100 post en uno

A lo largo de todo el año os hemos insistido en algunas cosas como: Hablar en la calle, Hablar en la calle (2), Hablar en la calle (y3), ¡hasta tres veces! Al tiempo que hemos hablado De bilingüismo, De la política, De la manipulación, De los que votan.

Erigimos un Monumento a las especies en extinción, al que le dimos Agua de beber. Y advertimos del ¡¡¡PELIGRO!!! Del hecho de que La tristesse durera, porque la Tristeza nao tem fin, pese a La diferencia, la Ironía. Aunque colgáramos el cartel de Cerrado por vacaciones, en una hipotética Ciudad Publicidad. Y regresamos tras Un mes en la blogosfera y pensamos: Así nos va. Mientras lo que nos preocupaba era averiguar ¿Dónde está el teatro?

Y eso que teníamos Buenos propósitos de año nuevo, presentados con Tres diferencias y aderezados con Minutos musicales.
Descubrimos Sensaciones en frío y Sensaciones en frío (II) y pasamos de ahí a un calentón extremo como el de Hot stuff: cuerpo; sudor, saliva y sal; fijación; fetichismo y erotismo.

Nos perdimos en Conversaciones entre ventanas para hablar de Huelga, ¿Para qué la huelga?, nos preguntamos ¿Qué estás pensando? Que hable la gente. Y comprobamos que Se van, sin pedir Disculpas, en cualquier caso no les corresponde a ellos. Y solo pedimos: No nos borren la sonrisa. Gritamos al vacío: ¡Qué alguien pare esto! Y solo encontramos El silencio interior y les pedimos: Comuniquen buen rollo, por favor porque Queremos hacerlo mejor y no solo durante 12 horas de abril, sino durante Un año de blog y los que vengan, con el objetivo de hallar La verdad como respuesta, en defensa de la Libertad de expresión, porque nos mueve el Activismo y para evitar el Vandalismo.

Y nos crecimos y les dijimos: ¡A correr a la calle! Todos, A la calle: políticas y poéticas. ¡Y dale con los recortes, córtense un poco por favor! ¡Basta! Ak ak ak ak ak, daban ganas de decir: Moriré haciendo periódicos de papel. Porque El tiempo se acaba, para todos. Incluso para ti, Querido fantasma virtual y le retamos: Vuela conmigo si puedes, aunque sabíamos que iba a Pecar por omisión porque La falta de comunicación jode. Por eso insistimos: Leed, leed malditos.

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No hay Manual de crisis que resuelva esto, ni con la ayuda de El gran McGuffin, algo que se podía convertir en La noticia del verano, como lo de La (falsa) donación de la prima de Iniesta, o como ver Una de romanos, mientras Gira La Noria.

Esto no es un Facebook para todos, o Facebook, ¿más monetizado? Ella ya nos advirtió: Yo no soy experta en social media. Y yo le contesté, pues a mí Ya no me gusta el fútbol. No me deis Pan y circo. Estoy… hasta la naba. Y me consolaron: Vuelve al lado de la fuerza, porque el resultado ha sido Marcas 2 – Consumidores 0 (que no consumidor 2.0). Entonces supimos que El periodismo ha muerto, Gabinetes de Comunicación ¿RIP? y lo único que nos quedaba era encomendarnos al Ora et labora, nada hay más cruel que presenciar La muerte en directo. Nos quedó una sensación de Mermelada de naranja amarga, el sabor de Cosas que menos molan. Como si fuera Hoy es uno de esos días. Y nos preguntamos de nuevo: ¿Por qué, ahora, un blog? ¿Queremos esto? Imagen o palabra ¿y tú de quien eres?

Transitamos por Los caminos invisibles, no comíamos más que Bocados de realidad. Y de repente la lluvia, vivíamos de La raíz y los brotes, de qué nos servían las 35 matrículas, o The importante of beeing Earnest*, era una cuestión de La mala educación, era como el Pégame más, que me gusta… hasta que uno dijo: Me cago en… y hasta aquí puedo leer. Supimos que Paula Vázquez, la última damnificada le preguntó Dime por qué, merluzo y le dijeron Zapatero a tus zapatos.

En ese momento vimos el capítulo: Hoy, en Megacontrucciones: ‘Pasar a la historia’, descubrimos el motivo que no era más que una Obsolescencia programada versus mal de ojo y escuchamos alto y claro: Perxa, Tonet*. Nos levantamos Pisando fuerte, preguntamos ¿Alguien tiene el teléfono de la mansión de Los Vengadores?

Y en eso que se acabó el año.

 

Hablar en la calle (y 3)

Alrededor de las nueve de la mañana, cuando ni siquiera había desayunado todavía, con doce grados de temperatura y la ciudad desperezándose, he tenido un enfrentamiento verbal en plena calle, violento, irracional, estúpido.

