Y de repente, la lluvia

Y de repente, aunque no por ello menos esperada, cae la lluvia.

Y llega puntual. Justo cuando su hija de cinco años y medio canturrea: ‘Otoño llegó / marrón y amarillo / otoño llegó / hoja seca se cayó’.

Y sale apresurado de la que ha sido en los últimos años su empresa, su segunda casa. La misma que atraviesa ahora sus horas más bajas.

Y se va pedaleando y luego andando, en una suerte digna de biathlon, hasta el Cole público de su peque. Nada de chófer ni vehículo oficial, ni coche de empresa, ni taxi, ni tan siquiera una simple moto, ¡qué lujo! También se ha dado cuenta de que no lo necesita. Recurre al servicio público de bicicletas y a sus dos piernas. ¡Con lo que nosotros hemos sido! Lamenta una de sus compis resignada pero sin perder la sonrisa.

Y llega al Cole de su hija que comienza 3º de infantil: reunión de inicio de curso y anuncio de novedades. Las principales, sin duda, relacionadas con los recortes en enseñanza, las normas de la casa, además de comedor y material. Todo son ajustes, debido a la situación restrictiva por la que atraviesan los centros y también, en parte, por la que percibe la dirección sobre las economías domésticas. Pero hay algo que no cambia, que permanece invariable y es la ilusión, el esfuerzo y el tesón con que la seño Ana les explica el programa. Hay algo que queda al margen de esta jodida situación a la que nos vamos habituando y es la actitud y entrega de muchos profesionales en el ejercicio de su trabajo. Esa misma actitud que exige y se exige él en su trabajo, porque entiende que los que requieren sus servicios quieren lo mejor de él mismo, dejando a un lado sinsabores y desengaños.

Y de repente la lluvia que purifica y limpia más que el fuego, sacude conciencias y arrastra lo que a todos quema por dentro…

Sin perder la sonrisa

Siempre sin perder la sonrisa

Y se pregunta ¿en qué pozo ha caído esa conciencia cívica como la de la poligonera rubia de bote que le cierra el paso con su golf de hace tres temporadas y le hace frenar la bici porque ella va a entrar en el lidl sin que tuviera preferencia? ¿Qué queda de esa misma conciencia entre las clases pudientes que abusan de cargos de confianza y crea monstruos en pareja que ingresan por el trabajo de él y el de ella cerca de nueve mil eurazos cuando hay familias con todos sus miembros en el paro? ¿Es justo?

Él, que se considera uno más de esa mayoría silenciosa y le jode que etiqueten su propio silencio y menos que lo alaben políticos sin conciencia para usarlo en su propio beneficio… Él, que creía que podía pasar el resto de su vida hablando de sexo y fútbol entre sus amigos, se enzarza ahora en discusiones bizantinas entre lo político y lo económico. Él, que nació al revés, conservador y avanza en su madurez hacia el más absoluto liberalismo.

El mismo que asiste perplejo a conferencias sobre marketing en las que se anuncia como si fuera el advenimiento que algo está cambiando, que se están rompiendo los monopolios y el individuo se está haciendo un hueco, y se pregunta: qué individuo, con todos sus respetos, ¿la rubia de bote poligonera maleducada, el trepa y su mujer igual de trepa que asumen cargos que le han sacado a mordiscos a los órganos del partido o el político que nos estamos hartando de ver en público y que solo tiene luces para llenarse el bolsillo?

Piensa que la soberanía recae en el pueblo, pero mientras pedalea le da vueltas a una idea que le preocupa, ¡qué no descuide su educación el pueblo! O nos ocurrirá como tantas veces nos ha pasado a lo largo de la historia…

http://www.youtube.com/watch?v=ycJT-71fcyA

PD: dos minutos y medio de pura ética y de homenaje al género.

Sin embargo, la lluvia de ayer nos da un respiro, al igual que los millones de personas silenciosas decepcionadas, junto a los miles que hace unos días rodearon el Congreso o el 47% que alcanzaría la abstención si se celebrasen elecciones en este momento. Todo ello, nos deja a los de bajo un margen de esperanza, como el sol que sale hoy, y los putos de arriba lo reciben como un severo toque de atención para que dejen de mirar a otro lado o el cielo en forma de tormenta populista se desplomará sobre ellos. ¡Por Tutatis!

Zapatero, a tus zapatos

La semana pasada fue muy movidita, informativamente hablando: se murió Santiago Carillo, Esperanza Aguirre dimitió, supimos que el Rey de España le da al género epistolar con una carta llamando a la unidad de los españoles, Anne y Mariló se reconciliaron con un abrazo

Con tal torbellino de emociones no me extraña que a los medios de comunicación serios, que pierden el oremus por publicar en primera que Jennifer Anniston aparece embarazada de trillizos en un anuncio y similares:

O por saber si hemos visto las tetas reales de Kate:

Repito, que igual se me han despistado con lo de las tetas, estos medios serios, no se dieron por aludidos por la surrealista reivindicación de UGT, claramente teledirigida: que sólo los titulados en periodismo puedan ejercer en los medios de comunicación. Ajá.

