¡Véndete, vendido!

Verdad, verdadera: la gestión de la Comunicación está estrechamente vinculada a la función de las Relaciones Públicas, eso ya nadie lo pone en duda. Hasta las mentes pensantes ‘Pro Bolonia’ crearon un Grado específico de Comunicación y RR.PP. Una titulación paralela a los estudios de Marketing, por un lado, y que también transita en paralelo a la carrera (¿qué antiguo suena, verdad?) de Periodismo.

Pues bien, del mismo modo que la Comunicación va más allá del Periodismo, las Relaciones Públicas también mantienen un recorrido que se distancia del Marketing. Sin embargo, durante muchos años nos hemos hartado de ver como los periodistas encontraban acomodo en la gestión de la comunicación (lícito, por otra parte) y los marketinianos asumían roles de public relations… sencillamente les iba en el cargo y contaban con su nada desdeñable vis comercial. Lo que ocurre, es que tanto uno como el otro de los trasvases de profesionales han condicionado, desdibujado y reformulado cada una de estas competencias: Comunicación y RR.PP. Sin olvidar que el ejercicio de las mismas ya requería de unas habilidades que, por otra parte, no todos tenían. Y por si no fuera poco, en los últimos años, tras la irrupción y consolidación de las nuevas tecnologías, se ha reconstruido el espacio de comunicación. Un espacio que cabalga entre lo que ya conocíamos y que se complementa ahora con lo digital. Y el peso de uno y otro se reparte casi al 50 por ciento.

Recuerdo cuando daba mis primeros pasos como asesor de comunicación y relaciones públicas y cómo esta era una función casi de tapadillo, en la sombra, entre bambalinas. Estábamos ahí, el cliente notaba nuestra presencia, pero no éramos visibles para el público. Nos conocía quien nos tenía que conocer y nuestro valor dependía del peso de nuestra agenda de teléfonos y contactos.

Pero llegó lo digital y es como si, en cierto modo, hubiésemos salido todos del armario. Empezamos a ‘pisar’ la escena, a hacernos ‘visibles’ (que se lo digan a Mario Vaquerizo: de RR.PP de Alaska y otros artistas a… colaborador en TV/Radio, showman, cantante o lo que haga falta).

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Parece que el branding personal nos ha empapado tras una sorprendente gota fría a ese tipo de profesionales (RR.PP/Com) y las redes se han convertido en el centro de la ciclo génesis. ¡Vale! Está claro que hay mucha ‘seta’ también por ahí, de los que ni sienten ni padecen y como tales, pues, no comunican. Pero en este gremio, si quieres captar negocio, acude a un evento y tu mejor aval ya es tu perfil digital. Y si quieres que te contraten fuera de tu entorno: muéstrate/véndete en la red.

Y justo ahí es donde radica el problema, donde puede que nos pasemos de frenada, donde puedes pasar de ‘venderte’ a ‘estar vendido’. ¿Haces una simple prueba? Revisa tu muro, ve atrás en el tiempo, tres semanas, dos o cuatro meses y saca tus propias conclusiones. ¿Te gusta lo que ves? ¿La historia que cuentas? ¿Coincide con la imagen que tienes de ti mismo? Decide, pues, por ti mismo si ‘te vendes’ bien o si por el contrario ‘estás vendido’. El mérito o demérito, eso sí, no dejará de ser tuyo. Sé benévolo contigo… y con tu entorno, no ‘taladres’.

 

Qué difícil es decir adiós

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Adiós creo que es la palabra que menos me gusta y una de las que más nos cuesta pronunciar del diccionario. Cuando nos despedimos, somos más de un ‘hasta luego’ o un ‘Nos vemos’. Incluso preferimos decirlo en otros idiomas, ‘Ciao’, ‘Au revoir’, ‘Bye’, cualquier otra palabra o expresión es buena, porque parece que no tiene el carácter definitivo de un adiós.

¿Cuántas veces hemos dicho u oído: ‘a mi las despedidas no me van’? De hecho, yo cuando me despido, siempre digo hasta pronto o cualquiera de sus mil variantes, antes que pronunciar un simple adiós. Siempre me da la sensación de que si digo adiós ya no volveré a ver más a esa persona.

