El silencio interior

Hacia la profundidad

Echo de menos las conversaciones sobre el amor, el deseo, el placer. Echo de menos los intercambios verbales como piquetas que afianzan el camino de la vida, los que ayudan a transitar lo cotidiano emocional, lo íntimo, todo aquello inmaterial que constituye la sustancia humana.

Recuerdo con nostalgia los cafés creativos, las tertulias que generan ideas locas construídas como puzles del ingenio colectivo, las reuniones que no son medio, sino fin. Siento una profunda melancolía por las miradas silenciosas sobre la naturaleza, los ojos posados en la paz del horizonte marítimo, con otros ojos al lado que miran hacia el mismo lugar compartiendo una tranquilidad inmensa en un tiempo detenido, sin palabras innecesarias. Noto una ausencia fatal de imaginación, una carencia mortal de sueños y proyecciones, como si los vasos comunicantes entre las dimensiones estuvieran vacíos o secos, enterrada nuestra capacidad de emocionarnos, rota la posibilidad de construir y decidir nuestra propia vida, pervertida la consciencia por tantos y tantos estímulos sensoriales, agotada la charla en un tema único, callejón sin salida, límite abismal de la inteligencia.

Hablamos constantemente de lo material, lo presente, lo noticioso. Nos encontramos por la calle o nos reunimos en citas para comentar los últimos detalles de la crisis, los últimos recortes, los últimos actos violentos, las últimas noticias económicas, los últimos discursos de los políticos, de los portavoces, de los que tienen la palabra pública. Hablamos de lo que quieren que hablemos.

Reivindico el silencio. Un silencio activo que no es aislamiento ni pérdida de nuestra relación con la actualidad, sino una actitud diferente respecto a ella. Silencio para recapacitar y ubicar cada cosa en su sitio, silencio para abstraernos como medio de reordenamiento y recuperación de lo verdaderamente real. El silencio que siente y piensa, que prescinde del alboroto ruidoso del surf para sumergirse en un  buceo profundo, más cerca del origen del movimiento del mar, más conectado a la respiración, a los latidos del corazón y a los colores de la pupila primitiva. Un silencio más frío y envolvente, intestino, totalmente interior.

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