Hablar en la calle (y 3)

Alrededor de las nueve de la mañana, cuando ni siquiera había desayunado todavía, con doce grados de temperatura y la ciudad desperezándose, he tenido un enfrentamiento verbal en plena calle, violento, irracional, estúpido.

Circulaba con mi bicicleta por encima de la acera en un tramo que siempre recorro de este modo porque el portal de mi casa queda al centro de una manzana y ese tramo de acera, bien o mal, lo recorro sin bajarme del sillín. Lo he hecho así desde hace 12 años, tantos como vivo en ese portal y nunca jamás he tenido ningún percance con un viandante, seguramente porque voy despacio y con respeto, cuidando de no importunar siquiera. Pero he de llegar a mi portal, no hay carril bici que pase por delante, de modo que llego sobre la bici en el deslizamiento dulce que provoca la levísima inclinación de mi calle hacia el norte.

Pues esta forma de llegar a mi casa se ha convertido en un problema desde que abrieron un bar que coloca su terraza ocupando este mismo tramo de acera que uso como pista de aterrizaje para llegar a mi casa. Es una terraza del tipo expansivo no sólo por estar ubicada a lo largo de la acera, sino porque las personas que en ella se sientan se expanden literalmente y ocupan con gran comodidad la mayor parte del suelo, de tal modo que en ocasiones los peatones debemos hacer cola para recorrer el estrecho pasillo que queda libre entre esa terraza y la fachada. Yo también camino esa acera a pie, claro, por eso lo puedo explicar, me ha sucedido a mí misma esto de hacer cola, esperar a que pase la señora que viene de frente con su carro de la compra y luego pasar yo, porque no cabemos ambas en el estrecho corredor que dejan libres los clientes de este bar, cómoda y ampliamente sentados en la terraza con sus perros desparramados a su alrededor, porque es un bar “dog friendly”, de modo que siempre hay perros descansando cómodamente sobre la acera, en cualquier lugar de la acera, también en este estrecho pasillo que nos dejan para circular a quienes no somos clientes del bar.

vecindad

Y esta mañana, después de un tiempo de tensiones no comunicadas que, por otra parte, motivaron esta serie de post sobre las calles y las terrazas, uno de los dueños del bar me ha interpelado directamente cuando pasaba con mi bicicleta por el estrecho pasillo mientras él montaba las mesas de la terraza. La explosión verbal no tiene ningún tipo de justificación, ni en este caso ni en ningún otro, ha sido una situación bochornosa que me avergüenza recordar, y me digo que parece mentira escribir sobre la posibilidad de “terrazas dialogantes” cuando yo misma me comporto con tan poca civilidad que soy capaz de responder gritando a un grito.

Nos hemos amenazado, él con denunciarme a la policía por circular en bicicleta por la acera, yo con denunciarle a la policía por desparramar su terraza privada ocupando sin miramientos el espacio público. Nos hemos amenazado, en lugar de dialogar, exponer cada uno su punto de vista, detallar las razones, el problema generado, exponernos y conocernos… nos hemos amenazado.

Lamento terminar esta serie de post con un relato tan agrio y una sensación tan deprimente, lamento de veras haber gritado a ese hombre en plena calle a las nueve de la mañana, aunque hubiera dormido poco y tuviera el estómago vacío y su grito haya penetrado en mis oídos como un estímulo violento. Desearía bajar ahora mismo a la calle, acercarme a ese bar, entrar, buscar a ese hombre, pedirle disculpas, sentarme en la barra y conversar con él. Seguramente tenemos muchas miradas comunes sobre el mundo, podemos entendernos, convivir y relacionarnos. Seguramente hasta podemos reírnos. Hablar en la calle, seguramente y en el fondo, es justo esto.

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Hablar en la calle (2)

A propósito del espacio público como escenario para la conversación y el encuentro, me preguntaba hace unos días si las terrazas de los bares y las calles se complementan y se comunican por el simple hecho de desplegarse en un mismo lugar urbano. Tengo en cuenta que en tan sólo unos centímetros de diferencia pasamos de pisar un suelo público, común y de libre acceso (la calle), a ocupar un territorio condicionado por el consumo, un espacio excluyente por criterios económicos que puede permitirse denegar la admisión y que en virtud del pago de unos impuestos posee el uso privatizado de un espacio que nos pertenece a todos (la terraza).

