este caso un vehículo idóneo de comunicación. De ahí que la utilice Bowie, que se borró de la ceremonia de las Olimpiadas de Londres por desavenencias con la dirección artística, para recordarnos que el camino recorrido ha sido largo y para el que le queda necesita saber que no estará solo.

PD: Bowie DEP Forever (11-01-XVI).

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Hot stuff: Sudor, saliva y sal

Termina demasiado tarde la jornada en un jueves horrible, de una semana horrible, del peor de unos últimos años horribles. He abusado de demasiadas cosas durante demasiado tiempo, especialmente del trabajo. Esto no son horas, no es vida, JODER!

Cierro el ordenador. A la mierda el objetivo, que le jodan a mi jefe, que le den por culo al puto piso, al coche, al reloj, a los zapatos y a la corbata de los cojones. Joder, cómo aprieta la seda… Me falta el aire. Me aflojo el nudo y desabrocho el ultimo botón de la camisa. El calor es asfixiante y, sin embargo, noto frías gotas de sudor en mi frente, mi nuca empapada que se derrama por mi espalda. Me va a explotar la cabeza. Ibuprofeno. Dos.

Me recuesto sobre mi sillón. Noto que la sangre empieza a dejar de bombear en mis sienes, por mis piernas empieza a fluir la sangre, cada vez más caliente y asciende hasta instalarse en el bulto denso entre mis piernas. Sé qué tengo que hacer.

Me quito la corbata y la chaqueta. El aire caliente me golpea al salir del edificio. Cierro los ojos y siento su olor. Su olor. Aspiro fuerte, recorre mis pulmones y produce un pequeño y placentero espasmo en mi vientre. “Te voy a buscar, te voy a encontrar y… Sí, hoy sí”. Siento el corazón salirse del pecho y el pantalón tirante. Me quito el cinturón y lo abandono.

Camino por calles oscuras impregnadas de su olor. Mis pasos son torpes y apenas se ve pero conozco mi destino. Mi mente se nubla, mi sangre se vuelve pesada y se espesa el aire, tropiezo, vacilo, pero sigo adelante guiado por su olor. Ya noto su sabor en mi boca, en la lengua, entre los dientes. Su sabor. Cada vez más cerca. Me tiemblan las piernas. Me deshago de mis zapatos.

Salgo a la avenida y las luces me obligan a bajar la mirada y plegar los párpados. Me obligo a inspirar. Mi cuerpo está empapado. Tengo la ropa pegada al cuerpo.

Camino descalzo por el asfalto desierto de la madrugada de una ciudad que me parece que siempre duerme en manos de sueños absurdos. Crece la humedad y la camisa resbala por mi cuerpo. Me sobran los pantalones. Alivio mi presión. Me arranco los calcetines y piso la arena fría. Un escalofrío recorre mis pantorrillas, de nuevo un espasmo. Crece el deseo. Camino torpemente sobre la arena mientras rompo violentamente uno a uno los botones de la camisa que se derrama por mi cuerpo hasta el suelo. Ahí está, ante mí. Me detengo y veo brillar la luna sobre su piel. Su piel. Me llama, renuncio al último resquicio de artificio y me acerco febril, despacio. Me rodea con sus brazos y siento su lengua recorrerme en un abrumador escalofrío azotándome en un intenso espasmo. Mi cuerpo se tensa. Teje sus dedos entre mi cabellos empapados de su saliva y me acaricia suavemente la espada, el pecho y el vientre hasta mi fuerza primigenia. Recorre paciente todas mis esquinas, se cuela maliciosa por todos mis rincones, me colma con caricias, suave y constantemente meciéndome, enredándose, erizándome el vello. Sin cesar. Tensión, distensión. Una y otra vez.

Se arquea mi espalda, se pliega de nuevo y me desbordo, me vacío. Abro las alas y floto. Saliva, sudor y piel. Su piel, mi piel. Me mece y floto, liviano.

Hot stuff: fijación

Abandonó apresurado el local. Sin despedirse de nadie. Empezó a sentirse incómodo, como en otras ocasiones, y una melodía le trajo a la mente un recuerdo dormido. Sintió un ahogo y una presión que crecía en su pecho. Ya en la puerta, el repiquetear de unos tacones le recordaron lo mismo. El recuerdo le perseguía y encauzó su cuerpo alterado en sentido contrario al latir de esos mismos tacones.

En cuanto tuvo un segundo, volvió en sí, recuperó el ánimo y recondujo su rumbo hacia donde había dejado el coche. Pero a veces conducir en medio de la noche no es la mejor forma de evitar tus fantasmas. La luna delantera se convierte en una pantalla en la que se reproducen nítidamente todos tus oscuros pensamientos.

Y así sucedió. Conducía de manera mecánica, al tiempo que un sinfín de imágenes se reflejaban en el cristal. Pero una se repetía de forma insistente. Unas piernas largas, muy largas, de mujer.

