Hablar en la calle (2)

A propósito del espacio público como escenario para la conversación y el encuentro, me preguntaba hace unos días si las terrazas de los bares y las calles se complementan y se comunican por el simple hecho de desplegarse en un mismo lugar urbano. Tengo en cuenta que en tan sólo unos centímetros de diferencia pasamos de pisar un suelo público, común y de libre acceso (la calle), a ocupar un territorio condicionado por el consumo, un espacio excluyente por criterios económicos que puede permitirse denegar la admisión y que en virtud del pago de unos impuestos posee el uso privatizado de un espacio que nos pertenece a todos (la terraza).

Y bajo esta consideración me he dedicado a observar cómo se establecen en mi ciudad estas relaciones entre espacios públicos y privados, entendiendo que para comunicarse (tal y como se explica en la intención de este blog) se ha de hacer partícipe a otro de lo que uno tiene, manifestar o hacer saber algo a alguien, conversar, tratar, participar de un código común. De acuerdo con este criterio he paseado las calles de Valencia con la mirada atenta y he catalogado tres tipos de terrazas según la forma como se comunican con la calle: la extensiva, la depredadora y la dialogante.

La terraza extensiva es característica de las aceras. Se define por una fila interminable de mesas y sillas ajustadas contra los bordillos que dejan libre una pasarela de 1’5 metros de distancia hasta el nacimiento de las fachadas, lo que viene a ser un pasillo ajustado por el que deben circular las personas viandantes no sin cierta dificultad, sobre todo cuando se acompañan de carritos de la compra, bicicletas o monopatines, carros para el transporte de niños (tantas veces gemelos), aparatos para la ayuda al caminante anciano, etc. Un buen ejemplo de terraza extensiva es la Calle Literato Azorín del Barrio de Ruzafa. Durante la mayor parte del año se pueden recorrer varias manzanas de esta calle y sus adyacentes sin una sola interrupción de este tipo de terraza, cuyo mobiliario se extiende como una barrera asfixiante limitando las posibilidades de trayectos e itinerarios de los caminantes a estos pasadizos estancos, galerías de desfile que atentan también contra el derecho al anonimato, porque convierten al viandante que las atraviesa sin remedio en objeto de observación y escrutinio por parte del cliente cómodamente sentado.

En segundo lugar está la terraza depredadora, que abunda en las plazas pequeñas especialmente del centro histórico y zonas de mayor afluencia turística. Este tipo de terraza se instala cubriendo la totalidad del espacio público, sin dejar ni un solo resquicio de baldosa pisable por cuya presión con el zapato no se deba pagar una consumición. Un buen ejemplo es la Plaza del Tosal, en el Barrio del Carmen. Las terrazas que abarrotan este lugar no sólo no invitan al paso del  viandante en cualquier dirección que se quiera tomar, sino que lo impiden explícitamente con pequeñas vallas que demarcan la zona privada y su acceso en torno a sillones amplios y cómodos, a veces alfombras, flores y plantas de gran tamaño, calefacción en invierno y ventiladores en verano, iluminación indirecta, velas, mesitas auxiliares… es decir, la reproducción literal de un hogar de clase media. Y sinceramente, me parece mucho más civilizado el movimiento okupa sobre el espacio privado que esta depredación literal del espacio público. Al menos aquellos manifestaban claramente su necesidad y su disposición, mientras que estos otros se disfrazan de modernidad y atención al turismo.

Una terraza dialogante en la esquina de las calles Sevilla y Denia.

En tercer y último lugar están las terrazas dialogantes, que no son inclusivas pero al menos permiten que la calle las aloje y buscan en esa reciprocidad sus rasgos distintivos, excepcionales, detalles particulares que dependen del espacio en el que se insertan. Permiten que el aire circule alrededor del mobiliario y, por decirlo de una forma cinematográfica, hacen visible todo cuanto las circunda. Son ese tipo de terrazas en las que te sientas para mirar un fragmento de la ciudad… ¡y qué pocas hay! Lugares discretos, poco llamativos, ubicados en esquinas anodinas, con los elementos básicos para poder llamarse terraza -la mesa y la silla- que se nutren y afectan de la misma iluminación, la misma  temperatura y condiciones que la propia calle, sin alterar apenas nada de su fisonomía, sin alienar su relación con el paseante, sin bloquear, en definitiva, el tránsito locuaz e imprevisible del espacio urbano.