Seguramente habrá habido más ocasiones pero esta es la primera que recuerdo en la que una noticia que podríamos considerar seria se comenta ampliamente en Twitter y, curiosamente, no aparece en los medios de comunicación tradicionales en su edición digital. Me sorprende que estos medios, habitualmente prestos en comentar cualquier trending topic, por chorra que sea, y subirlo a los altares (recuerden a la amiga Cecilia, que sigue ahí, ahora, pidiendo su parte del pastel del eccehomo en El País), no hayan hecho ni caso, algunas horas después, a una noticia distribuida por Europa Press.

Se me ocurre que igual, (vaya, que es posible) los medios no han querido entrar al trapo porque la respuesta ha sido mayoritamente en contra*, básicamente (y esto es una opinión muy personal) porque es una patochada de dimensiones épicas:Más allá de imágenes y enlaces, que sirven para dar un poco de color, a lo que quería llegar es a la barbarie que me parece que un sindicato de clase salga con esto, a estas alturas, con el objetivo de “dignificar la profesión periodística, mitigar en parte el desempleo y luchar contra el intrusismo”. Nada de pedir explicaciones a los medios sobre su servilismo o su falta de calidad. Nada de exigir rigor, contraste, compromiso, servicio público. Simplemente, que contraten a licenciados en periodismo. A estas alturas. Con ERE a cascoporro, miles de trabajadores en condiciones lamentables, cierres de medios. A estas alturas. Y los medios calladitos, por si acaso. A estas alturas.

Y me da que pensar con cierto temor, no crean, porque muchos de esos periodistas titulados ni siquiera trabajan de lo suyo, ahora son guionistas, profesores, bibliotecarios, analistas, cajeros de supermercado, cocineros o amos de casa. ¿Qué será de ellos cuando a UGT les dé por reivindicar la limpieza de esas profesiones? ¿Tendrán que dejar sus despachos, sus cocinas, sus aulas, sus cajas registradoras, porque serán intrusos? ¿Qué será de ellos?

Esto es muy demagógico, lo sé, pero me sirve para llegar a la conclusión que quiero, que de eso se trata: el periodismo es una profesión que se ejerce, se respeta y se cultiva, y eso no se estudia, se aprende. Como tantas otras.

UGT, dedícate a reivindicar otras cosas, que estás pinchando.

*Obviamente, puedo estar equivocada y que haya habido más respuestas a favor de UGT que en contra, pero la imagen es el resultado de una búsqueda genérica del día de autos, 19 de septiembre de 2012. Si ha sido así, agradecería enlaces y habrá fe de erratas.

Tristeza nao tem fin

El otro día leía en FB la indignación de mi prima (1980), una mujer joven independiente, culta, cariñosa, trabajadora, decidida, valiente, alegre, solidaria y otras muchas virtudes ejemplares, respecto a un artículo que publicaba El País sobre un libro de próxima publicación Dejad de lloriquear. Sobre una generación y sus problemas superfluos de Meredith Haaf (1983) una joven escritora que, visto lo que a continuación detallaré, no pasa de ser una arribista pretenciosa.

La novela “traza”, a través de sus jóvenes protagonistas, un perfil sociológico de una generación. Nada menos que de toda una generación. Pues, para ser tan joven no está mal como objetivo. La autora se permite juicios severos como:

“los lagrimales de los postadolescentes que aún no han alcanzado los 35 años tienen llagas por el exceso de lloriqueo”.

Pero también se atreve a juzgar una generación “que se caracteriza por la autocomplaciencia, el escaso interés por la vida pública y política inmediata, la charlatanería de vendedor de feria puesto de anfetas, la rebeldía consumista hipster, la nostalgia prematura, el narcisismo exhibicionista, el exceso de información y la firme convicción de que abrazar la edad adulta no es cosa suya. Una generación, en definitiva, desnortada y, por encima de todo, triste”.

Pues por extraño que pueda parecer, y a pesar del esfuerzo publicitario por bautizar a una generación, los personajes no encuentran la manera de autonombrarse, por lo que abundan los intentos como “Generación Me gusta” en clara alusión al exhibicionismo y la necesidad de aprobación que demuestran algunas personas en Facebook (igual me equivoco, pero esto no es patrimonio de una generación, ni en Facebook ni en ningún ámbito); también “Generación Resaca”, que en el libro viene descrita por el siguiente estado mental: “susceptible, paranoica, culpable, inmóvil, amnésica, incapaz de levantarse y hacer planes, sentimental, melodramática, cagueta, nerviosa y plañidera”; o “Generación nostalgia”, en relación al gusto retro. Perdón, hasta donde recuerdo, las modas siempre han sido de ida y vuelta. En cualquier caso, celebrar lo que ha tenido éxito, aplaudirlo y honrarlo me parece de excelente gusto y educación. También lindezas como “Generación gallina”, “Generación loro” que no necesitan mayor explicación y hasta “Generación hipster”  no sin mencionar a Abbie Hoffman (1936-1989).