Y bajo esta consideración me he dedicado a observar cómo se establecen en mi ciudad estas relaciones entre espacios públicos y privados, entendiendo que para comunicarse (tal y como se explica en la intención de este blog) se ha de hacer partícipe a otro de lo que uno tiene, manifestar o hacer saber algo a alguien, conversar, tratar, participar de un código común. De acuerdo con este criterio he paseado las calles de Valencia con la mirada atenta y he catalogado tres tipos de terrazas según la forma como se comunican con la calle: la extensiva, la depredadora y la dialogante.

La terraza extensiva es característica de las aceras. Se define por una fila interminable de mesas y sillas ajustadas contra los bordillos que dejan libre una pasarela de 1’5 metros de distancia hasta el nacimiento de las fachadas, lo que viene a ser un pasillo ajustado por el que deben circular las personas viandantes no sin cierta dificultad, sobre todo cuando se acompañan de carritos de la compra, bicicletas o monopatines, carros para el transporte de niños (tantas veces gemelos), aparatos para la ayuda al caminante anciano, etc. Un buen ejemplo de terraza extensiva es la Calle Literato Azorín del Barrio de Ruzafa. Durante la mayor parte del año se pueden recorrer varias manzanas de esta calle y sus adyacentes sin una sola interrupción de este tipo de terraza, cuyo mobiliario se extiende como una barrera asfixiante limitando las posibilidades de trayectos e itinerarios de los caminantes a estos pasadizos estancos, galerías de desfile que atentan también contra el derecho al anonimato, porque convierten al viandante que las atraviesa sin remedio en objeto de observación y escrutinio por parte del cliente cómodamente sentado.

En segundo lugar está la terraza depredadora, que abunda en las plazas pequeñas especialmente del centro histórico y zonas de mayor afluencia turística. Este tipo de terraza se instala cubriendo la totalidad del espacio público, sin dejar ni un solo resquicio de baldosa pisable por cuya presión con el zapato no se deba pagar una consumición. Un buen ejemplo es la Plaza del Tosal, en el Barrio del Carmen. Las terrazas que abarrotan este lugar no sólo no invitan al paso del  viandante en cualquier dirección que se quiera tomar, sino que lo impiden explícitamente con pequeñas vallas que demarcan la zona privada y su acceso en torno a sillones amplios y cómodos, a veces alfombras, flores y plantas de gran tamaño, calefacción en invierno y ventiladores en verano, iluminación indirecta, velas, mesitas auxiliares… es decir, la reproducción literal de un hogar de clase media. Y sinceramente, me parece mucho más civilizado el movimiento okupa sobre el espacio privado que esta depredación literal del espacio público. Al menos aquellos manifestaban claramente su necesidad y su disposición, mientras que estos otros se disfrazan de modernidad y atención al turismo.

Una terraza dialogante en la esquina de las calles Sevilla y Denia.

En tercer y último lugar están las terrazas dialogantes, que no son inclusivas pero al menos permiten que la calle las aloje y buscan en esa reciprocidad sus rasgos distintivos, excepcionales, detalles particulares que dependen del espacio en el que se insertan. Permiten que el aire circule alrededor del mobiliario y, por decirlo de una forma cinematográfica, hacen visible todo cuanto las circunda. Son ese tipo de terrazas en las que te sientas para mirar un fragmento de la ciudad… ¡y qué pocas hay! Lugares discretos, poco llamativos, ubicados en esquinas anodinas, con los elementos básicos para poder llamarse terraza -la mesa y la silla- que se nutren y afectan de la misma iluminación, la misma  temperatura y condiciones que la propia calle, sin alterar apenas nada de su fisonomía, sin alienar su relación con el paseante, sin bloquear, en definitiva, el tránsito locuaz e imprevisible del espacio urbano.

Así que finalmente y tras esta observación debo responder que no, en su mayoría las terrazas no se comunican con las calles, no se relacionan, no se comprenden, no se respetan. Sin embargo a mí me gustaría vivir en una ciudad donde esto fuera posible, así que voy a seguir con este mismo tema al menos un poco más, con la intención de aportar alguna idea que pudiera contribuir al habitaje de este lugar en el que todas nos despertamos cada día.