Así que finalmente y tras esta observación debo responder que no, en su mayoría las terrazas no se comunican con las calles, no se relacionan, no se comprenden, no se respetan. Sin embargo a mí me gustaría vivir en una ciudad donde esto fuera posible, así que voy a seguir con este mismo tema al menos un poco más, con la intención de aportar alguna idea que pudiera contribuir al habitaje de este lugar en el que todas nos despertamos cada día.

De bilingüismo

El pasado sábado, en la sobremesa de una comida entre amigos y conocidos, y tras una excitante sesión de juegos de mesa, brotó una apasionada discusión. La mayoría éramos valencianos aunque sólo una minoría valenciano parlantes; dos vascos con un elemental o nulo conocimiento de euskera y dos aragoneses completaban en ramillete.

Como de costumbre, no soy capaz de recordar cómo surgió, pero como no creo que aportara nada, no haré el esfuerzo de intentarlo. En cambio creo que sí vale la pena dedicar –como mínimo- unos minutos a reflexionar sobre el bilingüismo. Hablamos de una realidad tan antigua como la idea misma de España, una realidad que a lo largo de los siglos ha sufrido diversos avatares.

Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre el origen y desarrollo de las diferentes lenguas del estado y este ya me parece un dato revelador. Pero me interesa, especialmente, la realidad actual del fenómeno, no qué lengua fue antes o después que la otra, ni si esta proviene de la otra o no, o todo lo contrario. Lo que me llama la atención es por qué una herramienta fundamental (no única, claro que no) para la comunicación se ha convertido en algo capaz de separarnos. Porque, por exagerado que parezca, nos separa.

Soy valenciano, de padre castellano, de madre valenciana. He vivido toda la vida en Valencia hasta que, hace unos 10 años, vine a vivir a Madrid. Fui criado en castellano aunque, al ser el valenciano la lengua de mi familia materna, conviví con el bilingüismo sin que ello creara en mi familia (ni en la de Valencia ni en la de Segovia) ningún tipo de controversia ni problema de comunicación. La lengua de casa era el castellano pero continuamente oía hablar a mi madre en valenciano, con su madre, con su hermano, con amigos. Incluso mi padre hablaba en valenciano muchas veces. Cuando se casaron y formaron una familia la lógica llevó a que habláramos en castellano, pero nunca tuvimos que renunciar al valenciano. Lo estudiamos, lo conocimos y lo hablamos más o menos según las personas con quienes nos hemos relacionado.

Durante la discusión, los valenciano parlantes lamentaban la poca atención que se dedica a la llengua. Mi madre siempre me ha explicado que cuando ella era pequeña hablar valenciano era relacionado con la incultura y que, por ello, su uso se limitaba prácticamente al ámbito familiar. Años después, con la democracia, hubo una cierta restitución del respeto hacia la llengua. Así lo vivió ella. Yo, por mi parte, siempre lo he vivido con una cierta sensación de ausencia. No reniego de nada, pero estoy de acuerdo en que en Valencia no sentimos verdadero orgullo por la llengua, no nos hemos interesado mínimamente por ella, no nos hemos esforzado por aprenderla y hablarla. Entre un castellano parlante y un valenciano parlante, nunca es la opción predominante. Puedo afirmar, además, que a veces he optado por el valenciano y mi esfuerzo no siempre ha sido aceptado. Algo que nunca me ha pasado con otros idiomas.

Por otra parte, en Madrid (porque es donde vivo, oiga) he advertido algunas veces una evidente hostilidad y mucha incomprensión hacia el bilingüismo (llámese valenciano, catalán, vasco…). Seguramente el uso político que se ha hecho y se hace de ello es determinante. No importa tanto si fue primero la gallina o el huevo como el hecho de que es algo que nos separa.

Entiendo que en Valencia no hacemos un uso de la llengua a la altura del orgullo que decimos sentir por nuestras raíces. No es exclusivo, pero sí vinculante. Pero también entiendo que combatirlo negándonos a hablar en castellano con quienes no son capaces de hablar valenciano me parece una torpeza que sólo genera más hostilidad.

Siempre me ha interesado conocer y aprender idiomas, como medio para comunicarme con los demás, pero también como maravillosa oportunidad de expresarme en la singularidad, riqueza y belleza que contienen.