Ni la Haff ni el más brillante de los sociólogos debería acometer la árida tarea de definir una generación, de ninguna época, pero mucho menos de rabiosa actualidad que, como cualquier otra, pero en un mundo en constante cambio que no se interesa por ella más que para segmentarla (como a todas) para fines mercantiles.  Me parece detestable la manía por etiquetar a las personas, peor aún si se trata de generalizar y englobar a millones de individuos diferentes entre sí bajo un mismo signo que no termino de entender qué otra utilidad puede tener más allá del marketing. Desde luego, no aporta ninguna información de utilidad para conocer al que tenemos al lado, como individuo único y excepcional, con sus anhelos y su preocupaciones.

Además, creo que es de perogrullo que la tristeza o la felicidad no son patrimonio de ninguna generación, que cada generación ha tenido sus circunstancias y que, bajo las mismas circunstancias, los diferentes individuos dan frutos muy distintos.

mi imagen de la felicidad

En definitiva, me rebela que alguien que no me conoce me etiquete o me meta en un saco de generalidad para sólo-dios-sabe-qué fin. No es mi generación (soy de 1975) pero no me atrevería a afirmar que soy mejor por el mero hecho de no serlo. Me parece de sentido común.

Sin embargo, desde que leí el artículo, no me abandona esta estrofa de Carlos Jobim (1927-1994):

 A felicidade é como a pluma

Que o vento vai levando pelo ar

Voa tão leve

Mas tem a vida breve

Precisa que haja vento sem parar

 

Obsolescencia programada vs., Mal de ojo

Me sorprendo de repente cenando y escuchando la radio en la cocina, concretamente, La Brújula de Onda Cero, un espacio que dirige y conduce Carlos Alsina de manera admirable, con un séquito de profesionales que desgranan la actualidad política y económica con una mezcla de humor crítico y un componente didáctico y aleccionador encomiable. Pero bueno, el caso es que me encanta escuchar la radio mientras cocino, pero era la primera vez, en mucho tiempo, que lo hacía también cenando. Y me he sentido decimonónico. Y lo he hecho porque ha petado mi televisión, último mohicano todavía de caja y tubo.

Pero lo peor de todo es que ésta pérdida no es más que la penúltima de una larga y dramática lista que comenzó a escribirse hace tan sólo tres meses, cuando cayó vencida y extenuada mi moto coreana.

1. Daelim, modelo Besbi de 125 cc. Parte inicial de daños:

– Tubo de escape agujereado y socarrado.

– Arranque electrónico sin vida.

– Maza de embrague inservible hasta para un avezado tornero fresador.

Antigüedad: escasos seis años.

A la defunción del ciclomotor, le siguió el aparato de ósmosis inversa, algo tan inexplicable como su propio nombre.

2. Ósmosis. Parte de daños: cambio de filtros y membrana estanca.

Diagnóstico: recuperable previo paso por caja y broma que supera los dos dígitos, más este nuevo IVA que nos manda el ‘iluminado’.

A estas dos desdichas hubo que sumar (3) la extraña desaparición de los mandos de la TV y el del TDT. Tras una búsqueda exhaustiva y una investigación poco esclarecedora, a mi mujer y a mi nos vinieron flashes de la amistad creciente de nuestro mini yo de 22 meses con el cubo de ‘lo inservible’ (eufemismo de basura) y los compartimentos (ingenuos de nosotros) que destinamos al reciclado. Sólo allí se nos ocurre que acabaran los mandos y de ahí, al contenedor. Ya no sé si al verde, al amarillo o al azul. ¡Oh, triste de mí!

Justo en esos días se quemó (literal) la lavadora de carga superior. Y con este último desastre ya suman 4. Aquí ni detallo parte ni diagnóstico. No había más que ver el estado en el que quedó la pobre.

Y afectado por la lavadora y debido, sin duda, a un gesto de proximidad y tristeza, casi perdemos al lavavajillas (5). Aunque una visita del técnico de escasos 15 minutos y cerca de 50 € consiguieron sacarlo de la espiral de destrucción en la que se había sumido.