Hablar en la calle (1)

Entre las muchas razones por las que me gusta la calle hay una que viene al caso especialmente en este blog, y es que me sirve como espacio físico para múltiples formas de comunicación.

A veces basta con un gesto de la mano de una acera a otra, y este es un tipo de comunicación que me gusta mucho porque no necesita contextualización ni protocolo y tiene lugar en calles estrechas, en distancias próximas. Levantas la mano en un saludo de una acera a la otra porque has descubierto una cara amiga que camina por allá en sentido contrario, levantas entonces también las cejas con la intención de que tu gesto señale esa cara amiga en concreto en medio de otras personas que vienen y van por las aceras, y añades una sonrisa porque esa que camina por la otra acera y es amiga y la conectas sin necesidad de protocolos te alegra con su sola presencia, simplemente por haber aparecido, porque al levantar también su mano y abrir su sonrisa en dirección a ti constatas que sigue estando, que todavía es. No se trata una comunicación cutánea, no te aproximas a esa persona ni la besas ni le hablas, ni las niñas de los ojos se reflejan, ni se ubica el encuentro en la serie de idas y venidas matinales o semanales porque no se explica nada, es sólo una visión fugaz, un instante nada más que sin embargo suma tanto porque emociona y queda en la memoria a veces más, incluso, que una larga y exhaustiva conversación.

Me gusta mucho la comunicación en el espacio de la calle cuando es una situación espontánea, me refiero a esos encuentros casuales  que no estaban en la agenda y que permiten el juego de los imprevistos (qué delicia…! ese imprevisto por el que cambias el itinerario inicial…)

Otra cosa son las citas premeditadas, los encuentros marcados con fecha y hora. En estos casos, las pocas veces que me cito en la calle (en una esquina, a la altura de tal tienda, a la puerta de mi trabajo o del tuyo…), siempre es para ir a otro sitio en el que tenemos algo que hacer, de modo que el espacio de la cita es circunstancial, no nos quedamos en la calle. O quizá nos hemos citado porque tenemos algo de que hablar y vamos a desarrollar todo el ritual de la típica conversación occidental; sentarnos, quitarnos las chaquetas y los bolsos, ponernos cómodas, acercarnos, mirarnos, contextualizarnos, tomar algo frío o caliente mientras nos comunicamos… Como vivimos en esta ciudad adornada con tantos meses de sol y buen tiempo sería estúpido no aprovechar la posibilidad de tener el cielo sobre la cabeza, así que nuestra tendencia natural para conversar es hacerlo al aire libre donde normalmente la temperatura es buena. Y además, como dice mi madre, cuando ya no tienes nada más que decir puedes entretenerte viendo pasar a la gente.

Así que nos hemos citado porque tenemos algo de que hablar. Entonces buscamos un lugar al aire libre para sentarnos y comenzar el ritual. Y aquí empieza la cuestión de fondo.

Algunas veces, depende de con quién, nos sentamos en las escaleras de un portal, en el bordillo de un establecimiento o en un banco público, de los que apenas quedan, de modo que será una casualidad muy especial encontrar un banco público en la calle, fuera de un jardín o plaza céntrica, que no esté tapizado con excrementos de paloma, ocupado por una persona sin casa, deteriorado, o simplemente que sea lo bastante grande para albergar dos cuerpos, y no uno solo, como marca esa última tendencia de las sillas aisladas que adornan algunas calles de Valencia en puntos inverosímiles. Incluso cuando has quedado con la persona adecuada para ello, es cada vez más difícil encontrar un banco público para sentarse y hablar en la calle.

Lo cierto es que la mayor parte de las veces (hay para quien la media será todas las veces), la cita y el encuentro y la conversación que se producen en la calle se concretan en la terraza de un bar. Me pregunto si encontrarse y conversar en la terraza de un bar es lo mismo que hacerlo en la calle, quiero decir si la terraza es lo mismo que la calle por el simple hecho de desplegarse en ese espacio, me pregunto incluso si ambos espacios, si es que fueran dos y distintos, se complementan y se comunican, o si por el contrario se enfrentan y se desafían, como ciertamente yo creo que ocurre. Y con todas estas preguntas seguiré armando esta historia en el próximo post. El tema acaba de empezar, y va para largo.