Facebook, ¿más monetizado?

Facebook está forzando a los administradores de páginas como esta a pagar para promover cada post/actualización de su página.
Es un intento de hacer que los administradores de la página paguen “posts promocionados”, ya que ahora sólo permitirá que el 7% de vosotros recibáis cada actualización que publicamos de modo automático.
Si queréis seguir recibiendo todas nuestras actualizaciones y mensajes, (y lo mismo con los de cualquier otra página), podéis solucionarlo haciendo esto:
1) Acceded al perfil de la página, colocad el ratón sobre donde dice “me gusta” y haced clic en “Añadir a listas de intereses”.
Haciendo esto podréis ver en vuestro Facebook el 93% de posts que publicamos.
Por favor, “compartid” este post si consideráis que puede serle útil a más gente o a más páginas.
¡Gracias!”
Este apocalíptico mensaje (y derivados) está repitiéndose en muchas páginas de Facebook de marcas, blogs, empresas, etc.
Mi primer pensamiento ha sido para las pobres personas, community managers ellos, que dedican tanto tiempo y esfuerzo a aprender a utilizar los secretos de esta red social, con el único objetivo de que su marca, producto o servicio se conozca más y mejor. Me imagino su desazón al darse cuenta de que igual no han llegado a tiempo de crear una relación tan estrecha y emocional con sus lectores y seguidores como para que ellos noten su ausencia, se preocupen en buscarles y se tomen la molestia de seguir el protocolo este de arriba.
Entiendo que Facebook, que ofrece gratuitamente a sus usuarios el servicio de relacionarles con el resto de usuarios de la red, necesita como cualquier otra empresa obtener beneficios, que busque nuevas formas de monetizarse. Entiendo que para muchas empresas, que han dedicado muchos recursos a construir y desarrollar estrategias de comunicación y marketing a través de Facebook, la red con mayor número de usuarios en la actualidad, los cambios son un problema. Un problema gordo: les obliga a redefinir sus estrategias y quizás a ajustar los presupuestos de comunicación y publicidad.
¿Va a convertirse este giro monetarista en el principio del éxodo de marcas y empresas de Facebook? ¿Cuántas decidirán abandonarla porque ya no les resulta rentable la inversión, si tienen que pagar para que sus publicaciones aparezcan en los muros de sus seguidores?
Ya he visto algunos gritos indignados y amenazas al gigante azul, con muchos !!!!!!! al final, de blogs y pequeñas empresas quejándose amargamente de que Facebook ya no es tan gratis como antes. Y esto lo entiendo menos. Lo de la indignación, digo. Entendería una queja, una petición graciosa y humilde, una explicación, un adiós. Pero no la indignación.
Porque me parece que responde a que nos estamos acostumbrando de tal manera al “todo gratis” que en cuanto sale la pasta por algún sitio muchos se indignan, como si el uso de una herramienta proporcionada por una empresa privada fuera un derecho fundamental. Y no lo es.
Pueden encontrar más información en los siguientes enlaces:

De la política

En los últimos años he tenido que explicar muchas veces a mi abuela, a mis padres, a las personas mayores que no se han incorporado a esta sociedad de la información, que no es que ahora seamos más viciosos o depravados (que puede que también) que antes, es que ahora todo se sabe más, y más alto.

Es como si cualquier cosa que hagamos pudiese amplificarse hasta el infinito y más allá y que por eso parecemos peores. Porque, claro, lo que se amplifica es lo chungo, no lo bonito.

Internet, las redes sociales, son los culpables responsables de que conozcamos hasta el último detalle escabroso de la vida de los famosos, de las muertes más truculentas, de los escándalos políticos… de la miseria del mundo, vaya. A veces, estos detalles afloran esgrimidos por los adalides de la libertad de información, como si fuese de vital importancia saber cuántos gramos se mete un famoso o con qué animal ha comparado un político a otro en una conversación privada.

Y no es de vital importancia. No lo es.

Bueno, a veces sí lo es.