Si incluso aceptamos a amigos en Facebook de los que no sabemos nada desde hace años y a los que luego ignoramos, pero los mantenemos en nuestra lista de contactos por si acaso. O los números de teléfono o direcciones de mail que no borramos, aunque no utilizamos nunca… es una manera de no despedirnos, de no decir adiós. Intentadlo, probar a borrar un número de teléfono de vuestro móvil, uno que no hayáis gastado en dos años, seguro que os cuesta.

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Un político no dice adiós, él se retira de la escena política (y siempre está disponible, por si acaso). ¿Acaso Rubalcaba la pronunció cuando anunció que se apartaba?

Un rey abdica, pero no dice adiós y hay que ver la que hay montada con su papel para el día después. Igual el hombre querría irse a disfrutar de su jubilación a Marivent o a otro lugar, pero aquí ya están trabajando en el perfil que tendrá como ¿rey padre?

Y en comunicación pasa lo mismo. Llevamos años despidiéndonos de los medios en papel, a favor del online, pero estos siguen aquí y no parece que vayan a desaparecer por el momento. También hemos intentando decir adiós a la publicidad tradicional, buscando nuevas estrategias, pero tampoco conseguimos abandonarla del todo. Todo indicaba que las redes sociales y los nuevos sistemas de comunicación iban a obligarnos a decir adiós a una costumbre tan buena como es quedar a tomar una cerveza con los amigos simplemente para charrar, pero tampoco lo han conseguido.

Adoptamos muy rápido las novedades, pero las viejas costumbres están tan arraigadas que nos cuesta abandonarlas, no sabemos decir adiós.

Y por eso cuando llega el momento de despedirse de verdad de alguien no podemos hacerlo. No nos sale la palabra. Y buscamos refugiarnos en recuerdos, en amigos comunes, en las fotos, para mantener la ilusión de que una parte de esa persona sigue con nosotros. Pero no es más que una ilusión y hay que decirle adiós. Llorar su pérdida, recordarle con todo el cariño del mundo, asumir que ya no está y soportar el dolor cuando quieras contarle algo y no puedas, cuando quieras ir a alguna parte y sea sin él. Es difícil decir adiós, pero es necesario para seguir adelante.

 

P.D.: Sé que no te gustaría esta canción y me llamarías DJ Muermo, pero así soy yo y esta es mi manera de decir: “Adiós José, te echaremos muchísimo de menos”.

El valor de una imagen

Creo que se ha perdido el valor de la imagen. No el valor de comunicar, pero sí el de transmitir. Hoy en día, todos llevamos una cámara en el bolsillo y hacemos fotos sin ton ni son para inmediatamente subirlas a las redes sociales. Ya no importa el qué queremos contar con esa imagen, sino que se vea que has estado allí. ¿Cuántas veces hemos hecho una foto y hemos pensado “esta la subo al Facebook”? No las subimos por explicar una historia, las subimos para captar el momento, un momento importante (o no) pero que no tiene un valor informativo y, a veces, ni siquiera estético, por muchos filtros de Instagram que utilicemos.

Sin embargo, hubo un tiempo en que una foto era algo muy importante. Contaba la historia de esa persona y no tenía la urgencia de la instantaneidad, sino el valor de durar en el tiempo.

Hace unos meses me encontré, en casa de mis abuelos, una caja de zapatos llena de fotos antiguas (¿por qué las fotos antiguas siempre se guardaban en cajas de zapatos? ¿Resisten mejor el paso del tiempo?), algunas de hace un siglo. Dejé lo que estaba haciendo para sumergirme en ese relato de la historia de mi familia. Fue como si mis antepasados me contaran como era su vida, cómo eran las costumbres de la Valencia de principios de siglo XX.

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Y me senté a escuchar lo que narraban esas imágenes: historias de una huerta que ya no existe, de hombres y mujeres trabajadores y de niños a los que les hacían posar de manera ridícula… Cuentan una vida muy diferente a la de hoy en día, pero con la que podemos identificarnos inmediatamente (vale, yo no vestiría a mi hijo como un barquillero en miniatura, pero hoy en día los disfrazamos de cualquier cosa sin problemas, ¿o no?).

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Y de eso se trata. Dar testimonio de una realidad, comunicar. La fotografía es un sistema de comunicación, tan potente como cualquier otro, a veces incluso mayor. Solo hay que echar un vistazo a alguno de los ganadores de los Pulitzer para comprobarlo. O sin ir más lejos, recorrer la muestra de fotoperiodismo valenciano que todos los años organiza la Unió de Periodistes.