La raíz y los brotes

Estoy muy locuaz, sí. Es que me aferro a mi presente. Hoy se me ha roto una raíz, igual es por eso. Se rompió haciendo daño como casi todo lo que se rompe.  Se me fue el ancla y por un momento zozobré, como si ninguna dirección fuera a ninguna parte. He sentido una tristeza grande, sí, por eso estoy locuaz.

Me doy cuenta de lo importante que son para mí el habitaje y el pasado; el lugar y las personas, el tiempo en que eso ocurrió. Ahora habito otro espacio y otro momento, pero al mismo tiempo que mis ramas crecían hacia el cielo yo seguía manteniendo una raíz bien hundida en alguna parte de la tierra, una parte muy pequeña y anodina  que sin embargo completaba el mapa de mi vida. Mi pueblo y sus personas. Y no es que hayan desaparecido de mi vida hoy (seguramente hace tiempo que estaban bien lejos aunque yo creyera, o me hicieran creer, lo contrario), sino que los brotes en mis ramas hacia el cielo han temido perder el agua y el alimento.

Después quedó una sensación extrañamente racional, la certeza de haber sido excluída. No se trata de la familia, hablo de las amigas de la infancia. No lo digo en femenino porque me refiera a un grupo de personas, sino porque hablo de mujeres. Mujeres madres, todas, hoy reunidas con sus familias completas en un acontecimiento religioso y social, mujeres con las que compartí una larguísima parte de nuestras vidas en un carrusel de complicidad, amor, sexo y conflictos. Por eso siento que se me ha roto una raíz, aunque eso no me convierta en un árbol caído. La infancia, la adolescencia y la primera juventud nos pertenecieron en una misma coordenada hasta que cada cual eligió sus botas para caminar y yo pensaba que nuestro vínculo, por estar tan hundido en el primer pasado consciente, trascendía los mapas.

Me equivoqué. No tenemos la misma idea de la vida y no vivimos igual, ellas y yo. Aunque eso no nos hace diferentes ante la ley sí que nos separa en el orden natural. Eso me entristece, porque significa que no entendemos igual el sentido de los vínculos y con ello la forma en que somos mujeres.

Asi que me quito las botas un rato para dejar mis pies al aire y aliviar los ardores recuperando esta imagen de mi pasado inconsciente, el que existió sin raíces porque sólo se alimentaba de leche materna. Y me cercioro de que mis brotes no van a sufrir ningún daño en lo más alto y libre de mis ramas al cielo, alimentados como están por otras mujeres con quienes sí comparto este vivir, el de ahora.

1971

12 horas de abril

A las doce y media de la noche eran algo más de treinta. Se encontraron en la calle, porque la cita fue en el bar más pequeño de la ciudad para que el grupo naciera ya en tierra de todas y de nadie. Se bebía, se bebió toda la noche tanto como se derramó y se regó el asfalto con el aroma agrio de los licores y la cerveza. La que debía ser una en concreto apareció como la distinta, no de las demás presentes, con quienes tanto y tan profundo tiene en común, sino de sí misma. Quizá intentaba compartir esa transformación, la esencia de todas las cosas naturales y auténticas que nos ocurren, que es el tiempo.

Yo soy rubia porque el sol me ha hecho así.

La bicicleta sonora inició el paseo en la esquina de Sevilla con Denia sobre las dos de la madrugada, mientras los bares cerraban sus puertas y la gente por las calles se dirigía hacia los garitos de copas más populares, pero nadie del grupo propuso entrar a ninguno de ellos; ya deseaban que el afuera y no el adentro cocinase el relato de la noche, porque adentro, al fin y al cabo, siempre pasa lo mismo.

La primera parada les llevó a la plaza del Mercado, el lugar preciso en el que nació el sentido de barrio que inspiraba la deriva de esta noche, con un grupo menguado a más de veinte pero caliente, poroso y húmedo, dispuesto a polinizar lo inesperado. Y así fue: pasaron unos músicos con el instrumento a cuestas. Fueron recibidos e invitados y la noche se llenó también de cantos y bailes en corro, flamencos del verso y el tacón, raperos improvisando letras de mercado, mirones fumadores y un vecino indignado que se asomó a la ventana para gritar a pleno pulmón “¡ya está bien, que son casi las tres de la mañana!”.