Circulaba con mi bicicleta por encima de la acera en un tramo que siempre recorro de este modo porque el portal de mi casa queda al centro de una manzana y ese tramo de acera, bien o mal, lo recorro sin bajarme del sillín. Lo he hecho así desde hace 12 años, tantos como vivo en ese portal y nunca jamás he tenido ningún percance con un viandante, seguramente porque voy despacio y con respeto, cuidando de no importunar siquiera. Pero he de llegar a mi portal, no hay carril bici que pase por delante, de modo que llego sobre la bici en el deslizamiento dulce que provoca la levísima inclinación de mi calle hacia el norte.

Pues esta forma de llegar a mi casa se ha convertido en un problema desde que abrieron un bar que coloca su terraza ocupando este mismo tramo de acera que uso como pista de aterrizaje para llegar a mi casa. Es una terraza del tipo expansivo no sólo por estar ubicada a lo largo de la acera, sino porque las personas que en ella se sientan se expanden literalmente y ocupan con gran comodidad la mayor parte del suelo, de tal modo que en ocasiones los peatones debemos hacer cola para recorrer el estrecho pasillo que queda libre entre esa terraza y la fachada. Yo también camino esa acera a pie, claro, por eso lo puedo explicar, me ha sucedido a mí misma esto de hacer cola, esperar a que pase la señora que viene de frente con su carro de la compra y luego pasar yo, porque no cabemos ambas en el estrecho corredor que dejan libres los clientes de este bar, cómoda y ampliamente sentados en la terraza con sus perros desparramados a su alrededor, porque es un bar “dog friendly”, de modo que siempre hay perros descansando cómodamente sobre la acera, en cualquier lugar de la acera, también en este estrecho pasillo que nos dejan para circular a quienes no somos clientes del bar.

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Y esta mañana, después de un tiempo de tensiones no comunicadas que, por otra parte, motivaron esta serie de post sobre las calles y las terrazas, uno de los dueños del bar me ha interpelado directamente cuando pasaba con mi bicicleta por el estrecho pasillo mientras él montaba las mesas de la terraza. La explosión verbal no tiene ningún tipo de justificación, ni en este caso ni en ningún otro, ha sido una situación bochornosa que me avergüenza recordar, y me digo que parece mentira escribir sobre la posibilidad de “terrazas dialogantes” cuando yo misma me comporto con tan poca civilidad que soy capaz de responder gritando a un grito.

Nos hemos amenazado, él con denunciarme a la policía por circular en bicicleta por la acera, yo con denunciarle a la policía por desparramar su terraza privada ocupando sin miramientos el espacio público. Nos hemos amenazado, en lugar de dialogar, exponer cada uno su punto de vista, detallar las razones, el problema generado, exponernos y conocernos… nos hemos amenazado.

Lamento terminar esta serie de post con un relato tan agrio y una sensación tan deprimente, lamento de veras haber gritado a ese hombre en plena calle a las nueve de la mañana, aunque hubiera dormido poco y tuviera el estómago vacío y su grito haya penetrado en mis oídos como un estímulo violento. Desearía bajar ahora mismo a la calle, acercarme a ese bar, entrar, buscar a ese hombre, pedirle disculpas, sentarme en la barra y conversar con él. Seguramente tenemos muchas miradas comunes sobre el mundo, podemos entendernos, convivir y relacionarnos. Seguramente hasta podemos reírnos. Hablar en la calle, seguramente y en el fondo, es justo esto.

No nos borren la sonrisa

Debe ser que en estos tiempos rancios nos queda la sensación, en plan auto inmolación, de que la culpa de todo la tienen las buenas personas. Debe ser que el buen gesto hace tiempo que no vende. Debe ser que la predisposición o la deferencia ya no se valoran. La colaboración y el apoyo desinteresado a terceros tan sólo se travisten de secuela plañidera. Pues bien, me niego a creerlo.

Aunque prime el horror frente a lo bucólico, el drama frente a la comedia. Eso sí, el drama, miedo o terror fácil, frente incluso a la comedia ligera, porque ésta, aún por ligera que sea, requiere un grandísimo ingenio y esfuerzo. Prima el enriquecimiento y la fama fácil y a toda costa, frente a, de nuevo, el tan denostado esfuerzo.

Nos idiotizan con falsos espectáculos que todos pagamos, mientras los que mueven los hilos no cumplen el objetivo por el que fueron elegidos. No cumplen con su vocación de servicio, mientras se enriquecen sin el menor pudor.

Ahora quieren, cada dos por tres, que nos tiremos a la calle estómagos agradecidos, amantes del marisco y de los relojes de lujo. Quieren nuestro silencio aquellos que nos oprimen y como medida de choque sólo se les ocurre oprimir aún más a las economías más débiles.