Pero hete aquí que le llega el turno a la TV (6) y con TDT nuevo y mando universal incluido, decide no encenderse. Pasamos dos largos días de tensa espera, como si de un duelo por un familiar se tratara y justo al tercer día (no es coña) cuando estaban a punto de llevársela a un establecimiento del tan denostado y extrañado ‘pequeño comercio’, tras descartar ese gran servicio de atención al cliente que ofrece Philips a través, eso si, de secuaces globalizados que te anuncian un cargo de 28 € por desplazamiento, aunque estés a dos manzanas, más 42 € por hora trabajada sin IVA, que es lo mínimo. O si prefieres la cargas y la llevas tu y te hacen ‘presu’ antes de reparar, pero que también deberás abonar (otros 40 euros). Vamos, el súmmum de la atención ¿no les parece? Pues bien, la TV volvió, se iluminó y continua con nosotros.

Pero tras todas estas vicisitudes, el caso es que noto helio en mi zona testicular cada vez que escucho a algún listillo del marketing anunciando que en esta centuria el consumidor es el rey. Y recuerdo ese grupo de Facebook que lleva por título ‘Se me saltan las lágrimas…’

A esos mismos gurús marketinianos habría que advertirles de la regla básica que todo lo explica y que, al mismo tiempo, les anula a la hora de poder hacer cualquier reflexión entorno a la magna condición de los consumidores: ¿por qué la labor comercial la siguen asumiendo humanos y los departamentos de atención al cliente están plagados de robots? ¿Les aguantamos el rollo cuando pretenden captarnos y luego ya no están disponibles para escucharnos?

Definición de Obsolescencia Programada, es decir, el Mal de ojo de las Marcas:

http://es.wikipedia.org/wiki/Obsolescencia_programada

 

PD: yo no quería una boisserie para toda la vida, pero si que los electrodomésticos durasen más que aquellos pollitos de colores que nos vendían en el mercadillo de los sábados y que no llegaban al sábado siguiente.

 

La falta de comunicación jode

La falta de comunicación es una de las principales causas de ruptura entre dos personas, amigos, parejos o amantes, da igual. Los malosentendidos, la ironía incomprendida o las discusiones son otra cosa. Lo realmente chungo, lo que bloquea y rompe las relaciones es la falta de comunicación. No hablar. No decir las cosas. Después de esto, lo demás viene solo.

Hay muchas, muchísimas razones, por las que nos callamos algo que nos molesta:

  • Somos demasiado conscientes de que quizás no es tan importante, sobre todo para la otra persona, y no queremos pecar de exageraos o de tiquismiquis. Nos da vergüenza destacarnos o mostrar nuestras miserias. Pero nos jode.
  • Ya hemos hablado sobre ese tema muchas veces y no tenemos ganas de empezar otra vez porque sabemos que no vamos a llegar a ningún sitio. Y eso nos jode.
  • Queremos eludir el conflicto y sabemos que si sacamos el tema lo tendremos. Nos callamos y nos jode.
  • En nuestro fuero interno no estamos seguros de tener razón, o creemos que no sabremos explicarnos, nos sentimos en inferioridad de condiciones. Y eso nos jode, casi tanto como callarnos.
  • Somos de los que no exteriorizamos nuestros sentimientos. Y nos jode, pero, mira, no sabemos.
  • No queremos herir a la otra persona. Y salimos heridos nosotros. Y nos jode muchísimo.
  • Yo sé algo que el otro no sabe. En algún momento podré usarlo en su contra. Y así se joderá. En algún momento, cuando yo lo necesite.
  • No voy a hablar, no voy a pedir ayuda o consuelo o compañía porque ya lo he hecho en otras ocasiones y no me he sentido escuchada o comprendida, al contrario, pedir ayuda o compañía hace que me sienta débil y vulnerable. Y tonta. Así que prefiero pasarlo sola y no esperar nada de nadie. Aunque me joda, voy a callarme.

Y mi favorita:

  • Si la otra persona me quisiera debería saber que esto me molesta y es importante para mí. No es tarea mía instruirle, si me quisiera debería preocuparse por conocerme mejor y saber qué me perturba. Y consolarme, o estar a mi lado cuando lo necesito aunque yo no le haya dicho nada, porque debería saberlo, joder, ¿no se supone que es mi amigo/parejo/amante y me quiere? ¿Por qué tengo que pedir su compañía o su comprensión? Debería salir de él/ella. (Esta frase me encanta: Debería salir de él/ella )

Uf.

La falta de comunicación, sea por la razón que sea, siempre trae amargura, dolor, pena y soledad.

Comuníquense, por favor.

Hoy, en Megaconstrucciones: “Pasar a la historia”

La comunicación política tiene tantos matices que sería imposible abarcarlos todos en un post. O en una vida.

Como no tengo toda una vida para dedicar, voy a centrarme en el que parece uno de los aspectos más importantes: la comunicación política tiene que servir para pasar a la historia como un prohombre (o promujer, que de todo hay).