Siguió el paseo. Se acercó un vejete. Se pararon en algunas esquinas y caminaron balanceando las risas hasta apurar el líquido alimento a lo largo de la calle Literato Azorín, la misma que otros días y por otras razones recorren como tubo de transporte. El barrio amarillento casi desierto, la gente dentro de los bares, la bici sonora vaporizando Mais que nada y el grupo, más de quince, hacia el parque.

Sobre las cuatro de la madrugada se renovó el mapa con un entorno verde y fresco, el carrito de la compra cargado de licores nuevos y otros neurotransmisores libres. En la bici sonaban ritmos más sanguíneos y la tierra levantaba polvo en torno a los pies, los besos, bailes, pieles, una fuente al fondo y las acacias, tan altas, alrededor. Dos bancos del parque se llenaron de tertulia, algunas ventanas se iluminaron y en otras se apagó la luz. Recorrieron durante largo tiempo los caminos entre los setos hasta llegar a los columpios y allí se quedaron otro rato, colgados de las cuerdas, las últimas menos de diez personas que compartieron un resopón improvisado a base de pan con aceite, queso fresco, tomate, jamón serrano, frutos tostados y marinado de cebolletas con habas crudas, justo al lado del tobogán, casi a las seis de la mañana.

Escribo esto hoy domingo, día de mi cumpleaños, tarde aromática en un final lluvioso de abril, mirando desde mi ventana el parque de acacias que alojó al grupo hace dos noches e imagino todas las noches y todas las calles que volverán a ver nuestros bailes y escuchar nuestra voz. Ahora que nazco de nuevo, tan poderosa por teneros cerca y tan rubia porque el sol me ha hecho así, os dedico estos recuerdos porque me suenan a la miel y al tiempo que la vida nos regala. Más noches, más calles, más piel.

Mermelada de naranja amarga

Las instituciones académicas de la lengua no reconocen la palabra “habitaje” y por eso parece que no exista, pero para mí es la palabra que mejor define el habitar (vivir, morar) porque incluye el sufijo –aje. Esta maravilla de sufijo tiene tres posibles usos y todos ellos son estimulantes para la imaginación; son capaces de formar sustantivos “que expresan acción” pero también pueden designar “derechos que se pagan” y a veces indican conjunto, como en la palabra “ramaje”, otra que también me podría servir para construir el lugar que habito como un lugar donde suceden hechos y conflictos, donde convive la contradicción entre el derecho a tener una vivienda digna y el precio que hay que pagar por ello, un lugar habitado por muchos lugares ya que cuando hablo de casa hablo también de ciudad, del árbol completo. Las palabras son importantes. Por eso es una lástima no poder escribir “habitaje” y que cualquiera pudiera entenderlo a la primera, pero tampoco voy a dejar de escribir por eso, al fin y al cabo ya nos vamos entendiendo.

Vayamos al árbol. La ciudad entera, la casa. Hablemos de habitaje. Hace unos días un amigo consiguió con un par de herramientas, conocimiento empírico y paciencia lo que tantos filósofos, urbanistas y sociólogos han intentado explicar en tantas páginas. El amigo cosechó naranjas de los árboles del barrio de Ruzafa y fabricó una mermelada de naranja amarga como nunca en mi vida había probado. ¿Os imagináis a un tipo cogiendo naranjas de los árboles de las calles, metiéndolas en un cesto y yéndose para casa con el cesto bajo el brazo por el paso de cebra…?

Seguid imaginando y lo veréis en la cocina de su casa compartida enfrascado con la fruta y el azúcar para conseguir cerca de dos kilos de rica mermelada que todavía comparte con quien pase por allí. He leído palabras de sabios estudiosos del arte explicando que esto es la teatralidad. Y como hace un año que casi no piso los teatros, quiero agradecer profundamente a este amigo que me haya permitido comerme mi ciudad, mi casa, mi habitaje y entender mi digestión como una feliz transformación violenta entre tanto cotidiano muerto.

Perdonad si no escribo el nombre de mi amigo pero temo que las autoridades pudieran ejercer acciones contra él por haber cosechado fruta urbana sin el permiso correspondiente. También me parece interesante explicar que mi amigo cogió las naranjas al amparo la noche y que aprovechó las ramas bajas antes de la poda de invierno. Si a alguien le interesa la receta, que me escriba y veré lo que puedo hacer.