Las redes sociales y, en última instancia y para no perder el paso, los medios de comunicación, convierten en noticia los chascarrillos y cotilleos de famosos, deportistas y políticos. Los de los primeros y segundos, claramente, no tienen mayor importancia: sus desvaríos no interfieren en la vida diaria del común de los mortales. Da igual si se casa el hijo de la Preysler, Fernando Llorente tiene problemas con su equipo o Bertín Osborne tiene nuevo programa. Eso sí da igual. Lo de los políticos no o a mí no me lo parece. No porque quiera saber cotilleos, sino porque determinados comportamientos que podrían considerarse privados dicen mucho de la persona que decide sobre las condiciones de vida de los ciudadanos a los que gobierna.

Dicen mucho de sus personalidades ególatras y fuera de la órbita de la ciudadanía , de su falta de ética y de su prepotencia.

Y eso que se supone que los políticos deberían ser un ejemplo ético y moral para la ciudadanía. Deberían ser primus inter pares, modelos de comportamiento, transmitir confianza, responsabilidad, coherencia, capacidad, rigor, transparencia, respeto a los derechos fundamentales, seriedad y compromiso.

Sin embargo, ¿qué transmiten sus comportamientos?

Y tantas otras cosas que han hecho que los ciudadanos tengamos tan mala opinión de los políticos y de la política.

¿Qué podemos hacer? ¿Podemos hacer algo? ¿Cómo podemos echar a personas que no sólo no son modelos de comportamiento sino que, además, son precisamente lo contrario, ejemplos de lo que no debería ser un político?

Ya me gustaría tener la respuesta pero les avanzo que no la tengo. Los ciudadanos somos en parte responsables de lo que está pasando pero, curiosamente, no se me ocurren muchas fórmulas para que puedan pasar otras cosas.

Y, sinceramente, es desolador.

Un año de blog

Entre octubre y noviembre de 2011 se fraguó este sitio, a fuego lento, como le gusta a Mar i Vi. Partiendo de unos ingredientes básicos, que debían ser fijos, como así nos lo hizo ver Pérez y con el paladar inquieto, el mío, del que, aún siendo estómago agradecido, prueba por primera vez un plato.

La Comunicación era la causa por la que nos unimos, la Resistencia, el talante que le conferimos y, a partir de ahí, cada martes y jueves, o lunes y miércoles, o incluso algún sábado o domingo que otro, hemos seguido fieles a una cita con nosotros mismos y con todos los que asidua o puntualmente visitáis este ‘pisito’. A todos, todos: gracias por ‘venir’.

Un espacio, el nuestro, que ha ido creciendo sano, a fuerza de ‘pucheros blog’ (véase la foto). La cocina de Mar i Vi ha ido dando cuerpo a las ideas y contenidos, que después de manera tan arbitraria han ido apareciendo. Por el contrario, su Mac no ha sido más que un foco de tensiones (broma), apaciguado sólo por la mistela y la exquisita torta de calabaza de Pérez. Pero no desvelemos más secretos…

Lo importante, lo que verdaderamente ha dado sentido a Comunicación de Resistencia es la unión de tres perfiles tan distintos como los nuestros, que han dado, a su vez, fruto a un cuarto (¡cómo si hubiéramos parido, coño!), Dapral, de ironía fina y diferente también de los otros terceros.

El equipo al completo de Comunicación de Resistencia. De izquierda a derecha: Pere, David, Mariví y Mayte.

La Comunicación desde la actualidad (social, política, cultural, económica, e incluso deportiva), el uso de las redes y su influencia en la comunicación y el lenguaje, los devaneos de los medios de comunicación, la comunicación personal, la de la calle, la más íntima… todo tiene cabida en Comunicación de Resistencia, a través de la visión particular de cada uno de nosotros. Ese glosario es el que hemos venido ofreciendo a lo largo de un año y así pretendemos seguir, dándolo todo para que os hagáis resistentes como nosotros.

Pero todo esto requiere un esfuerzo constante y la constancia, además del trabajo en equipo, es lo que nos ha traído hasta aquí, donde empiezan muchos y llegan muy pocos.

Por no llegar, no llegan ni las estadísticas, ni los informes que se quedan obsoletos y éstos encima son un ‘copia y pega’ de argumentos: ¡qué poca creatividad y escasa interpretación!

De ahí que queramos terminar este primer año como lo empezamos, sin hacer ruido, pero removiendo conciencias. Por ello, nos despedimos hasta la próxima entrada con unos minutos musicales’, un suave audio de degustación relajante.

¡Gócenlo! Ustedes son los que hacen posible esto.