Los medios de comunicación lo han entendido muy bien y la imagen ha ganado terreno al texto. El dicho, “una imagen vale más que mil palabras”, es cada vez más real en nuestros días. Y lo dice alguien que ha hecho de la palabra su profesión. ¿Os imagináis comprando uno de los periódicos de principios de siglo, donde todo era texto y sin ninguna imagen que atrajera tu atención? Intentadlo, es difícil pasar de la primera columna.

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Mensaje (a facebook) en una botella

Las Fallas tienen esa extraña habilidad de ralentizar el tiempo, de dejar todo aparcado y una vez han pasado, nos lanzamos de nuevo al ruedo. Sólo que, de repente, notamos la arena diferente, la luz del sol tiene un brillo inusual, pese a que no nos resulta desconocido. Debe ser la primavera, la ‘primera verdad’, como he escuchado hoy en la radio, si descomponemos la palabra y nos remitimos al latín, aunque llevado a un tono poético, puesto que el verdadero desglose sería ‘prima’ (primer) ‘ver, veris’ (verde) y éste suena más lógico.

No obstante, la primera verdad que hallamos los que notamos el paso del tiempo es una mayor reticencia a los cambios y esta desazón me sobrevino días atrás al consultar la actualización de ‘mi facebook’, porque es mío y me lo habían cambiado con un regusto dañino a la vista y una recomposición que se puede definir de cualquier forma menos estilosa.

Ya lo sé, no es el primer cambio, los vienen haciendo desde el principio, pero si es, atendiendo a mi sensible vista, hasta la fecha, el más agresivo.  Desde luego los que no nos consideramos nativos digitales sufrimos las consecuencias y la fobia de ese trastorno del ‘cambio continuo’ y no acabamos de entender la velocidad a la que está sometido todo. Las empresas, las marcas ya no valen lo que son, su valor está en lo que serán capaces de ser. Vivimos en un presente condicionado cada vez más por el futuro, cuando hasta hace, apenas, 30 años en nuestra civilización regía todo lo contrario: éramos el resultado de lo que una vez fuimos. Nuestro presente, entonces, estaba ligado a nuestro pasado. Es un cambio extremadamente severo para que algunas generaciones, como la mía, vivamos ese tránsito sin estar sometidos a tensiones y riesgos.

botella con mensaje tecnologico

¡Qué me devuelvan mi facebook, coño! ¿O es mi PC el que se ha quedado obsoleto? Desde luego paso de actualizar, por el momento, la aplicación para face en mi smartphone. Ya sé que en unos meses no le daré importancia, pero la putada de esto es que todo va tan rápido que no nos da tiempo a generar recuerdos, cada vez tenemos menos trastos/gadgtes/souvenirs de esos que moldeaban nuestro perfil social y psicológico y que tenían un valor emocional incalculable, porque ahora lo que se lleva siempre es lo último (el iphone 4, 5, 6…) sin reparar en que lo último nace viejo. Yo, por si acaso, cual Diógenes desatado, sigo acumulando en garajes y trasteros: elementos, detalles, libros, cómics, álbumes, figuritas… En definitiva, ‘cositas’ que algún día me den pistas sobre mí mismo, por si pierdo el sentido, para que me recuerden quien soy ó quien fui, por si mi mente ‘me da error’ o la tecnología me lanza a un futuro incierto cual astronauta en Gravity y me deja en un limbo en el que olvido quién era y lo que anhelaba.

– – – – – – –

 

En memoria de Adolfo Suárez y de todas aquellas personas anónimas que dejan este mundo vacías y desnudas de recuerdos y a todas sus familias, amigos y colectivos que dedican sus esfuerzos a contrarrestar una enfermedad sin (apenas hoy) remedio.

Hartito de los algoritmos de facebook y seducido por el trino de twitter

No puedo empezar este post de otra forma: Ya me lo dijo Pérez, y no precisamente desde Mallorca.

Corría el Año del Señor de 2008 y, concretamente, aquel fue un otoño gris en el que la crisis se mostraba implacable y las agencias resistían, como podían, las embestidas que producían la pérdida de clientes, el ‘merme’ en la facturación y la lucha encarnizada por asegurarse los últimos escasos concursos que se convocaban. ¡Un infierno!