Quieren que nos quedemos impasibles ante tantos despropósitos y sólo la red a ráfagas o la calle hierven en cuentagotas.

Lo están haciendo tan rematadamente mal, ya sean políticos, consejeros, empresarios o banqueros. Y los pocos que lo hacen bien pagan por los errores de los que no se responsabilizan de sus malos actos, los que esquivan a la justicia, los que no rinden cuentas del dinero embolsado, los que se aferran a su condición de aforados, los que ‘se blindan’ en sus contratos.

¿Y qué hacen los medios de comunicación tradicionales, en lugar de cumplir su función informativa? Lo fácil, se venden. Se alinean en uno u otro bando. Ni informan, ni forman, en su inmensa mayoría deforman, cómplices del rodillo que impone el poder. ¡Qué triste!

¿Dónde se han dejado la moral toda esa sarta de pseudo profesionales? Así no puede sobrevivir el buen orden en organizaciones, instituciones o empresas, ni tampoco el periodismo.

Y en esto que llega la navidad y escuchas como los trabajadores de grandes empresas ceden su tradicional cesta a Cáritas y ves como bullen los economatos con sufridos voluntarios y como los bancos de alimentos (los verdaderos bancos) cuentan con ayuda de personas anónimas desinteresadas. Y entras en una Universidad en Valencia, como podría ser en cualquier Colegio o Instituto y, año tras año, hacen su campaña solidaria de alimentos; o como un restaurante del área metropolitana, que un lunes al mes abre sus puertas para dar de comer de forma gratuita a personas sin recursos; o como una amiga te ofrece flores de Pascua para una campaña benéfica; o tu suegro te pide juguetes en buen estado para llevarlos a la ONG en la que colabora y tu madre te dice que en la Asociación Católica, en la que también colabora, están preparando lotes de productos para familias necesitadas; o que parte de la taquilla de tal espectáculo servirá para la compra de alimentos… y así, centenares de pequeños casos, tantos que podría llegar hasta el infinito, en una interminable cadena de favores que sirve para recomponer, en cierto modo, todos los desaguisados y desórdenes que encontramos día a día en nuestro mundo más cercano. Y por un momento, te sientes bien y sonríes.

 

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Y en esto que llega la navidad ‘más apretada’ para nuestras economías y a la incertidumbre sociolaboral se le une la muerte de la inocencia. Te levantas con tus hijos y una vez desayunados ellos, mientras lo haces tú, escuchas por la radio el macabro desenlace de la matanza de Newtown. Es duro, muy duro y te escondes de los tuyos y escapas a la terraza porque las lágrimas inundan tu rostro. Asimilar tanta barbarie, cuando las víctimas son niños, tantos niños, y miras a los tuyos tras el cristal, jugando con su madre, al pie del árbol de navidad, riendo y cantando. Y lloras y vuelves a llorar, porque como padre tienes ese punto de vulnerabilidad, de indefensión que lleva implícita la paternidad y sabes que hay muchas familias que no van a volver a escuchar las risas de sus pequeños y lloras porque otras muchas lo han perdido todo, hasta sus casas; porque muchos otros están de repente en la calle… porque, en definitiva, la navidad tiene ese punto cruel que en tantos corazones genera rechazo.       

Y en momentos así, la humanidad salpica de nuevo tu persona, como en un tsunami de amor y moralidad, como el que viven los protagonistas de Lo imposible. Y te sientes vivo, entero y recuerdas que ayudar al prójimo no es sólo un mandamiento, no es un precepto exclusivo de la religión, de cualquiera de ellas. Es algo intrínseco a las personas.

Y cada uno con un pequeño gesto podemos devolver la sonrisa a los que en algún momento la perdieron. Por ejemplo, Sofía, mi hija de 5 años, irá en los próximos días a cantar villancicos a la residencia de la tercera edad que hay frente al cole, con sus compañeros de la clase y seguro que arrancarán entre los yayos más de una sonrisa. Yo ya tengo pensado algo también y ¿qué harán ustedes? Súmense a esa cadena de favores.

No nos borren la sonrisa y mucho menos en navidad.           

 

    

Pisando fuerte

Uno puede llegar a saber muchas cosas de los demás, sin tener una idea real de cómo lo ven o la imagen que traslada al resto. Hace poco entré en un ascensor lleno de espejos y me sorprendió ver como se reflejaban mi espalda y mi nuca. ¡Y no reconocí a mi ‘yo trasero’! Acostumbrado a verse uno de frente, nos resulta raro saber cómo seremos dándonos la espalda. 