Esto, una soberana soplapollez para el común de los mortales, es uno de los motores vitales de la clase política. Cuando llegan al poder, en lugar de dedicarse a gestionar recursos para mejorar la vida de sus conciudadanos, dedican el tiempo a hacer cosas que les garanticen la permanencia de sus nombres y espíritus en la memoria colectiva. Y por eso construyen cosas, grandísimas, monumentales, que recuerden constantemente que ELLOS ESTUVIERON ALLÍ, como los faraones pero sin morirse. Ya no se conforman con una calle dedicada, un parque o un busto en una avenida, que va. Ahora necesitan cosas grandes. Y las construyen. Y lo dicen muchas veces, lo comunican constantemente, se sienten orgullosos de ello, cuando lo único que han hecho ha sido firmar una autorización para gastarse el dinero de otros.

Por eso tenemos aeropuertos cada 100 km., chorrocientos palacios de congresos, auditorios, foros, y recintos para jalalalas, puentes de diseños imposibles que desafían a la ley de la gravedad, ciudades de cosas intangibles: de la Justicia, del Transporte, de la Luz… Un universo de megaconstrucciones para la gloria en la posteridad. Porque muchos sirven sólo para eso: para que los responsables políticos se hagan fotos. Y pasen a la historia.

Forges. Nada más que añadir, señoría.

Atrás quedaron los tiempos en los que los políticos eran recordados por haber abolido la esclavitud, por aprobar el voto de las mujeres, por legalizar partidos políticos, por firmar armisticios o promover tratados internacionales para garantizar la paz entre las naciones. Todo eso ya está hecho, deben pensar que ya no quedan grandes cosas por hacer, y por eso construyen grandes cosas por las que ser recordados.

Que yo me imagino a los equipos de comunicación, en una brainstorming, con colascaos encima de la mesa y migas de ensaimada sobre el portátil:

  • Eh, a ver qué hacemos, que al presidente le apetece pasar ahora a la historia como promotor de la cultura y el saber.
  • Ah, pues vamos a construir el auditorio más grande del país, con forma de abanico invertido, todo de cristal esmerilado, que da esplendor. ¡Espera! ¡Ideón! Traeremos a la inauguración a Mario Casas*, que es del cine y eso es cultural, y tiene mucho tirón entre las mujeres.
  • Pero es que una cosa así cuesta mucho de construir, a ver si cuando se termine no va a ser presidente…
  • Pues tendremos que construir muchas cosas pequeñas entre medio, para que pase a la historia a poquitos y vaya saliendo en las fotos.
  • Que no se nos olvide poner muchas placas con cortinita, que eso siempre hace ambiente. ¡Y que lo inaugure el rey, que es campechano y mola en las fotos!

Y me imagino a los expertos en comunicación sorbiendo sonrientes, pescando los grumitos con la cuchara, viendo ya la cosa fantagruélica, la placa y la cortinita azul, felices por haber cumplido su cometido: comunicar cosas para que su jefe pase a la historia.

Y me da penita, oigan.

*Ningún Mario Casas ha salido herido en la redacción de este post.

Hot stuff: Sudor, saliva y sal

Termina demasiado tarde la jornada en un jueves horrible, de una semana horrible, del peor de unos últimos años horribles. He abusado de demasiadas cosas durante demasiado tiempo, especialmente del trabajo. Esto no son horas, no es vida, JODER!

Cierro el ordenador. A la mierda el objetivo, que le jodan a mi jefe, que le den por culo al puto piso, al coche, al reloj, a los zapatos y a la corbata de los cojones. Joder, cómo aprieta la seda… Me falta el aire. Me aflojo el nudo y desabrocho el ultimo botón de la camisa. El calor es asfixiante y, sin embargo, noto frías gotas de sudor en mi frente, mi nuca empapada que se derrama por mi espalda. Me va a explotar la cabeza. Ibuprofeno. Dos.

Me recuesto sobre mi sillón. Noto que la sangre empieza a dejar de bombear en mis sienes, por mis piernas empieza a fluir la sangre, cada vez más caliente y asciende hasta instalarse en el bulto denso entre mis piernas. Sé qué tengo que hacer.

Me quito la corbata y la chaqueta. El aire caliente me golpea al salir del edificio. Cierro los ojos y siento su olor. Su olor. Aspiro fuerte, recorre mis pulmones y produce un pequeño y placentero espasmo en mi vientre. “Te voy a buscar, te voy a encontrar y… Sí, hoy sí”. Siento el corazón salirse del pecho y el pantalón tirante. Me quito el cinturón y lo abandono.

Camino por calles oscuras impregnadas de su olor. Mis pasos son torpes y apenas se ve pero conozco mi destino. Mi mente se nubla, mi sangre se vuelve pesada y se espesa el aire, tropiezo, vacilo, pero sigo adelante guiado por su olor. Ya noto su sabor en mi boca, en la lengua, entre los dientes. Su sabor. Cada vez más cerca. Me tiemblan las piernas. Me deshago de mis zapatos.

Salgo a la avenida y las luces me obligan a bajar la mirada y plegar los párpados. Me obligo a inspirar. Mi cuerpo está empapado. Tengo la ropa pegada al cuerpo.