Así fue, unas piernas largas, muy largas que limitaban al norte por una estrecha falda gris marengo de tubo y cintura alta. La que escogen las ejecutivas el día que se reúne el consejo. Ustedes sabrán porqué. Mientras que al sur estaban flanqueadas por unos estilosos zapatos de tacón, por supuesto, negros. Y una sutil media protegía de cualquier agresión externa esas largas, bonitas e interminables piernas. Unas piernas que recurrentemente veía alejarse. Eso es lo que recordaba. Unas piernas que mostraban en su paso determinación y que luego atisbaban cierta duda. Precisamente, esa duda, anunciaba el triunfo de la pasión frente a la obligación. Era la victoria de lo inesperado ante el tedio. Era lo negro frente a lo blanco. Era lo más y era para ambos.

Todo lo que venía tras esa duda en el caminar, tras esa media vuelta de unas piernas que decidían entre sucumbir o resistir, era el sabor del placer condensado en un furtivo beso, que luego tornaba de suave en violento. Su tacto y sus manos rodeándolo, al igual que él se explayaba con las suyas por su cuerpo. Un cuerpo vedado, inaccesible y que ahora hacía suyo. Un goce irrepetible, por prohibido, pero que se repitió una y cien veces. Unas miradas extraviadas, un gemido primitivo. Un latido espasmódico. Un temblor que sacudía esas mismas piernas que habían mostrado seguridad a cada paso.

Era como ser uno mismo y conocer al otro sin máscara ninguna y disfrutar del placer que suponía el hallazgo. Un placer que era infinitamente distinto a lo hasta ahora conocido. Era en boca de Sade, como ‘un dulce tabú’.

Un semáforo en rojo ni siquiera visto. Suerte que apenas hay tráfico, porque su cuerpo sigue en el coche, pero su mente cabalga desbocada mientras nota las yemas de sus dedos como escalan desde el empeine de sus pies hasta encaramarse a sus rodillas y como sus manos se revuelven para ocultarse de camino a su entrepierna, mientras se reproducen en ella los temblores, como si un movimiento en la falla provocara estragos en el subsuelo de la epidermis de sus largas, largas piernas.

A partir de ahí vio en el cristal como el placer se intensificaba, como se cruzaban las miradas con los ojos entornados, como se decían ‘te deseo’ con el tacto, con el sabor de su piel, con los continuos jadeos.

Un haz de luces le devuelve a este mundo. Un claxon de advertencia, un frenazo que le permite por un segundo revisar su trayectoria y esquivar un vehículo que se incorporaba a la calzada con preferencia.

Pero en un instante vuelve ella. De nuevo sus piernas, ahora prácticamente desnuda desaparece de la estancia para atender una llamada privada y su regreso vuelve a ser otro triunfo de la pasión ante la desidia que provoca la rutina. Una vez más vuelve y gozan en secreto y se aleja y vuelve. Y él no repara que en ese juego gozoso de escapadas y regresos, quizá algún día esa fuga no tenga retorno. Él tiene una fijación que está detenida en sus piernas. Unas piernas que se marcharon hace dos años y que no han vuelto.

Gentileza de Mr., AlbirNota sus besos en el cuello, como sus manos revuelven su cabello. Se sorprende sintiendo como, de repente, esas mismas manos se apoderan de su centro. Se nota desarmado, desnudo, pero henchido de placer. Un placer que descarga finalmente cuando ella está sobre él y él dentro de ella. Lo que viene después es un estado ideal que nada tiene que ver con lo establecido. Lo que ocurre entre ellos después es tan largo y duradero como toda la tensión acumulada hasta el momento. Una extraña atracción impide que se separen sus cuerpos. Quedan abrazados, sus piernas entrelazadas, sus cuerpos fundidos sin posibilidad de separación hasta que despunte el alba. Pero de eso hace ya dos largos años y ella no ha vuelto.

De nuevo un claxon, una sirena estridente, haces de luces que no le impiden ver unas piernas largas, extremadamente largas, de nuevo.

Sabe que ya no cabe el regreso, después de tanto tiempo sin tener noticias de ella. Bueno, si que lo sabe, quizás no quiere verlo. Acelera y un fuerte golpe que recibe por el lateral derecho lo deja cruzado en la calzada, justo por el mismo punto en el que avanza a buena marcha un camión de reparto. Un segundo golpe, este aún más violento, arrastra el coche unos treinta metros, hasta dejarlo ladeado en la cuneta. El lado del piloto está totalmente destrozado. Tras unos interminables minutos y antes de que el conductor del camión, la policía y otros dos vehículos implicados en el siniestro se den cita ante los restos de su coche, él se arrastra fuera y cae en el suelo. Ahora la sangre ya no le deja ver esas largas y hermosas piernas. Y se alegra por un segundo, antes de cerrar los ojos, de recuperar su visión, de apartarse definitivamente de su fijación.