¿Para qué la huelga?

Me hago preguntas y busco respuestas. Cabe la posibilidad de que sea corto de miras, por lo que cualquier respuesta, de cualquier signo, que no atente contra mi libertad, será bien recibida y agradecida. Este post solo busca respuestas.

Durante estos días he oído hablar entre poco y nada sobre la huelga, ni sobre los motivos ni sobre secundarla o no. Puede deberse a que no vivo muy atento a los medios de comunicación, pero aún así me interesa otro tipo de información, directa, personal (de personas), sobre el porqué es secundada o no. Algún motivo tendremos.

A estas alturas a nadie se le escapa el profundo descontento social. Pocos serán los que, directa o indirectamente, no sientan los efectos de la crisis. Claro que hay gente muy afectada, afectada de verdad. Desde aquí, y en nombre de todo el equipo del blog, nuestra sincera solidaridad para con ellos. Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme para qué se convoca esta huelga, qué podemos conseguir.

No, no la voy a secundar. Tengo demasiado trabajo como para renunciar al precioso tiempo que me brinda un día entero. Lo que no haga durante un día de huelga tendré que recuperarlo porque, se mire por donde se mire, tengo que sacar adelante ese trabajo. Pero además, a qué negarlo, no creo que tenga efecto alguno secundarla. Me pregunto qué efectos positivos puede tener un día menos de trabajo en un país con graves dificultades, qué ganará la pequeña y mediana empresa que lo está pasando mal de verdad. ¿A quién queremos dar un toque de atención? ¿A unos políticos que no parecen estar preocupados por nuestros problemas y a quienes, vayan o no al hemiciclo, no se les restará un céntimo de su generosa nómina mensual? ¿Esos mismos que turnan las posturas en función de la distancia a la que se encuentran del poder? ¿Qué queremos, un cambio de gobierno? ¿Esa va a ser la lectura de una huelga? ¿A alguno de esos fines servirá la huelga o a justificar los emolumentos que reciben los sindicatos? ¿A algo o a acrecentar esta sensación que tenemos de no contar lo más mínimo?

No secundaré esta huelga, pero secundaría una manifestación: contra los recortes (o a favor de hacerlos donde toca), contra la corrupción, contra la pasividad ante nuestros problemas, para reclamar responsabilidad a la clase política, por poner algunos ejemplos.  Una manifestación que nos pondría a todos en la calle, como mínimo, de igual manera que nos manifestamos contra la guerra de Irak. No sé si eso serviría, pero creo que sí daría en qué pensar tanto a quienes nos gobiernan como a quienes aspiran a hacerlo.

Seguramente no estés de acuerdo conmigo. No intentes convencerme, ayúdame a comprender.

Manual de crisis

En comunicación, un manual de crisis es un conjunto de técnicas destinadas a gestionar situaciones de crisis, una estrategia cuyo objetivo es recuperar la normalidad de la organización que sufre esa crisis cuanto antes, intentando que su imagen y reputación sufran el menor daño posible.

Hablamos de crisis en el sentido amplio y drama queen de la expresión, es decir, una situación que puede herir de muerte a la organización, que amenaza su existencia. Una crisis se caracteriza porque es sorpresiva, porque socava los valores y principios de una organización y porque afecta a la imagen de la organización hasta dejarla a la altura de Bienvenida Pérez (¿se acuerdan de Bienve? Qué tiempos aquellos…)

Básicamente, un manual de crisis debe recomendar cosas que sí deben hacerse:

  • Identificar todos los elementos, externos e internos, implicados en la crisis.
  • Reunir toda la información posible, cuanto antes.
  • Comunicar de manera transparente, cuanto antes.
  • Resistir la presión de la prensa y controlar los tiempos.
  • Planificar las acciones.
  • Realizar un seguimiento de la repercusión de la crisis y de las medidas correctivas.
  • Aleccionar a los portavoces para que sigan la estrategia y lancen un mensaje unívoco.
  • Asumir responsabilidades.

