¡Quiero ser una tía buena!

Os advierto que si vais a leer este post buscando fotos mías con veinte años menos, vais mal. Si buscáis claves para convertiros en un o una sex symbol o trucos para ligar más, también vais mal.  Este post no va de eso.

En realidad este post comenzó a gestarse hace ya nueve meses y una semana, cuando un par de personas especiales para mí decidieron apostar, una vez más, por eso que muchos llaman tan cursimente “el milagro de la vida”, y darle un nombre propio: Lucía.

¡Colegas, soy tía, otra vez! De una sobrina que decidió ser cómplice de esta entrada al hacer su aparición estelar en Valencia, el pasado Puente de diciembre. Y no trajo un pan bajo el brazo, pero sí muchas alegrías y alguna que otra  reflexión curiosa.

Para empezar, no me había percatado aún del mogollón de veces que se puede llegar a decir la muletilla “tía” en un contexto personal, familiar o profesional. Como periodista, esta es una de las situaciones vitales en las que te das cuenta de que hay varios y nuevos significados a las palabras que se utilizan a diario. Y no sólo hablo de semántica sino que, personalmente, creo que una palabra también puede ser un nuevo rol que, de repente, hace acto de presencia en tu día a día.

No sé si a vosotros os pasa de vez en cuando, pero a mi hay veces que me ocurre que voy buscando algo desesperadamente y otras que, de repente, ese algo llama a mi puerta. Y cuando esto me pasa siempre digo: ¿qué hago lo cojo o no? Y, ¿sabéis que acabo haciendo? : lo asumo. El peligro, muchas veces, está en que no asumo la decisión, sino que delego en mi entorno. No sé si me explico. Por seguir con este ejemplo concreto: mi hermana y mi cuñado han sido quienes han tomado la decisión de hacerme tía, sin embargo en realidad soy yo quien le da significado a la palabra “tía”. Si realmente elijo el  rol de “tía” como parte de mi identidad personal, elijo también lo que quiero para mí.

Al pararme a reflexionar, a decidir si lo cojo o no lo cojo, estoy asumiendo mi responsabilidad, en el grado que yo quiero y puedo. Estoy eligiendo. Y el proceso de elegir también me hace ser consciente de las alternativas y de las consecuencias. Es un acto de expresión de mi libertad. También de mi compromiso. Estoy dando valor a mi palabra.

En definitiva, que, hasta ahora, estoy feliz y contenta con este nuevo rol, al que he dicho un SÍ, así de grande. Y he decidido que no voy a ser una tía cualquiera, he decidido que quiero ser una tía buena.

 

Quiero que Lucía disponga del mayor número de opciones para ser lo que quiera ser. Como mi hijo Mario (el  amor de mi vida) y mi otro sobrino y ahijado, Gonzalo. Quererla y que se sienta querida. Ella es única, especial y protagonista… como todos y cada uno de nosotros.

Llevo unos días dándole vueltas al tema de cuál va a ser mi regalo. Y ayer dí con la clave. Decidí que me gustaría compartir con todos vosotros a la peque. Y nada mejor que darle la bienvenida a mi ‘sobri’ haciéndola una resistente más.

Y le dejo un post en blanco, una entrada nueva, para que ella escriba sus propias aportaciones en un futuro. No hay prisa, ya leerá esto a su debido tiempo. Lo importante es cómo actuemos ella y yo en ese tiempo.

¿Qué os parece? A mí un excelente ejercicio de toma de conciencia y de compromiso. Y un bonito detalle personal que seguro me agradecerá. Válido también para vosotros, para todos los padres, madres, tíos, tías, amigos, amigas…

Aunque hay quien me dice que no me ganaré el título de tía buena hasta que no cambie un pañal de los “buenos”, yo ya me siento una auténtica tía buena.

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Un Cuento de Navidad (parte II)

Recordad que dejamos a Pilar en plena calle (ver parte I) a escasas dos horas de la cena de Nochebuena, sin sus compras, sin móvil, sin zapato… sin ganas de nada:

De pronto escucha una voz familiar que le dice: ¿Te puedo ayudar, Pilar? Y suena a música celestial. Una voz fuerte y una mano que se posa en su brazo. ¡Es Josep! ¿Cuánto hace que no lo veía? ¿Cuánto hace que lo dejó? ¿Cuánto que lo desterró de su pensamiento?

Fin de la primera parte

Parte II:

Aquella tarde Josep la acompañó a los comercios. Pilar estaba presa de un estado de nervios y en shock al toparse con su inesperada y ¿olvidada? presencia y ella recogió todos los encargos, mientras él se ofreció a pasar por una zapatería cercana y hacerse con un par de zapatos de su número, sacar el coche del parking y lo más insólito, conseguir poner de nuevo operativo su móvil tras acercarse a una tienda de su compañía. Él siempre fue así de dispuesto.

Apenas hubo tiempo de hablar, Josep le entregó las llaves del coche, su móvil resucitado y un par de zapatos nuevos, de sobra conocía sus gustos. Se despidieron con un beso y un ligero abrazo amistoso. Ni un quedaremos, ni dame tu número, tan sólo un sencillo y sincero:

–          Feliz Navidad, Pilar.

–          Feliz Navidad, Josep.

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Josep transmitía en su rostro serenidad y alegría por el fortuito encuentro y Pilar, ya algo más relajada y, sobre todo, muy agradecida, aún no salía del todo de su asombro. Pero cual Cenicienta que escucha sonar las campanadas, salió corriendo a la cita con los suyos.