Camino descalzo por el asfalto desierto de la madrugada de una ciudad que me parece que siempre duerme en manos de sueños absurdos. Crece la humedad y la camisa resbala por mi cuerpo. Me sobran los pantalones. Alivio mi presión. Me arranco los calcetines y piso la arena fría. Un escalofrío recorre mis pantorrillas, de nuevo un espasmo. Crece el deseo. Camino torpemente sobre la arena mientras rompo violentamente uno a uno los botones de la camisa que se derrama por mi cuerpo hasta el suelo. Ahí está, ante mí. Me detengo y veo brillar la luna sobre su piel. Su piel. Me llama, renuncio al último resquicio de artificio y me acerco febril, despacio. Me rodea con sus brazos y siento su lengua recorrerme en un abrumador escalofrío azotándome en un intenso espasmo. Mi cuerpo se tensa. Teje sus dedos entre mi cabellos empapados de su saliva y me acaricia suavemente la espada, el pecho y el vientre hasta mi fuerza primigenia. Recorre paciente todas mis esquinas, se cuela maliciosa por todos mis rincones, me colma con caricias, suave y constantemente meciéndome, enredándose, erizándome el vello. Sin cesar. Tensión, distensión. Una y otra vez.

Se arquea mi espalda, se pliega de nuevo y me desbordo, me vacío. Abro las alas y floto. Saliva, sudor y piel. Su piel, mi piel. Me mece y floto, liviano.

La noticia del verano

Ya sabes que no tengo tele ni leo la prensa en papel o en internet, ni escucho informativos de radio ni estoy conectada a las redes sociales, de modo que para mí la noticia del verano no es mediática en sentido estricto. Si esto supone una decepción para ti ya puedes dejar de leer, porque el resto no te va a interesar ni pizca.

Mi noticia del verano tampoco responde a lo que escucho por la calle porque también estas noticias que corren de boca en boca tienen su origen en todos los filtros anteriores. Uno explica algo que ha visto u oído en los medios o en las redes y los demás también lo han visto u oído ya, de modo que la conversación versa sobre esos temas “comunes” a todos hasta el aburrimiento exasperante, o peor aun, hasta la asfixia del pensamiento único. Si me guiara por estas noticias a pie de calle debería hablar de incendios, Ecce Homo, subida del IVA, despidos en Canal 9, cancelan Carne Cruda, los tuper en los coles, rescates a Bankia y a las autonomías, Siria enloquece, Juegos Olímpicos, inmigrantes sin atención médica, los perros eran niños, asaltos a los supermercados, Assange refugiado en la embajada de Ecuador, Chavela se va…

De todo ello he oído hablar en los bares, en las panaderías, en las casas de mis amigos, en los mercados y en las colas de la oficina del Servef. Y de todo ello he opinado, aunque no hubiera tenido acceso a la fuente original de la información y aunque los datos que me comentaba un conocido entre caña y caña estuvieran pervertidos por todos esos filtros y tan lejanos, claro, al hecho real. No sólo estamos acostumbrados a conversar sobre la agenda de temas que otros dictan, también nos hemos habituado a opinar sin conocimientos (y por ello sin miramientos) sobre cualquier suceso, tanto si se trata de una anécdota frívola como de una actuación política contra los derechos humanos.

Por eso mi noticia del verano no es ninguna de las que he mencionado, ni otras muchas que han poblado las páginas, las redes y los informativos.

Ahora olvídate de todo eso y mira atentamente al grupo de personas de la foto. Cada día de este verano han aparecido a media mañana con una mesa plegable y unas sillas, una caja de dominó y muy buen humor. Se han instalado bajo las acacias, a la entrada del parque (donde la sombra acoge con frescura y el airecillo corre entre las esquinas) y se han puesto a jugar. Como sólo juegan 4 cada vez, el resto se ha comido mientras tanto el bocadillo del almuerzo sin dejar de opinar sobre las jugadas y los tantos y algun día, incluso, se han traído una botellita de mistela. Hacia la una de la tarde han terminado la partida, han recogido todo y se han marchado hasta el día siguiente.

Lo puedo contar con tantos detalles porque lo he observado muchos días este verano. Los escuchaba desde casa “Cierra, Antonio, cierra ya que no tienes el cuatro…” y me ha gustado asomarme a la ventana para verlos allí y hacerles la foto que ahora ves tú. Esto es un relato de primera mano, te cuento el hecho tal cual ha sucedido porque lo he visto con mis propios ojos.