Y cosas que no deben hacerse, bajo ningún concepto, por muy resacoso que te levantes esa mañana, o por muchas ganas que tengas de que se acabe la cosa para ver el fútbol tranquilamente, a saber:

  • Mentir.
  • Permitir que otros miembros de la organización se pongan a hablar con quien les venga bien, ¡hala, ahí, a largar! Y cada uno con su “yo he venido aquí a hablar de mi libro i m’he deixat les espardenyes”
  • Esconder información sensible en esa crisis concreta.
  • No desviar la atención. Ni los medios de comunicación ni los afectados/ciudadanos son idiotas, aunque a veces lo parezcan.
  • Ir de sobrao. Podría haber dicho “ser humilde”, “no mostrarse soberbio” o “aceptar la posibilidad de no ser omnisapiente y omnipotente” pero era largo.

¿A qué viene todo este rollo del manual de crisis? Bueno, nunca viene mal recordar estas viejas cositas vintage, estas cosas que estuvieron tan de moda una vez, porque ahora parece que no se lleva mucho lo de la rapidez, la transparencia, la pertinencia del mensaje, la verdad, y, sobre todo, lo de la asunción de responsabilidades.

Hablar en la calle (1)

Entre las muchas razones por las que me gusta la calle hay una que viene al caso especialmente en este blog, y es que me sirve como espacio físico para múltiples formas de comunicación.

A veces basta con un gesto de la mano de una acera a otra, y este es un tipo de comunicación que me gusta mucho porque no necesita contextualización ni protocolo y tiene lugar en calles estrechas, en distancias próximas. Levantas la mano en un saludo de una acera a la otra porque has descubierto una cara amiga que camina por allá en sentido contrario, levantas entonces también las cejas con la intención de que tu gesto señale esa cara amiga en concreto en medio de otras personas que vienen y van por las aceras, y añades una sonrisa porque esa que camina por la otra acera y es amiga y la conectas sin necesidad de protocolos te alegra con su sola presencia, simplemente por haber aparecido, porque al levantar también su mano y abrir su sonrisa en dirección a ti constatas que sigue estando, que todavía es. No se trata una comunicación cutánea, no te aproximas a esa persona ni la besas ni le hablas, ni las niñas de los ojos se reflejan, ni se ubica el encuentro en la serie de idas y venidas matinales o semanales porque no se explica nada, es sólo una visión fugaz, un instante nada más que sin embargo suma tanto porque emociona y queda en la memoria a veces más, incluso, que una larga y exhaustiva conversación.

Me gusta mucho la comunicación en el espacio de la calle cuando es una situación espontánea, me refiero a esos encuentros casuales  que no estaban en la agenda y que permiten el juego de los imprevistos (qué delicia…! ese imprevisto por el que cambias el itinerario inicial…)

Otra cosa son las citas premeditadas, los encuentros marcados con fecha y hora. En estos casos, las pocas veces que me cito en la calle (en una esquina, a la altura de tal tienda, a la puerta de mi trabajo o del tuyo…), siempre es para ir a otro sitio en el que tenemos algo que hacer, de modo que el espacio de la cita es circunstancial, no nos quedamos en la calle. O quizá nos hemos citado porque tenemos algo de que hablar y vamos a desarrollar todo el ritual de la típica conversación occidental; sentarnos, quitarnos las chaquetas y los bolsos, ponernos cómodas, acercarnos, mirarnos, contextualizarnos, tomar algo frío o caliente mientras nos comunicamos… Como vivimos en esta ciudad adornada con tantos meses de sol y buen tiempo sería estúpido no aprovechar la posibilidad de tener el cielo sobre la cabeza, así que nuestra tendencia natural para conversar es hacerlo al aire libre donde normalmente la temperatura es buena. Y además, como dice mi madre, cuando ya no tienes nada más que decir puedes entretenerte viendo pasar a la gente.

Así que nos hemos citado porque tenemos algo de que hablar. Entonces buscamos un lugar al aire libre para sentarnos y comenzar el ritual. Y aquí empieza la cuestión de fondo.

Algunas veces, depende de con quién, nos sentamos en las escaleras de un portal, en el bordillo de un establecimiento o en un banco público, de los que apenas quedan, de modo que será una casualidad muy especial encontrar un banco público en la calle, fuera de un jardín o plaza céntrica, que no esté tapizado con excrementos de paloma, ocupado por una persona sin casa, deteriorado, o simplemente que sea lo bastante grande para albergar dos cuerpos, y no uno solo, como marca esa última tendencia de las sillas aisladas que adornan algunas calles de Valencia en puntos inverosímiles. Incluso cuando has quedado con la persona adecuada para ello, es cada vez más difícil encontrar un banco público para sentarse y hablar en la calle.