Pero aquel año (y así lo he tenido que recuperar de mi biografía en la red, porque no lo recordaba… jeje) justo cuando noviembre presagiaba, un día sí y otro también, tormenta y las tardes se ennegrecían muy rápido. Justo en esos aciagos días, como digo, vi la luz, una fulgurante luz azul: Era FACEBOOK.

Lo demás, hasta el día de hoy, fue un idilio como yo no he vivido otro. Un abrirse y darse, una exploración sin límites, el placer que reportaba disfrutar de algo nuevo y desconocido. Estrechar relaciones con amigos, recuperar otros perdidos, compartir fotos, posts, pensamientos, música, pelis, fiestas, libros… ¡Vamos, la leche!

Pero y ahora, una vez iniciado 2014, ¿qué me ha pasado?

¿Me hago mayor o facebook ya no es lo que era? y eso que desde aquel lejano día en el que empecé hasta ahora ha cambiado lo suyo ¡Jodidos algoritmos!

love face

¿Atravieso una etapa en la que necesito espacio? ¿Os ha pasado a vosotros?

¿O será que he conocido a otra… red? ¿O va a ser que a más de una?

El caso es que justo a finales de 2013 decidí mirarme en serio el pajarito. De frente, incluso edité su perfil y trasteando, así fue como… me cautivó. Y mira que me lo dijeron amigas, incluso algún que otro amigo y, como casi siempre, no les hice caso. Y hete aquí que ahora estoy todos los días dándole tuits y alpiste… ¡cómo somos! ¡cómo es twitter!… ¡más mono!

Y ¿qué me dicen de instagram? Creatividad visual en fracción de segundos ¿quién da más? Instantáneas que parecen puro fotoperiodismo ¿puede ser más bonito?

Noria y Pulpo by Instagram

Noria y Pulpo by Instagram

Y no indago en más, de momento, quiero disfrutar de ellas, pero como que face me da cierta penita, con lo que hemos sido, espero redescubrirlo y recuperar aquello tan especial que tuvimos, porque fue la primera… red, por todo aquello que compartimos.

Un día, la misma amiga que comentaba al principio de este post me dijo algo así como que ‘en facebook te encuentras entre amigos y en twitter con los amigos que querrías tener’. De ahí que el paso de una a otra sea una evolución normal. No obstante, si que es cierto que en las redes somos lo que ‘trabajamos’ en referencia a aportar contenido, comentar, compartir… Y eso sólo es mérito o demérito de cada uno.

Espero volver rejuvenecido de esta experiencia y tener tiempo para todas ellas… son tantas y tan bellas (pinterest, foursquare, linkedIn…).

La que se me sigue resistiendo, en cambio, es LinkedIn, me llegan sus cantos de sirena, pero como que, de momento, no la correspondo y eso que es la única que, indirectamente me ha reportado trabajo… ¡Habrá que hacer un esfuerzo!

Cuando las solicitudes de amistad en Facebook son como invitaciones a una boda

Ya sé que está muy feo decirle a una persona que no te interesa tenerla como amigo en Facebook. Pero, no me digáis que, a veces, no os habéis sentido impotentes al no saber qué hacer cuando realmente esas personas que te piden amistad no te importan.

En general, tendemos a mantener el contacto en Facebook con todas las personas que han pasado por nuestras vidas, aunque sólo fuera por unos días. Pero muchas veces es bueno pararse a pensar qué relación tenemos con cada una de ellas a la hora de añadirlas como amigos.

Voy a poner un ejemplo. Todos hemos recibido, en alguna ocasión, en el llamado mundo offline, una invitación a una boda y hemos dicho: ¿y éstos por qué me invitan? Pues de igual modo,  algo similar pasa en Facebook cuando recibimos una solicitud de amistad y vemos el careto de la persona. Ganas tienen algunos y algunas de meternos en unos compromisos de aúpa.

solicitud amistad facebook

Esas inquietantes solicitudes de amistad

Vamos a ver: ¿Por qué hemos de añadir en Facebook a alguien del colegio con el que no hemos hablado nunca? Diré más, ¿por qué nos mandan ciertas personas solicitudes de amistad cuando de críos les caíamos mal? No entiendo. ¿Qué son? ¿masoquistas?

Un caso similar pasa con los clientes. Por regla general, no todos los clientes que uno tiene son sus amigos. Y, seguramente, si vieran nuestros fotomontajes con cuerpos esculturales y medio en pelotas, dejarían de vernos como personas serias. ¿Para que nos piden amistad? ¡Ché!, vete a Linkedin y ya está.

