Nada en la TV

Creo que anteriormente he declarado de manera abierta que me gusta mirarla. Lo que no implica tragarse cualquier bodrio que a uno le plantan delante. Es exasperante ponerse ante el aparato cada noche y comprobar que, salvo contados casos, no hay nada. Todas las noches la misma conversación que nos tiene en un bucle:

– Cariño, ¿qué hay esta noche en la tele?

– Voy a ver.

Y tras comprobar el teletexto:

– Nada. Absolutamente nada.

Es penoso.  Al final optamos por una serie que nos da igual no volver a ver, o un “Españoles viajeros” o un “Callejeros por el mundo” en cualquier destino más o menos exótico que casi con seguridad ya hemos visto. Si, como a menudo afirmamos, la televisión acaba con nuestra vida amorosa, calculo que en estos tiempos debe estar de lo más animada. Salvo los martes. Los martes está “Master Chef” en el que disfrutamos viendo planificar y cocinar platos de dificultad desigual. Aunque últimamente está adquiriendo un tono de reality que no pinta nada, la cocina (o la comida) nos reúne a todos, despierta nuestros sentidos, nuestra creatividad y nuestro apetito. Hasta nuestra autoestima. Seguramente había gente que miraba los programas de talentos musicales y pensaba “yo canto mejor”. Ante Master Chef tenemos la oportunidad de probar y reunir a nuestros familiares para comprobarlo. El caso es que, si la memoria no me falla, RTVE no debería hacer publicidad, y eso debería incluir a los patrocinadores, ni supermercados ni electrodomésticos ni gobiernos regionales ni nada, que son nombrados habitualmente.

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Pero hay otra serie de programas de entretenimiento en los que hay una serie de personajes famosos que animan con sus juicios (mayormente inexpertos) y comentarios (generalmente impertinentes) las actuaciones de los participantes. Ahora está de moda que incluso los participantes sean famosos. Ya sólo nos queda ser espectadores. El caso es que por esos programas circulan una serie de personajes que viven constantemente haciendo promoción, promoción de sí mismos. Y el objetivo no es otro que, como reza el gazapo, estar en el candelabro. A la luz de las cifras de taquilla calculo que Santiago Segura ha debido ganar una pasta con la saga “Torrente”. ¿Qué hace en esos programas sino promocionarse hasta que tenga la próxima entrega? Pero me llama aún más la atención el caso de Guti, ese tan rebelde como talentoso exfutbolista, por los platós en plan Risto Mejide oxigenado. ¿Se promociona, es por vanidad o simplemente no tiene nada mejor que hacer? Y así con cantantes, cocineros, presentadores, etc. en diferentes situaciones, de supervivencia, de baile, en un trampolín, imitando, etc. Qué versátiles por otra parte. Me recuerda a esos grandes talentos capaces de actuar, cantar, bailar, montar a caballo, luchar, etc. Pero haciéndolo todo mal. A veces, sólo medio mal.

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Tenemos unos medios de comunicación bastante mediocres. La TV se lleva la palma. Qué lástima, con el buen invento que es. Gracias a los responsables por animar nuestras alcobas.

Activismo

Lo mejor de que haya pasado un año es que perdura adentro. Cada cual lo vive a su manera y para mí el 15M es sobre todo una manera de vivir. Yo creo que me ha devuelto muchas miradas que estaba perdiendo, miradas sobre el mundo concretas e incisivas, necesarias para completar un algo esencial. Como si estuviera cocinando un puchero y hubiera olvidado la morcilla, pues digamos que el 15M es la morcilla. Algo aparentemente precario y seco ante la jugosidad sangrante de la carne de ternera y el alboroto de los garbanzos en pleno hervor, pero sin embargo esencial para conseguir un buen caldo de color y olor rotundos, fondo con cuerpo y temperamento, sabor perdurable y aromas de especias. Así que sin morcilla no se hace un puchero, como todas sabemos, y se come tres veces al día, o más. Hoy he leído las últimas noticias de Grecia. Me prometo no volver a abrir el periódico y busco a toda prisa esta foto para perder el miedo y volver a la realidad:

Asamblea 12M Valencia / Foto: Sara Velasco

Mi celebración personal del aniversario del 15M no ha estado muy ligada a la calle como venía sucediendo, sino más en contacto con el apetito, esa lectura cultural del hambre que todavía no ha llegado a ser gastronomía. Abandoné la mani del 12M hacia las siete de la tarde para ir a trabajar, pero dejé personas amigas que siguieron el recorrido completo y tengo sus relatos aquí:

¿Cómo te sentiste?: “Mira que ha habido manis en un año, pero ésta era la más nuestra, la que revivía el ambiente de aquellos días del año pasado en los que la plaza era el soviet de Valencia”.