Lo cierto es que la mayor parte de las veces (hay para quien la media será todas las veces), la cita y el encuentro y la conversación que se producen en la calle se concretan en la terraza de un bar. Me pregunto si encontrarse y conversar en la terraza de un bar es lo mismo que hacerlo en la calle, quiero decir si la terraza es lo mismo que la calle por el simple hecho de desplegarse en ese espacio, me pregunto incluso si ambos espacios, si es que fueran dos y distintos, se complementan y se comunican, o si por el contrario se enfrentan y se desafían, como ciertamente yo creo que ocurre. Y con todas estas preguntas seguiré armando esta historia en el próximo post. El tema acaba de empezar, y va para largo.

Dime por qué, merluzo

La palabra clave de la comunicación on line, y de las redes sociales especialmente, es compartir. Quien más, quien menos, todos hemos aprendido que compartir es la llave que abre todas las puertas, que nos da prestigio, o seguidores, o influencia, o todas las anteriores.

En este entorno, compartimos con nuestros contactos o seguidores aquellas cosas que nos gustan, nos parecen interesantes, nos traen recuerdos conjuntos, nos aterran, nos escandalizan, nos hacen molones, nos indignan… Tras unos años de experiencia en esto ya somos conscientes de que cuando compartimos un estado, una imagen, un texto o un enlace estamos dejando un poco de quienes somos, estamos diciendo al mundo ¡eh, oye, que quiero que sepas estoquememolestoencompartir!

Estamos todos de acuerdo en esto ¿no? Ya somos mayores, ya tenemos el master del universo on linecompartimos y todos nos entendemos ¿no? Qué guay.

Pues no.

Yo me pregunto a menudo ¿qué c*ñ* es estoquememolestoencompartir de fulanito? ¿Qué tiene de bueno esa imagen? ¿Será suya? ¿Por qué ahora? ¿Por qué debo leer ese enlace que comparte tal cual si no sé de qué va, o quién lo escribe, o por qué le gusta o no? ¿Qué quiere decirme con el enlace estoquememolestoencompartir? ¿Por qué tengo que abrirlo?

Me hago todas estas preguntas y me siento tentada a decirle que, si quiere que abra su enlace, si quiere que entienda lo que quiere decirme, que me lo diga. Le pediría que me explicara por qué se toma la molestia de compartir con sus contactos ese enlace concreto. Le recomendaría que me ayudara a decidirme por estoquememolestoencompartir que le gustaría que abriera. ¿Que quiere que lea el blog de su mujer? ¿Cómo voy a saber que es un blog importante para él, que merece la pena leerlo, si no me lo dice? ¡Cáspita!, que me avance algo del contenido, que haga  que me pique la curiosidad, que quiera abrirlo y leerlo.

¿Quiere que abra el enlace del restaurante de un amigo, para que vea lo chulo que es y vaya a cenar? ¡Que me lo diga!. Sí, ya supongo que comparte el enlace del restaurante de un amigo para ayudarle a captar clientes entre tus contactos, pero que me diga por qué cree que debería ir, exactamente igual que en la vida carnal. Si quisiera recomendarme ese mismo restaurante mientras tomamos un café, no me escribiría el nombre y la dirección en una servilleta, me contaría qué hace, o el precio, o que está bien situado, que me iba a pirrar por los postres o por el servicio. ¿Por qué no hace lo mismo en las redes sociales?

Estamos, sobreinformados. Saturados. Enterrados bajo miles de enlaces que parecen interesantísimos pero sin el tiempo suficiente para verlos todos. Tenemos que elegir y, para ayudarnos a tomar una decisión, necesitamos ayuda.

Para mí, esa ayuda viene en forma de introducción de los enlaces. Me dice que quien me los presenta se ha tomado la molestia de leer previamente y los recomienda porque le gusta el contenido, o no le gusta y quiere destacarlo, porque le parece interesante, porque cree que aporta algo a los demás, en la materia que sea. Esa breve introducción estimula mi curiosidad, hace que quiera saber más. Es una invitación expresa. O debería serlo.

Moraleja: Si quieres que los demás abran tus enlaces, ¡di por qué, merluzo!

¡Qué alguien pare esto!