Los jefes, tres cuartos de lo mismo. ¿Para qué piden los jefes ser amigos de sus subordinados en el Facebook? Digo yo que será para que dejen de colar las excusas de llegar 15 minutos tarde por la mañana porque, si no, no lo entiendo.

Algo similar pasa con los familiares, que algunos son para echarles de comer aparte. Ojo, yo tengo a mi padre y a mi hermana (porque me caen realmente bien), pero ¿qué pasa cuando un tío carnal te pide amistad en Facebook? A mi me pasó, lo acepté porque me sabía mal y un día en una reunión familiar aproveché para pedirle el voto para un concurso de Facebook y me dijo: “Yo no tengo eso”. ¡Me quedé muerta, claro!

Puedes querer mucho a tus amigos, pero eso no quita también para que se tengan distintos gustos. Seguro que tenéis amigos aficionados a la caza y al tiro deportivo que os piden amistad en Facebook y sabéis de sobra que van a inundar vuestro muro de parejas de azulones, torcaces, liebres y ciervos que posiblemente, además, estén muertos. ¿Qué haces? Puffff… difícil situación.

Muchos hemos pensado que una persona más en Facebook no hace daño. Pero, claro, al igual que no vas contando tu vida por ahí a la peña ni enseñándoles tu álbum de comunión al primero con el que hablas por la calle, pues claro, hay cosas que son tan íntimas y personas que son tan raras que no quieres que formen parte de tu Facebook.

¿Sabéis qué os digo? Que cuantos más contactos tengamos, más difícil será llevar un seguimiento de las personas que más nos importan. Yo no he tenido aún que hacer limpieza en mi Facebook, pero sé que muchas personas la han hecho. Y he de reconocer que no todos nuestros contactos de Facebook deberían ser nuestros amigos. Si nos ceñimos al concepto puro de amistad tendríamos un Facebook con 10 amigos, que distaría muy mucho de ser red social. Lo mejor, ponerlos en un grupo en Whatsapp y llamarlo : “lailolailolá, amigos de verdad”.

Creo que es bueno, de vez en cuando, que sepamos que sólo nosotros decidimos a quién queremos tener como amigos en Facebook y si hacemos las cosas por compromiso no le sacaremos todo el provecho que podríamos darle. ¿No creéis?

Humanizar una marca en Facebook: Consum vs Mercadona

La semana pasada descubrí en el Facebook de Consum algo que muchas marcas desean en redes sociales: cobrar vida y formar parte de la realidad de su público. Muchas fueron las personas que hablaron de Consum como marca, que la tocaron por un momento, que fueron capaces de sentirla y de vivirla. Yo entre ellas.

Millones de veces hemos oído decir que en esto del Social Media, si no humanizas tu marca estás perdido. Que se lo digan a Mercadona (su competidor más directo), que humanizar, lo que se dice humanizar, no ha sabido todavía. Todos recordamos aún aquel programa de Salvados, “Con la comida no se juega”, en el que Jordi Évole puso en jaque en las redes sociales a la empresa de Roig, al acusarle el responsable del Banco de Alimentos de Valencia de no colaborar aportando los excedentes de productos próximos a caducar o de alimentos frescos no vendidos o con taras.

Rodaje de "Un pastel para Gero".  FUENTE: Facebook Agencia Maslow

Rodaje de “Un pastel para Gero”.
FUENTE: Facebook Agencia Maslow

El caso es que Consum ha hecho algo de lo que Mercadona debe estar aún arrepintiéndose: buscar a las personas y ponerlas en su página de Facebook. Porque, en definitiva, las empresas y las personas se necesitan. Y la razón por la que se necesitan es muy sencilla:  el ser humano es capaz de mantener empatía con otros seres humanos, no con piedras ni líderes autoritarios que parecen piedras. Si descubres esto, irremediablemente, ten por seguro que tienes muchas papeletas de construir una marca humana.

Con el vídeo “Un pastel para Gero”, Consum ha sabido contar a la gente una bonita historia en la que se afianza, precisamente, esto que estoy diciendo: la relación con un cliente habitual que, en este caso es Gero, pero que también podrían serlo muchos.