¿Qué destacarías?: “¡¡¡La toma del espacio de la plaza!!! Aunque el poder había hecho una estrategia para que no se ocupara el espacio público símbolo de la protesta, la masa humana como un río de lucha social tomó la Bastilla valenciana”.

Después de esta mani habrá más. Comemos tres veces al día.

Como dice José Luis Sampedro, “lo que hay que hacer es vivir”.

Vandalismo

Ya llegaron los primeros soles fuertes del año, esos que te queman la punta de la nariz y achicharran los brotes en las macetas. Señal de que se acerca el verano, implacable. Será por tanto bajo el sol ardiente como vamos a recorrer las calles mañana, en la mani del 12M, así que mejor llevar sombrero por lo que pueda caer y no hablo sólo de los rayos ultravioleta sino también de las promesas ministeriales, aquellas palabras funestas de Jorde Fernández Díaz sobre el endurecimiento del castigo contra el vandalismo callejero.

No es casualidad que el Ministro del Interior utilice la palabra “vandalismo” en lugar de “violencia”. Violencia ya sabemos todas lo que es; las mismas personas que nos manifestaremos mañana hemos hablado, trabajado y defendido de forma pública una postura de no violencia clara y determinada, que también implica una demanda a las fuerzas del orden público. Así que el Ministro, por mucho que quiera, no puede esgrimir la violencia de los manifestantes como justificación de cualquier medida contra esta actividad. Pero el vandalismo es otra cosa, es como una solución administrativa para adaptar las ordenanzas municipales a una idea concreta de ciudad, la idea personal y exclusiva de quienes gobiernan, como hacen los Ayuntamientos de Madrid o Barcelona cuando califican de vandálicas las pinturas murales y los grafitis, justificando con ello borrarlos, ocultarlos, perseguir a los artistas e imponerles sanciones y penas, en fin, castigos, como dice el Ministro.

Como veis, es una argucia muy astuta; no se trata de lanzar a la policía a correr tras los chavales por las calles, cosa que resulta un gasto tremendo de presupuesto, energía mediática y quiebra de la seguridad en el voto, sino de atraparlos en la red administrativa sancionadora lo que, a fin de cuentas, para la institución significa un ingreso (las multas en Madrid por hacer pinturas urbanas es de hasta 6.000 euros). Es decir, que cuando el Ministro habla de los vándalos se puede referir a cualquiera de nosotros, por ejemplo a mí, que tanto me gusta ondear pancartas subida a los hombros de mis amigos. ¿Qué hay en mi presencia, actitud o intención cuando estoy en la calle por lo que se me pueda calificar como vándalo? La promesa del Ministro no responde a esta pregunta. Quizá lo hagan los acontecimientos.

Tan ambigua y tramposa me parece esta palabra que necesito una aclaración, no vaya a resultar que para ir a la mani deba vestirme más correctamente, andar en fila india o aguantar la respiración. Acudo a la RAE. Vandalismo: “Devastación propia de los antiguos vándalos” / “Espíritu de destrucción que no respeta cosa alguna, sagrada ni profana”. ¡Bueno! Esto me tranquiliza mucho porque yo no puedo de ninguna manera hacer tales cosas, ni tampoco puedo relacionar a ninguna de las personas que conozco con los conceptos devastación y destrucción sino todo lo contrario. Lo malo es que la RAE no puede salvarnos de la indefinición, esa manipulación gramatical que se viste de blanco o negro según le convenga y que en la boca de un político como este encuentra el armario ropero perfecto, precisamente porque no conoce ni le importa un rábano la lengua que habla.

Indefinición

Volveré a escribir sobre la mani, que voy a vivir con mucha brevedad esta vez porque me he lanzado a la aventura de la cocina y mañana empiezo a trabajar a las 7. De modo que no podré gritar y bailar por la calle más que un par de horas, aunque algo de la dignidad que suponen estas convocatorias se me va a quedar en el cuerpo de todos modos. La dispensaré en cada plato que prepare esa noche porque al menos en el apetito no hay ambigüedad ni discusión posible, es una cuestión de placer. Lo que me hace pensar que los políticos comen fatal, por una parte, y que próximamente escribiré alguna entrada sobre gastronomía porque comer también es política.