Sobrepasas los 40 y todo transcurre a velocidad de vértigo. ¿El tiempo no dura lo mismo para todos, sea cual sea la época o el momento? ¿Por qué en nuestra infancia los días parecían más largos? ¿Por qué esas tardes de ‘me aburro’ resultaban interminables?

El caso es que cuando éramos jóvenes ya nos lo advertían nuestros mayores y evidentemente creíamos que ‘chocheaban’ y hoy, en cambio,  nos atemorizamos al tener su mismo pensamiento.

Nos hacemos adultos y dejamos muchas cosas atrás, lugares entrañables, objetos personales, amistades (que no lo serían tanto), recuerdos que nos asaltan en la mitad de la noche, algunos agradables pero confusos como los de antiguos amores, otros no tanto, como aquellas pesadillas de exámenes ‘sorpresa’ cuando hace más de quince años que no hacemos ninguno. Pero el caso es que todo va a velocidad de vértigo, desde que trabajas (por decirlo de algún modo, en estos años), vives en pareja, eres padre… y hay una cuestión, sobre todo lo demás, que nos revela la rapidez con la que se mueve el calendario y es lo reducido que se queda tras el ‘centrifugado de madurez’ cuando descubres como se te solapan todos los planes y a mi, personalmente, me pone de mal talante no poder llegar a todo y entonces, mi cuerpo, como una señal de basta, de stop: peta.

Mi grupo de vecinos juerguistas del ‘guaxap’ envía un mensaje para ver el Valencia – Atlético en algún bareto, mientras mi primo, el músico, me avisa que el día de antes tienen una sesión en Lemmon Hobs y resulta que tengo una cena con unos amigos que ya habíamos aplazado una vez… y es la segunda ocasión en que un concierto de mi primo se solapa cuando quedo con estos amigos ¡Diantres!

Quiero ir a Mestalla con mi hermano y unos amigos, los mismos que han organizado una barbacoa en casa de Emilio para el día siguiente y que ya han retrasado dos veces: una de ellas por mi culpa-agenda. Mientras el grupo de periodismo-papis intentamos montar una tarde de ‘parque de bolas’ previa al partido de Mestalla.

Todo eso esquivando alguna cena de antiguos alumnos porque te coincide con un ‘finde’ rural, algún cumple de peques, porque no puedes estar en tres sitios al mismo tiempo y una quedada familiar porque tienes que decidir entre familia natural o política…

O cuando entre el ‘guaxap’ tratas de cerrar una quedada de grupo, mientras que por mail te convocan a otro sarao o en otro grupo de facebook se está poniendo fecha para otra cosa… y todos revisamos nuestras agendas y que si este día no, que ese otro tengo boda, pues el otro yo tampoco que tengo cumple de mi tía abuela, pues nosotros el otro estamos en Beniyoquesé… y a todos nos queda encima la sensación extraña de que los demás igual no ponen mucho de su parte… cuando todos somos iguales.  

Total, empiezo el puente y al segundo día peto. Lo normal. Y evidentemente la agenda salta por los aires. Diagnóstico: virus estomacal con proceso diarreico severo y congestión muco nasal. Para cuando salgo del trance de flojera en el que me encuentro escribo estas palabras y me asalta la duda: ¿acumulamos demasiados compromisos, nuestra vida social, que si bien ya soporta una comunicación incompleta debido a nuestras responsabilidades, se resiente? ¿Las relaciones son más inconstantes y efímeras que en nuestra juventud, cuando un amigo lo era todo?

Entre (amigos) copas

¿No tenemos la sensación de que hay personas que disfrutan con los prolegómenos (proceso de comunicación inicial) y se difuminan luego en la cita-quedada-desenlace?

¿Toda esta sobe exposición de elementos para favorecer la comunicación (redes, guaxap, mail, sms, en desuso, éste último, sin entrar ya en el chat, skype, hell, viber…) grupal, no nos idiotiza un poco a la hora de mantener relaciones normales (entiéndase aquellas en las que participan todos los sentidos) entre la familia, compañeros o amigos?

Tengo serios problemas para recordar mis constraseñas…

¡Qué alguien pare esto por Dios! Qué yo me bajo… me voy al baño 😦

 

PD: vale si, todas estas herramientas nos ayudan cuando es difícil hacer un hueco en la agenda, pero es tan chulo verse y reírse en directo…