¿Es esto una noticia? Lo es, porque se trata de un suceso que altera el funcionamiento habitual de ese espacio y de las actividades que en él transcurren. Lo es también porque no había ocurrido antes y porque acaba de ocurrir ahora mismo. Pero sobre todo es noticia porque se trata de un hecho trascendental: ese grupo de personas está empoderando el espacio público, está haciendo un uso extraordinario de la calle, ha tomado la plaza. Trasgreden las normativas urbanas, no reivindican nada de forma explícita, no llevan pancartas o consignas ni pretenden que el mundo se les una, utilizan mobiliario propio, no consumen en la terraza de un bar, comen y beben en la vía pública, se muestran con total naturalidad, no impiden el paso ni molestan, alteran el paisaje urbano y el objetivo de todo esto es jugar.

Considerar por todo ello que este suceso es una noticia puede que no sea periodismo en el estricto sentido académico, pero desde luego es comunicación de resistencia. Y es mi noticia del verano. Que empiece el curso.

¿Qué estás pensando?

Hay personas que tienen la habilidad innata de pensar las cosas antes de decirlas. Suertudas. Otras, más impulsivas o conscientes de su bocachanclez, se entrenan durante años, sometidas a la tiranía de lo “políticamente correcto” y consiguen guardarse para sí lo que piensan, por temor a las repercusiones, a la vergüenza o al ridículo. Suertudas, también. Y luego están esas personas que sueltan siempre lo primero que les viene a la cabeza. No sé si por inconsciencia, falta de autocontrol o indiferencia, pero lo sueltan. Y se quedan tan panchas.

Pues en las redes sociales pasa lo mismo, hay de todo. Facebook, por ejemplo, pregunta ¿Qué estás pensando? y abre un universo de mensajes de todo tipo de personas que responden a esa pregunta cada vez de una manera, con autocontrol y descontroladas, sensatas y alocadas, indolentes y activos, líderes y seguidores.

Supongo que dentro de unos años, si no se está haciendo ya, sociólogos, psicólogos, lingüistas, psiquiatras, neurólogos y todos los -ólogos que se nos ocurran, estudiarán científicamente nuestro comportamiento en las redes sociales, cómo nos influimos unos a otros, cómo intentamos influir y cómo articulamos nuestra red, nuestra comunidad, para crear un nuevo yo virtual.

Porque, sí, a través de las redes sociales nos re-creamos, nos reinventamos cada vez que aparecemos, a veces con un objetivo claro, otras a la deriva y sin pensar. Y esto es MUY INTERESANTE, porque estamos creando en la mente de otras personas nuestro yo. Un yo rotundo, aunque intentemos pasar desapercibidos, diría.

¿Por qué? ¿Qué criterios seguimos? ¿Seguimos algún criterio? ¿Aplicamos filtros?  ¿Hacemos lo que queremos o lo que creemos que tenemos que hacer para que los demás nos vean como queremos? ¿Por qué contamos cómo nos sentimos en un momento y no lo hacemos en otro? ¿Qué nos aporta compartir o no este sentimiento cada vez? ¿Somos realmente conscientes de cómo nos ven los demás (cada uno de los demases, y hay muchos demases, tantos como contactos o seguidores) en nuestras intervenciones en las redes sociales? ¿Tenemos en cuenta que nos relacionamos con individuos y grupos de personas muy diferentes? ¿Qué nos importa más, el grupo de personas o las individualidades? ¿A qué estamos dispuestos a renunciar? ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar? ¿Por qué nos satisface? ¿En qué lugar de nuestra escala de valores sociales quedan la franqueza y la honestidad? ¿Son prioritarias? ¿Somos totalmente sinceros? ¿Tenemos la obligación de serlo? ¿Deberíamos serlo?

¿Soy la única que se pregunta estas cosas? Uf, tengo tantas preguntas que voy a necesitar muchos post para reflexionar sobre todo esto. Lo veo.

Porque necesito respuestas.

No quiero ni pensar en este personaje en las redes sociales. Y, sí, ME GUSTA JIM CARREY, qué pasa, por muy políticamente incorrecto que sea que me guste.

Hot stuff: fijación

Abandonó apresurado el local. Sin despedirse de nadie. Empezó a sentirse incómodo, como en otras ocasiones, y una melodía le trajo a la mente un recuerdo dormido. Sintió un ahogo y una presión que crecía en su pecho. Ya en la puerta, el repiquetear de unos tacones le recordaron lo mismo. El recuerdo le perseguía y encauzó su cuerpo alterado en sentido contrario al latir de esos mismos tacones.

En cuanto tuvo un segundo, volvió en sí, recuperó el ánimo y recondujo su rumbo hacia donde había dejado el coche. Pero a veces conducir en medio de la noche no es la mejor forma de evitar tus fantasmas. La luna delantera se convierte en una pantalla en la que se reproducen nítidamente todos tus oscuros pensamientos.

Y así sucedió. Conducía de manera mecánica, al tiempo que un sinfín de imágenes se reflejaban en el cristal. Pero una se repetía de forma insistente. Unas piernas largas, muy largas, de mujer.