Más allá de la marca, esta cooperativa de consumidores y trabajadores ha construido un comportamiento y un significado que bajo una personalidad única le ha servido para interactuar con nosotros, para crear y mantener conversaciones. Ha sabido representar de forma humana una propuesta de valor, que todos hemos entendido. Algo que Mercadona, por mucho que lo intente, nunca llegará a entender en su Facebook porque no acaba de trabajar bien atributos como la cercanía, la empatía, la transparencia o la confianza para crear esa sensación de humanidad. Yo, personalmente, estoy un poco saturada de sus chocolates, de la colección Elegance Deliplus y de sus ‘Xuxes’ (con ‘X’) en mi muro.

Me contaban hace poco que los candidatos del ‘Proyecto Lanzadera’, una iniciativa impulsada por Juan Roig para ayudar a que líderes emprendedores creen empresas eficientes, cuando presentaban sus propuestas para ser premiadas les decían: “el proyecto es de todos, pero buscad siempre un líder que lo gestione porque los demás estáis simplemente de apoyo”.

No sé si eso será verdad. Pero me hace pensar sobre cómo se mide mejor un proyecto y una marca, si siendo líderes o escuchando y premiando mejor a los consumidores. No sé si se mide mejor dando resultados puros y duros o proporcionando experiencias como marcas únicas y personales. Mi padre siempre dice que cuando uno habla sólo de él, al final cansa. Y eso es así, en la vida, en el Facebook y en todos los lados, señor Roig.

En tiempos de crisis, ríete de Rajoy

Al mal tiempo, buena cara. Siempre se ha dicho. Pero, en esta época de crisis mucho más, la verdad, porque si no te echas unas risas estás más perdido que Wally en el Calderón.

La mayoría de nosotros vivimos agobiados porque no llegamos a fin de mes, porque la hipoteca es un miembro más de la familia desde hace décadas, porque la última vez que nos bajaron el sueldo fue hace una semana o, aún peor, porque alguien de nuestro entorno está en el paro. Miramos a nuestro alrededor y vemos a la clase política pasar de todo, a los bancos forrarse a nuestra costa y, encima, ponemos la televisión y nos damos cuenta de que los informativos hace años que sólo tienen dos secciones: “deportes” y “crisis”.

El diagnóstico es obvio: esta puñetera “desaceleración económica” nos está asfixiando. Pero, podéis estar tranquilos porque creo que he encontrado el remedio: tomaos los problemas con humor, meteos en el Facebook de Rajoy  y ponedlo verde.

¡Reíros de Mariano, de los grandes economistas, de los líos del PP, del community manager del presidente del Gobierno de España y, por qué no, también de vosotros mismos!

Al menos, eso es lo que hacen diariamente cientos de personas como nosotros. Y, aunque no sirve para nada, porque nadie te ofrece respuestas macroeconómicas ni soluciones concretas a tus problemas, mejora mogollón tu estado de ánimo y te ayuda a ponerle buena cara al mal tiempo.

Estos últimos días me he fijado con atención en la página de Facebook de nuestro presidente y me he hartado a reír. Me he reído tanto, que hasta se me ha olvidado que pago a fin de mes 257 euros de autónomos, que los 353 euros que mi marido y yo hemos desembolsado por los libros del cole de mi hijo considero que han sido una auténtica oferta. Me he reído tanto que he llegado incluso a pensar que los discos duros de los ordenadores esos que ha pedido el famoso juez los borraron porque había pelis porno (no por otra cosa), que lo de la Marca España es un valor en activo y que las últimas cifras del paro del mes de agosto (que por cierto, han bajado, por si no lo sabéis) nos auguran un futuro esperanzador.

¿Qué, que no os lo creéis? Pues yo sí. Y tengo el optimismo por las nubes, os lo juro. Repasad el Facebook de Rajoy y os convenceréis de lo que os digo. Como muestra, aquí os dejo un botón (aunque hay muchos más). Echad  un vistazo a estos pantallazos y reíros, que todavía es gratis. Ya veréis como cambia vuestra opinión sobre la cruda realidad y os sentís bastante mejor.