Ya en casa, Pilar, se recompuso como bien sabía hacer por fuera, sin mostrar qué cuerno le pudiese suceder por dentro y se refugió, de nuevo, en su rol de madre, esposa y anfitriona perfecta.

La aparición inesperada de un antiguo amor volvía a diluirse en la noche de los tiempos, o eso creía, o eso pensaba o ¿eso es lo que quería?

Hasta que antes de sentarse a la cena, mientras disfrutaban del aperitivo, el mayor de sus hijos que le había cogido el móvil le dijo:

– ¡Mami, qué curiosa esta app nueva que te has instalado hoy! Ya me explicarás para qué sirve.

– ¿Cuál tete? –le responde su madre.

– Pone ‘TND’ -explica el adolescente.

– No sé cual me dices, cariño –insiste Pilar.

– Son las siglas de ‘Todo lo que Nunca me Dijiste’ -concreta el listillo de su hijo.

Pilar se quedó de piedra y ruborizada, mientras se hacía un silencio entre el resto de comensales que supo cortar su marido:

– Tete, ya sabes lo tecnológica que es la mami, pero ahora todos a la mesa y ya dejaremos que nos lo cuente en los postres…

Y los compases de fondo que dejaban escuchar un melancólico ‘ordinary day’ subieron de tono. El CD de Perry Blake fue un regalo de Josep y Pilar lo puso inconscientemente, mientras todos ocupaban su sitio en la cena de Nochebuena.

Un cuento de Navidad (parte I)

(Se aconseja acompañar lectura con audio final)

Deja apresurada el despacho. Cuando apaga las luces y sale al rellano ya es noche cerrada. La iluminación navideña de la calle le devuelve una luz especial al frío ambiente que se respira y le hiela la cara. Los comercios apuran su hora de cierre y en todas las esquinas le llegan entrañables melodías navideñas. Pero se agobia, al recordar los encargos que debía cumplir antes de llegar a casa. Enumera mentalmente: el salmón marinado, los salazones, el vino  blanco,  los frutos secos… ¿qué más? pensó… y los regalos, el que le correspondía hacer a ‘su amigo invisible’, otra vez su cuñada, ese tutorial vivo de ‘marisa vidilla’ por dios, pero y qué más…

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Los tacones no son buen aliado para sortear las duras aceras donde ya se acumula algo de nieve o lo peor, hielo, pero el glamour siempre fue así de exigente. Ataviada con guantes, foulard, abrigo, el preceptivo ‘sac’ donde cabe encontrar de todo menos lo que buscas y un ‘pies quietos’ repentino al cambiar el semáforo a rojo. Momento que aprovecha para buscar la lista de encargos en el bolso. Pasan los segundos y su desespero va en aumento mientras sigue escarbando en ese bolso de ilusionista sin fondo. Semáforo verde para peatones y la lista no aparece. “¡No pasa nada!” Se dice sin convicción. Ha pasado las notas a su smartphone y se detiene, mientras bullen las calles de transeúntes acelerados. Y al sacar su móvil un ligero empujón de un viandante es el culpable de que esa pieza de última tecnología sin la que ya no somos nadie se le desprenda de su mano izquierda y dé con sus elementos en el frío y gélido suelo. Como si de un transbordador espacial challenger se tratara, la parte delantera se desprende de la tapa y esta a su vez de la batería; tres cuerpos extraños esparcidos por el suelo y un gesto rápido y preciso que se apresta a recogerlos.

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Lo monta con ciertos nervios pero el móvil parece herido de consideración. Es Nochebuena, su marido y los niños se encargan de preparar el salón y de decorar la mesa. Ella debe llevar el grueso de la cena, acuden sus suegros y las dos hermanas de su marido con sus respectivas parejas. Nunca pensó que casarse con el marido perfecto implicara tener la suegra y las cuñadas perfectas (ironía). Cena para diez a las diez y ya son casi las siete. Cansada y agobiada su nerviosismo va in crescendo. Calcula: está a diez minutos andando de las tiendas, de las que tendrá que volver al parking donde tiene el X1, diez minutos más y a veinte minutos de casa en coche, en el mejor de los casos. En el trabajo le ha resultado imposible ahuecar antes, son días de cierre de balances, pese a que, ingenua de ella, pensaba tomarse la tarde libre. ¿Es necesario todo esto? se pregunta acongojada. Demasiado agobio y esfuerzo para tener que cenar con su familia política, lo piensa, pero siempre negará reconocerlo en público, es una norma de politesse que tiene bien aprendida como esposa ideal y mejor madre. Era todo tan fácil cuando se trataba de su propia familia y su madre lo coordinaba todo…

Comienza a andar y su tacón derecho se incrusta en una rejilla y éste parece gemir de dolor mientras ese preciso punto señala el final de su taconeo. Todo acompañado de un traspié que le hace dar con sus rodillas y manos en el suelo. Se alza ya con menos vigor que cuando había recogido el móvil y queda muy tocada física y mentalmente. Ahora qué hago, qué hago, no voy a llegar, no puedo más… se dice para sí.

De pronto escucha una voz perdida en el tiempo pero íntimamente familiar que le dice: ¿Te puedo ayudar, Pilar? Y suena a música celestial. Una voz fuerte, acompañada de una mano no menos fuerte que toma su brazo. ¡Es Josep! ¿Cuánto hace que no lo veía? ¿Cuánto hace que lo dejó? ¿Cuánto que lo desterró de su pensamiento? …

Fin de la primera parte.