Así fue, unas piernas largas, muy largas que limitaban al norte por una estrecha falda gris marengo de tubo y cintura alta. La que escogen las ejecutivas el día que se reúne el consejo. Ustedes sabrán porqué. Mientras que al sur estaban flanqueadas por unos estilosos zapatos de tacón, por supuesto, negros. Y una sutil media protegía de cualquier agresión externa esas largas, bonitas e interminables piernas. Unas piernas que recurrentemente veía alejarse. Eso es lo que recordaba. Unas piernas que mostraban en su paso determinación y que luego atisbaban cierta duda. Precisamente, esa duda, anunciaba el triunfo de la pasión frente a la obligación. Era la victoria de lo inesperado ante el tedio. Era lo negro frente a lo blanco. Era lo más y era para ambos.

Todo lo que venía tras esa duda en el caminar, tras esa media vuelta de unas piernas que decidían entre sucumbir o resistir, era el sabor del placer condensado en un furtivo beso, que luego tornaba de suave en violento. Su tacto y sus manos rodeándolo, al igual que él se explayaba con las suyas por su cuerpo. Un cuerpo vedado, inaccesible y que ahora hacía suyo. Un goce irrepetible, por prohibido, pero que se repitió una y cien veces. Unas miradas extraviadas, un gemido primitivo. Un latido espasmódico. Un temblor que sacudía esas mismas piernas que habían mostrado seguridad a cada paso.

Era como ser uno mismo y conocer al otro sin máscara ninguna y disfrutar del placer que suponía el hallazgo. Un placer que era infinitamente distinto a lo hasta ahora conocido. Era en boca de Sade, como ‘un dulce tabú’.

Un semáforo en rojo ni siquiera visto. Suerte que apenas hay tráfico, porque su cuerpo sigue en el coche, pero su mente cabalga desbocada mientras nota las yemas de sus dedos como escalan desde el empeine de sus pies hasta encaramarse a sus rodillas y como sus manos se revuelven para ocultarse de camino a su entrepierna, mientras se reproducen en ella los temblores, como si un movimiento en la falla provocara estragos en el subsuelo de la epidermis de sus largas, largas piernas.

A partir de ahí vio en el cristal como el placer se intensificaba, como se cruzaban las miradas con los ojos entornados, como se decían ‘te deseo’ con el tacto, con el sabor de su piel, con los continuos jadeos.

Un haz de luces le devuelve a este mundo. Un claxon de advertencia, un frenazo que le permite por un segundo revisar su trayectoria y esquivar un vehículo que se incorporaba a la calzada con preferencia.

Pero en un instante vuelve ella. De nuevo sus piernas, ahora prácticamente desnuda desaparece de la estancia para atender una llamada privada y su regreso vuelve a ser otro triunfo de la pasión ante la desidia que provoca la rutina. Una vez más vuelve y gozan en secreto y se aleja y vuelve. Y él no repara que en ese juego gozoso de escapadas y regresos, quizá algún día esa fuga no tenga retorno. Él tiene una fijación que está detenida en sus piernas. Unas piernas que se marcharon hace dos años y que no han vuelto.

Gentileza de Mr., AlbirNota sus besos en el cuello, como sus manos revuelven su cabello. Se sorprende sintiendo como, de repente, esas mismas manos se apoderan de su centro. Se nota desarmado, desnudo, pero henchido de placer. Un placer que descarga finalmente cuando ella está sobre él y él dentro de ella. Lo que viene después es un estado ideal que nada tiene que ver con lo establecido. Lo que ocurre entre ellos después es tan largo y duradero como toda la tensión acumulada hasta el momento. Una extraña atracción impide que se separen sus cuerpos. Quedan abrazados, sus piernas entrelazadas, sus cuerpos fundidos sin posibilidad de separación hasta que despunte el alba. Pero de eso hace ya dos largos años y ella no ha vuelto.

De nuevo un claxon, una sirena estridente, haces de luces que no le impiden ver unas piernas largas, extremadamente largas, de nuevo.

Sabe que ya no cabe el regreso, después de tanto tiempo sin tener noticias de ella. Bueno, si que lo sabe, quizás no quiere verlo. Acelera y un fuerte golpe que recibe por el lateral derecho lo deja cruzado en la calzada, justo por el mismo punto en el que avanza a buena marcha un camión de reparto. Un segundo golpe, este aún más violento, arrastra el coche unos treinta metros, hasta dejarlo ladeado en la cuneta. El lado del piloto está totalmente destrozado. Tras unos interminables minutos y antes de que el conductor del camión, la policía y otros dos vehículos implicados en el siniestro se den cita ante los restos de su coche, él se arrastra fuera y cae en el suelo. Ahora la sangre ya no le deja ver esas largas y hermosas piernas. Y se alegra por un segundo, antes de cerrar los ojos, de recuperar su visión, de apartarse definitivamente de su fijación.