Viernes, 6 de septiembre de 2013. Cumbre del G-20 en el Facebook de Rajoy

Cumbre del G-20 en San Petersburgo

Comentarios de algunos de los “ciudadanos/seguidores”: (me quedo con el de las copas y el de la pluma)

Comentario G-20, 1Comentario G-20, 2Comentario G-20 3Comentario G-20 4Comentario G-20 5Comentario G-20 6Comentario G-20 7Comentario G-20 8Comentario G-20 9Comentario G-20 10Comentario G-20 11Comentario G-20 12Comentario G-20 13Así hasta 227 comentarios más que, de verdad, no tienen desperdicio. Por cierto, gracias al community manager por no haber borrado ninguno y dejar que nos riamos en tiempos difíciles. Aunque, ¡quién sabe!, igual no los ha borrado porque a él también le hacen olvidar lo mal que está el patio.

Como decía Albert Einstein, “En los momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento”. Pues nada, todos a guiñarle un ojo y a sacarle la lengua a esta crisis nye Emoticonos de WordPress.

Mi doble en las redes

Accedió al exigente mundo de las redes como casi todos, en plan autodidacta. Fue creando sus perfiles, ganando amigos y seguidores, ‘alimentando’ sus cuentas, generando movimiento. En definitiva,  conociendo y dejando conocerse.

Así fue transitando en su día a día digital. Compartiendo, comentando, en plan ‘me gusta’, retuiteando… Y añadiendo algunas nuevas amistades, siguiendo páginas afines, acercándose a sus marcas favoritas. Todo ello alternando periodos inactivos con otros de mayor presencia, como todos.

Y así fue creciendo virtualmente, pero sin que su vida digital perdiera el tono gris que ya había adquirido su existencia analógica. Y así fue, como digo, hasta que un día, comprobó que en twitter tenía un nuevo seguidor, no uno cualquiera de los apenas 20 que tenía. Uno diferente. Y constató que en linkedin tenía una invitación, una distinta, del mismo seguidor que había ganado en la red del ‘pajarito’. Y justo ese día recibió una solicitud de amistad vía facebook. Pero no como tantas otras de marcas, juegos, conocidos o de conocidos de conocidos… Se trataba del mismo perfil que en las otras redes ya se había manifestado.

¡Qué raro! Pensó. Otras veces había ignorado solicitudes de desconocidos y esta lo era, pero empezó a ver cosas que le resultaron familiares. Y se detuvo a ver esa petición especial en face, y pese a no contar con ningún vínculo con él, le resultó extrañamente familiar el nombre, misteriosamente reconocible su foto; e igual de extraña su mirada, que parecía clavarse desde la pantalla en sus propios ojos. Y sin dudarlo, pero sin aceptar aún su solicitud de amistad, comenzó a indagar en su perfil público.

No podía ser verdad lo que veía. Guardaba un extraño parecido con él, pero a diferencia de su persona, aquel contaba con abundante pelo y no se escondía tras unas aparatosas gafas. Curiosamente su perfil era bastante público. Vivía en la capital, era director general de una compañía de energías renovables, lucía un traje ajustado sin corbata, tenía una relación estable y tres hijos, apasionado de los deportes de riesgo, coleccionista de arte y vehículos antiguos.

Vaya, todo lo que él había anhelado y curiosamente había perdido o simplemente, no había alcanzado.    

Mi doble en Los Alpes, 1967

Mi doble en Los Alpes, 1967

En cambio, Miguel Pérez, como así se llamaba el sorprendido y metido a investigador internauta,  estaba separado, con una hija que apenas veía, con más entradas que pelo, lentes de aumento y gris, muy gris. Ejercía como mando intermedio, sin posibilidades de ascenso, en una compañía tan gris como él.

¿Qué querría de él su clon, Bruno P. (de Pérez, podía ser) de los Cobos? (¿quién iba a omitir en cambio este segundo?). Sin relación de parentesco, amistades comunes, sin vinculaciones posibles… Era como su alter ego, pero mejorado, más cool. Desde luego, su versión premium.

Miguel se apartó de la pantalla asustado, superado por la situación y abortó la consulta. Le ‘atrapó’ pensar que pudiera circular por la red un doble de sí mismo. Eran dos clones, exactamente iguales salvo honrosas cuestiones de estilo y de cuidado respecto al paso del tiempo.

Con el paso de los días obvió las peticiones de su alter ego y no se atrevió a comunicárselo a nadie. Tampoco es que tuviera muchos amigos. Ni siquiera a su psicoterapeuta del área de Salud Mental, ese uruguayo excéntrico que triunfaba en el barrio, precisamente por sus rarezas a la hora de desarrollar tratamientos.