Igual que no solemos reconocer nuestra voz grabada, nos cuesta saber qué imagen damos por los cuartos traseros. Y el caso es que todo eso dice tanto de nosotros como lo que creemos que ofrecemos de fachada.

Y aún hay un aspecto que me resulta más curioso, propio de la comunicación no verbal y es, no sé si han reparado en ello: nuestra forma de caminar, de movernos. La manera de andar cuando nos aproximamos a un grupo de trabajo para presentarnos e iniciar una reunión, nuestra forma de pasear por la rúe, o cuando acudimos prestos a una cita y la pareja está a escasos metros esperándonos, cuando aceleramos el paso por miedo o urgencia o cuando nos llama el profesor para que salgamos a la pizarra o cuando tu eres el profesor y deambulas por el aula.

Desde luego, esto no tiene nada que ver con las/os autómatas que van y vienen sin alma por la pasarela. Me refiero a lo que transmitimos en movimiento. Moverte mientras el otro está quieto observando, es la forma más primaria de comunicarse. Suelen ser unos segundos, previos al inicio de una comunicación total con nuestra pareja, amigo o colega. Y justo en esos segundos previos, revelamos buena parte de lo que somos, de la que será nuestra actitud a partir de ese momento: seguridad, duda, convencimiento, autoridad, pedantería, chabacanería, rechazo, atracción… mil conceptos que se nos desvelan tan solo con la forma de caminar hacia nuestro encuentro. Nuestra forma de caminar, la dirección que toma nuestra mirada, la posición de nuestros hombros, brazos y manos. Todo arroja información de nosotros mismos y condiciona la parte principal de nuestra inminente comunicación.

Pues bien, hay arquetipos de esta comunicación inicial que me maravillan de manera especial: los artistas del celuloide.      

Reservoir_Dogs_by_Tomaszelhombre[1]Por supuesto, hay un sinfín de ejemplos que darían para escribir más de un tratado o igual ya existen varios, pero me quedo con estos. Me quedo con El Duque, un John Wayne de paso firme y lento que denotaban seguridad y peso, entendido éste último como poder y respeto; con un Gary Cooper, sinónimo de serenidad, elegancia y fuerza personificadas, pero una fuerza con matices de fragilidad que él tan bien sabía administrar en su beneficio y todo eso lo transmitía desde su mirada, pasando por sus manos y acabando por su pisada; o qué me dicen de Robert Mitchum, la robustez e insolencia atemperadas por quien se sabe violento y reprime a la bestia que lleva dentro; o de Henry Fonda y Clint Eastwood, en su etapa adulta, ambos, eran estereotipos similares: brazos caídos y espalda curvada que, sin embargo, escondían la furia en su mirada; o el sin par James Stewart, el de paso desgarbado y nervioso que revelaba la bondad de un gran tipo; o Burt Lancaster, el atleta, y es que sus comienzos en la carpa lo marcaron para el resto: agilidad, velocidad y la gracia del que se desenvuelve bien en la escena; o Kirk Douglas, similar a su compañero de andanzas pero con la particularidad de comunicar siempre más de cintura para arriba… o un Lee Marvin, siempre distante, inaccesible y de paso firme y rotundo… y se me olvidaba, Charlton Heston, impecable también por arriba, pero con un caminar muy particular que le hizo inconfundible en escena, entre arrastrado por unas rodillas que se miraban, pero con rebeldía y fuerza. Y muchos más: Paul Newman, Redford, Brando, Quinn, Brynner, Coburn, McQueen

Mientras que en la pantalla actual, Robert de Niro o Al Pacino, sufren el paso del tiempo, sobre todo el segundo y no destacan por su ‘gracilidad’. O el de un Samuel L. Jackson con un caminar rítmico, acompasado y el de Bruce Willis, muy peculiar, ya que lo hace con el morro cruzado y sin apenas acompañarse de los brazos, curioso. O el punto mega hortera del Travolta setentero. Está claro que habría y hay muchos. Pero hoy en día, sólo se me ocurre uno que está a la altura de los clásicos y es Ewan Mcgregor. Verlo caminar es pura coreografía, parece que baile en sus desplazamientos, muestra una personalidad apabullante cuando lo hace y aunque me cueste decirlo, le tengo que dar la razón a mi mujer. No es una cuestión de talla o medidas, simplemente es de los que ‘llena’ la pantalla cuando su presencia adquiere movimiento.

En fin, ¿muchas horas de cine? ¿Muchas horas de parque viéndoles pasar a ustedes? ¿Mucha imaginación? Desde luego, nos podemos comunicar sin decir una palabra.

Va por todos ustedes, señores. Por los que caminan su inmortalidad a través de la gran pantalla y por todas las personas que en su caminar nos desvelan retazos de su vida, porque, aunque sea de manera inconsciente, sentimos la necesidad de comunicar.