 

El gran McGuffin

Últimamente, la familia real se me antoja un gran McGuffin. Ni Hitchcock lo hubiera hecho mejor. Bueno sí, me da que se lo hubiera currado un pelín más. Porque lo de la familia real es de traca.

Un Mcguffin es un engaño. Hitchcock inventó este concepto para desviar la atención del espectador momentáneamente. Es un elemento de la historia que parece muy importante y sin el que, aparentemente, no sería posible continuar con la historia pero que se acaba desvelando como insustancial para la trama, irrelevante, prescindible.

Felipe V, tataratatara... abuelo de Juancar, el primer Borbón reinante en España. Un figura.

La monarquía, la familia real, es lo mismo. Es una herencia del pasado, que existe no sabemos muy bien para qué pero, mira, ahí está, haciendo cosas, muchas cosas: casándose, divorciándose, pegándose tiros, matando elefantes, presidiendo honoríficamente organizaciones sin ánimo de lucro, navegando, dinamizando la economía, publicitando la imagen de España por doquier… Y, lo más curioso, es que ni siquiera es necesaria, más al contrario, es absolutamente prescindible: nuestra vida continuaría sin ningún problema, la de todos los súbditos. Y, si no, fíjense en la cantidad de países que van estupendamente sin reyes. Como gran McGuffin que es, la monarquía no aporta ya nada a la historia pero ahí sigue, por la gracia de Dios.

El caso es que yo tengo la manía de que seguimos siendo el Reino de España porque no sabemos muy bien cómo quitarlos de en medio, ni qué hacer con los residuos y como hasta ahora no habían molestado mucho… quiero decir que, hasta hace unos años, el pueblo no conocía más que lo bonito de la realeza que le enseñaba el ¡Hola! y ahora… ahora conocemos sus miserias. Que no es que la nueva generación sea peor que la anterior, es que ahora es más difícil que oculten todo lo que hacen: los medios de comunicación están empezando a perder el miedo a criticar los desmanes de algunos miembros de la familia real y las redes sociales son un hervidero de noticias e imágenes censuradas para compensar a los que aún no se han atrevido a contar las sombras de la monarquía española.

La cuestión es que, como todos los McGuffins, el futuro de la monarquía es inevitable: será olvidada. Poco a poco irá perdiendo peso en la historia hasta que, un día, nadie se acuerde de ella, nadie la considere necesaria y desaparezca. Puf. La pregunta es ¿falta mucho para eso?

Y en la historia de España, un rey.
(La imagen es de Zumbirriondo.com)

Se van

En los últimos meses una buena parte de personas cercanas y queridas por mí se ha ido de esta ciudad. Se han marchado a otras ciudades de Europa o Latinoamérica, unas veces por la oportunidad y otras por la esperanza de encontrarla, pero en todos los casos empujadas por la certeza de que aquí no van a estar mejor y en algunas ocasiones por la desesperación de constatar que con toda probabilidad estarán peor.

Hablo de “mejor” y “peor” y me refiero siempre al contexto laboral. El trabajo es uno de los conceptos que más radicalmente está cambiando. Entre otros muchos, la milonga de la crisis está horadando los caminos de la imaginación y observo cómo personas que durante años han trabajado como profesionales independientes ahora no encuentran plataformas ni sectores en los que desarrollar sus conocimientos. Tampoco discursos. A mí me parece una situación escalofriante. Me consuelo pensando que al menos pone de manifiesto una de las debilidades del neoliberalismo: que no protege ni respeta los conocimientos independientes de las personas porque sólo las considera consumidoras. ¿Seremos capaces de aprovechar esta debilidad…?

Siempre me he inventado mi trabajo. En las dos décadas pasadas esto significaba aplicar mis conocimientos sobre las grietas del sistema que pedían una reparación. Ahora el sistema ya no existe para mí, dudo que exista realmente para ninguna persona trabajadora porque vamos hacia la sumisión absoluta y eso no es ningun sistema de trabajo. Y me pregunto qué voy a hacer con mis conocimientos, qué vamos a hacer todas las personas.

Quienes se han ido también eran para mí una fuente importante de conocimientos. Compartían con personas de su alrededor sus proyectos, ideas, confusiones y hallazgos y estimulaban en todos nosotros los puntos de vista divergentes. Claro que yo puedo seguir en contacto con esas personas que se van, puedo conectarme por diversos canales y mantener activas las conversaciones, pero los procesos de crecimiento de sus conocimientos ya no sucederán aquí.

Parece que la movilidad es una de las claves para sobrevivir en los nuevos horizontes del trabajo. Eso parece. A mí me impresiona porque llevo un año sabático en el cuerpo y no me he movido de esta ciudad en todo ese tiempo, me dedico a observar cómo se van los demás y la pérdida que eso supone de “lo cutáneo”, como dice mi amigo Isaac. Pero hay tanta movilidad en mi paisaje interior tratando de inventar mi trabajo de nuevo que no puedo ni pensar en hacer la maleta, al menos no todavía. Cada cual tiene su tiempo.