La tristesse durera

Los medios tienden a cuantificarlo todo para darle un cariz más noticioso a la información. Hablan de los más de 5 millones de parados, de los cerca de 11 millones de personas que en España rozan el umbral de la pobreza, de las más de un millón de familias con todos sus miembros sin empleo, de las cancelaciones de hipotecas anuales, desahucios, cierres de negocio o de los “enganchados” con las preferentes. Pues bien, todo eso parece que nos inmuniza por sobre exposición, pero la cuestión es que tras estos datos hay personas con nombre y apellidos, no ciudadanos anónimos. O somos tristes protagonistas en directo o todos tenemos un familiar o amigo en paro. Compañeros que no han podido hacer frente a sus pagos y se ven abocados a volver en el mejor/peor de los casos a casa de sus progenitores.

Como Alfonso, que con 52 años se halla en el paro, con esposa y dos hijos adolescentes, y tras formar parte de una empresa más de 15 años encuentra dificultades para su reinserción laboral.

Mientras Ricardo ha hecho frente al cierre de su negocio, la empresa familiar que heredara de su padre y ha tenido que reordenar toda su deuda. O Magda, que ve un futuro incierto tras perder su empleo. O el caso de Lucas que ha tenido que volver a casa de sus padres, mientras pleitea con el banco por una dación en pago que le evite hacer más dramático el tener que renunciar a su vivienda. O Juan, ingeniero que tiene que trabajar de camarero o como tantos otros, con alta cualificación profesional que optan por salir al mercado internacional.

Tras ello viene el drama de cómo se trunca el desarrollo personal de muchas personas, que tus hijos se acostumbren a que papá o mamá estén en el paro, los miles de jóvenes que ignoran lo que es un primer empleo y todo lo que ello conlleva (emancipación, crecimiento personal y profesional, falta de retos o metas…).

Pero lo peor ya no es pelear en inferioridad de condiciones, el verdadero drama está en los que sucumben al desencanto, los desclasados, los que pierden su sitio, los que abarrotan los comedores de la beneficencia, los que han hecho de la calle su casa, los que deambulan en una bici maltrecha con una cesta improvisada y armados con un palo escarban de manera sistemática por contenedores. Los que viven en condiciones infrahumanas desde hace tiempo, mientras encorbatados discuten en el Congreso que se rompe el estado de bienestar. Y una mierda para todos ellos.

Sinceramente, que no me esperen a mi en la calle porque a los funcionarios les vayan a quitar la extra de navidad (que compensarán en 2015 en sus cotizaciones). Hace mucho, mucho tiempo que otros muchos han perdido algo más y esa casta que asfixia a la administración no se tiró a la calle entonces. Si se rompe el estado de bienestar que se rompa para todos.

Vale, se trata de un paquete bomba de 35 medidas indeseables y echamos en falta las que medios y foros sectarios se apresuran en destacar. La verdad es que parece que la mierda siempre salpique a los mismos y el paquete en cuestión no es de alumno aventajado, se acaba optando por lo fácil (subida de impuestos), ya veremos si cuando se retraiga el consumo, servirán los números que se han hecho.

En cualquier caso, las medidas que más nos podrían acoplar se quedan en un sucedáneo de buenas formas (control de sueldos de alcaldes, reducción de concejales en un 30%, reducción de empresas públicas, evitar duplicidad de administraciones…). No nos equivoquemos, si los recortes implican reducción de servicios, habrá que prescindir del lastre del empleo público. Si la res pública mengua a causa del control y gobierno que ejercen los mercados, entonces nos sobran algo más que el 30% de los concejales. Nos sobran muchos políticos.

La realidad es mucho más cruda y ni funcionarios (por salvar su culo) se cuescan, ni los políticos quieren verla. Qué pena me ha dado Rajoy y que patético me ha parecido Rubalcaba, tendiéndole su apoyo desde la oposición, cuando lo mejor sería que el destino de los españoles no estuviera en manos de semejantes patanes.

Y mientras todo esto pasaba, en las puertas del Congreso se plantaban un par de ‘cienes’ de funcionarios. En cambio, los mineros y los madrileños petaban las grandes avenidas. Los primeros con ese contrapunto en el rostro que delataba su pensamiento, el de les diré a mis nietos: “yo estuve allí. Donde acabó todo, pese al clamor unánime de la mayoría”.

Es para estar triste, porque esto va para largo, ya lo decían los Maniac.    

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