Una noche recibió un mensaje privado de Bruno advirtiéndole que viajaba a Palencia por trabajo y que sería una ocasión idónea para, definitivamente, conocerse. Miguel dudó hasta el último momento, y el día de antes respondió con un frío monosílabo accediendo al encuentro. La curiosidad le pudo.

Entró en la cafetería acordada, se sentó en la última mesa más alejada de la barra y mientras iban cayendo lentos los minutos, cada vez se sentía más nervioso y contrariado. No vio entrar a nadie que se le pareciera. Finalmente, agachó la cabeza y hundió su mirada en los restos de la taza de café. En ese momento una voz familiar le preguntó:

¿Esperás a alguien, Miguel? ¿Quisás a Bruno?

Miguel alzó la mirada ya relajado. Y su psicoterapeuta  continuó:

¡Vos podés componer una mejor versión todavía de Péres de los Cobos! Llevo meses indicándole el camino que no querés ver. Recupere su mejor versión, no renuncie a su funsión de padre, saque sus ideas del cajón en la factoría… Sea un poco Bruno.

Aquella tarde Miguel recuperó algo que había extraviado hacía tanto tiempo que no sabía ni que un día lo tuvo: autoestima.

Y el uruguayo, por su parte, perdió un paciente.

 

Una ruptura en tiempos de redes

Ella abandonó el grupo de WhatsApp que compartían con otros amigos y tampoco le respondió al WhatsApp particular que él le envió y en el que nunca llegaron a aparecer las dos famosas ‘rayitas’. No contestó a su llamada por Viber, ni dio señales vía Line. Tenía su twitter inactivo desde hace días, al igual que en facebook y no respondió a sus mensajes privados en ninguna de las dos redes. Su única actualización en face era que había dejado también el grupo que compartía con esas mismas amistades.

Le envió un e-mail del que tampoco obtuvo respuesta y en su Smartphone que no estaba apagado ni fuera de cobertura ya no cabían más mensajes.

Maldijo su suerte y pensó para qué le había servido tanta tecnología si no podía entender por qué se había truncado su relación y ni podía hablarlo por última vez con su pareja. Quizá no entendió que esa ‘última vez’ ya se había producido. Pero entre las parejas y más si hay conflicto o ruptura, ya se sabe, parece que el más perjudicado o dolido siempre necesita una explicación más. Y él no la tuvo, al menos eso creía.

Incluso probó con HeyTell, una app a modo de walkie talkie con la que tanto se habían reído en otras ocasiones, pero ni eso.

Y así fueron cayendo los días, de una manera cansina, agónica y sin tener noticias. Una situación que le desesperaba y le atenazaba a sus soportes móviles, esperando una respuesta que no iba a llegar nunca. Hasta que, sumido por la obsesión y el hastío, se le ocurrió utilizar esos mismos soportes en positivo, para llamar a su amigo, bajar a la terraza de la esquina, pedirse dos ‘rubias’ bien frías y como diría después su terapeuta: verbalizarlo.

Le vino bien, recordó con su amigo como la conoció, cuando comenzó su relación, todas las promesas que se habían hecho, todo lo que habían compartido en los últimos dos años, hasta desembocar en aquel detonante fatídico en el que empezó a resquebrajarse su relación que, por lo que luego entendió, ya hacía aguas y él no lo supo ver.

Una tarde, después del trabajo, quedaron y ella, por primera vez, apareció diferente, con un semblante serio, preocupada. Le explicó que hacía tiempo que le daba vueltas a una cosa y necesitaba decírselo, pero no tenía fuerzas para ello, y le regaló un libro con una nota que decía tan sólo: página 273. Él hizo ademán de abrirlo y ella le rogó que lo hiciera después, en su casa, cuando ya no estuvieran juntos.

Esa fue la última vez que la vio y habló con ella. Con el tiempo él ha rehecho su vida y le consta que ella también, en otra ciudad, con otra persona. Y sus perfiles en redes tampoco han vuelto a cruzarse, en parte por los parámetros de privacidad y en parte, también, porque él asimiló la conveniencia de no comunicarse.

PD: El libro era ‘La luz en casa de los demás’, de Chiara Gamberale y la página 273 arrancaba con una pregunta y tres posibles respuestas, que no por obvias eran menos ciertas:

< ¿Cómo termina un amor?

>Termina cuando ya no hay más, cuando hay demasiado o cuando en realidad nunca lo ha habido.