Hablar en la calle (1)

Entre las muchas razones por las que me gusta la calle hay una que viene al caso especialmente en este blog, y es que me sirve como espacio físico para múltiples formas de comunicación.

A veces basta con un gesto de la mano de una acera a otra, y este es un tipo de comunicación que me gusta mucho porque no necesita contextualización ni protocolo y tiene lugar en calles estrechas, en distancias próximas. Levantas la mano en un saludo de una acera a la otra porque has descubierto una cara amiga que camina por allá en sentido contrario, levantas entonces también las cejas con la intención de que tu gesto señale esa cara amiga en concreto en medio de otras personas que vienen y van por las aceras, y añades una sonrisa porque esa que camina por la otra acera y es amiga y la conectas sin necesidad de protocolos te alegra con su sola presencia, simplemente por haber aparecido, porque al levantar también su mano y abrir su sonrisa en dirección a ti constatas que sigue estando, que todavía es. No se trata una comunicación cutánea, no te aproximas a esa persona ni la besas ni le hablas, ni las niñas de los ojos se reflejan, ni se ubica el encuentro en la serie de idas y venidas matinales o semanales porque no se explica nada, es sólo una visión fugaz, un instante nada más que sin embargo suma tanto porque emociona y queda en la memoria a veces más, incluso, que una larga y exhaustiva conversación.

Me gusta mucho la comunicación en el espacio de la calle cuando es una situación espontánea, me refiero a esos encuentros casuales  que no estaban en la agenda y que permiten el juego de los imprevistos (qué delicia…! ese imprevisto por el que cambias el itinerario inicial…)

Otra cosa son las citas premeditadas, los encuentros marcados con fecha y hora. En estos casos, las pocas veces que me cito en la calle (en una esquina, a la altura de tal tienda, a la puerta de mi trabajo o del tuyo…), siempre es para ir a otro sitio en el que tenemos algo que hacer, de modo que el espacio de la cita es circunstancial, no nos quedamos en la calle. O quizá nos hemos citado porque tenemos algo de que hablar y vamos a desarrollar todo el ritual de la típica conversación occidental; sentarnos, quitarnos las chaquetas y los bolsos, ponernos cómodas, acercarnos, mirarnos, contextualizarnos, tomar algo frío o caliente mientras nos comunicamos… Como vivimos en esta ciudad adornada con tantos meses de sol y buen tiempo sería estúpido no aprovechar la posibilidad de tener el cielo sobre la cabeza, así que nuestra tendencia natural para conversar es hacerlo al aire libre donde normalmente la temperatura es buena. Y además, como dice mi madre, cuando ya no tienes nada más que decir puedes entretenerte viendo pasar a la gente.

Así que nos hemos citado porque tenemos algo de que hablar. Entonces buscamos un lugar al aire libre para sentarnos y comenzar el ritual. Y aquí empieza la cuestión de fondo.

Algunas veces, depende de con quién, nos sentamos en las escaleras de un portal, en el bordillo de un establecimiento o en un banco público, de los que apenas quedan, de modo que será una casualidad muy especial encontrar un banco público en la calle, fuera de un jardín o plaza céntrica, que no esté tapizado con excrementos de paloma, ocupado por una persona sin casa, deteriorado, o simplemente que sea lo bastante grande para albergar dos cuerpos, y no uno solo, como marca esa última tendencia de las sillas aisladas que adornan algunas calles de Valencia en puntos inverosímiles. Incluso cuando has quedado con la persona adecuada para ello, es cada vez más difícil encontrar un banco público para sentarse y hablar en la calle.

Lo cierto es que la mayor parte de las veces (hay para quien la media será todas las veces), la cita y el encuentro y la conversación que se producen en la calle se concretan en la terraza de un bar. Me pregunto si encontrarse y conversar en la terraza de un bar es lo mismo que hacerlo en la calle, quiero decir si la terraza es lo mismo que la calle por el simple hecho de desplegarse en ese espacio, me pregunto incluso si ambos espacios, si es que fueran dos y distintos, se complementan y se comunican, o si por el contrario se enfrentan y se desafían, como ciertamente yo creo que ocurre. Y con todas estas preguntas seguiré armando esta historia en el próximo post. El tema acaba de empezar, y va para largo.

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5 pensamientos en “Hablar en la calle (1)

  1. Hablar en la calle es un lujo al que no debiéramos renunciar, por lo que supone de tranquilo, pausado, improvisado, natural… lo de la calle o terraza, ya no le doy tanta importancia, pero es verdad, resulta una comunicación distinta! Por otro lado, me crispan sobremanera aquellos que hacen gala de una verborrea asfixiante en lo virtual y les cuesta reproducir un acto tan básico como devolverte el saludo cuando te los cruzas por la calle… ¡No perdamos la naturalidad!

  2. pues a mí esto me ha dado mucho en qué pensar, porque hace mucho que no me siento en un banco o en unos escalones con nadie, a conversar o simplemente a estar, y a mirar pasar la gente; porque no sé si se está y se conversa igual con algo que consumir delante que sin ello… Porque yo soy mirón y, desde luego, tomando algo u ocupado en cualquier otra cosa no se mira igual, no. Te lo digo yo…

  3. Pingback: 100 post en uno | COMUNICACIÓN DE RESISTENCIA

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