Hot Stuff: fetichismo

“Dame un liguero y moveré todo tu mundo”, Anónimo, 2012.

Un picardías negro, de suave tul trasparente. Liguero y medias de rejilla, también negros. Zapatos de tacón de aguja. Imaginación. ¡PAM! Excitación.

Mono de trabajo arremangado descuidadamente sobre las caderas. Abdomen cincelado en mármol. Piel brillante. Casco. Botas de trabajo. Manguera. ¡PAM! Excitación.

Pies. ¡PAM! Excitación*.

¿Alguno de estos es su caso?

Según la RAE, el fetichismo es una desviación sexual que consiste en fijar alguna parte del cuerpo humano o alguna prenda relacionada con él como objeto de la excitación y el deseo. Claramente, el diccionario de la RAE necesita una revisión. ¿Desviación? Bah, paparruchas. ¿Quién no es un poco fetichista? Todos lo somos, es muy fácil ser fetichista.

El delantal, ese gran complemento erótico.

¿Recuerdas aquel día de agosto que tu chica te pareció tan sexy llevando sólo unas bragas y un delantal? ¿Recuerdas aquella gota de sudor que le caía por la espalda, dejando atrás el cuello, despejado por una coleta descuidada? ¿Recuerdas cómo seguiste aquella gota con la mirada, hasta que se paró en el algodón blanco de sus bragas y luego la perdiste de vista? ¿Recuerdas cómo tu entrepierna te obligo a buscar aquella gota de sudor como si fuera el Santo Grial, en cada centímetro de su piel? Seguro que sí. Seguro que piensas en aquel polvo cada vez que ves ese delantal. Seguro que, ahora mismo, tu ropa interior te tira un poco de la sisa. Porque eres un poco fetichista, como todos. Es probable que incluso hayas intentado revivir aquel día pidiéndole que vuelva a ponerse precisamente ese delantal. Y que nunca le digas por qué.

Porque a veces es más excitante que ese objeto que protagoniza nuestras fantasías sea algo íntimo, inconfensable. Nos gusta pensar que somos algo perversos. Es más excitante que ese fetiche que hace que se acelere nuestra respiración, se sequen los labios y nos den escalofríos sea nuestro secreto. Puede que incluso esperemos a compartirlo con alguien especial, alguien que quizás pueda entenderlo y disfrutarlo. Y entonces todo será perfecto.

Escribiendo este post me he dado cuenta de que yo misma soy más fetichista de lo que pensaba, que tengo más secretos de lo que creía. En agradecimiento por la revelación, voy a compartir con ustedes uno, el resto igual los confieso otro día, cuando pueda ser perfecto.

He descubierto que me ponen los hombres con tirantes. Ejem.

¿Se atreven a compartir con nosotros alguno de sus fetiches?

*Es increíble la de gente que se pone cachonda con los pies.

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Hot Stuff: cuerpo

Se me ha quedado el cuerpo incendiado toda la semana. La simple brisa en la calle me eriza todo el vello y se perpetúa una sensación de humedad allá donde mi piel se pliega. Cuando me despierto por las mañanas froto mi carne contra las sábanas, me toco y me masturbo bajo el agua de la ducha y en mi nariz vuela el olor concreto de ese otro cuerpo hasta cuando tengo delante un plato de raviolis al pesto. Mis oídos escuchan jadeos al detenerme en los semáforos y, aunque mis ojos parecen mirar con la atención acostumbrada, ante la imagen extraña de la realidad se cuelan como diapositivas instantes oníricos de un deseo voraz. Cuanta importancia tiene de pronto mi cuerpo. ¿Me habría olvidado de él…?

Curiosa paradoja, la de haber recuperado la conciencia celular justo cuando el Gobierno pretende imponer una Ley que establece límites irracionales a la libertad decisoria de mi cuerpo femenino. Epicuro se alejó demasiado del poder. Preferiría un cuerpo poético, sólo sensorial, dedicado y destinado al placer, pero no, resulta que es también un cuerpo político. Y quizá deba volver a las calles formando un triángulo con las manos, más de viente años después, para dejar claro que mi placer no tiene ninguna relación con mi maternidad, la cual no considero en absoluto una obligación ni voy a permitir que se me imponga, del mismo modo que no acepto imposiciones sexuales que no constituyan placer para mí. Cuanta importancia tiene de pronto mi cuerpo… que hasta es motivo de debates públicos. ¡Que me dejen a solas con él! Que me lo encuentro bajo la ducha en perfecta comunión con el sentido de la vida, en la intimidad de mi lavabo, el único lugar donde una mujer debería desactivar naturalmente un proceso de embarazo que no desea, si conociéramos nuestro cuerpo lo suficiente como para provocarnos una menstruación con la simple ayuda de tres dedos y una espátula. Qué larguísima ignominia han sufrido nuestras vaginas, mostradas en los foros públicos como objetos políticos, recipientes de tiranías, cavidades sometidas, máquinas programadas de reproducción.

Vuelvo a mi cuerpo poético, que puede ser tan íntimo como el silencio interior.  Regreso al deseo voraz, a las manos calientes que me recorren con la avidez de los insectos y guían mi sangre al galope pateándome la aorta. Aparto la realidad unos momentos, los suficientes para descubrirme en una diapositiva onírica en la que mis yemas esquían por debajo de la tela buscando el pezón. Me toco el vientre, los labios, los hombros. Permito que mis manos desciendan hasta abrazarme los muslos, se tensan mis nalgas y se eriza mi lengua, levanto mi falda y me muestro, me abro, me abro más. Hasta la brisa me acaricia y se relame. Mis dedos son picaportes y saben qué hacer, conocen los caminos y los procesos para abrir las puertas y activar los jugos, así que engordan mi clítoris eléctrico y luego se deslizan suavemente al interior rozando las paredes de la entrada para hundirse en mi cueva cálida, todos ellos, regocijados de un mismo cuerpo que ya es sólo agua, hasta que repiquen las mil campanas del orgasmo.

Ahora reposo, confundida entre lo poético y lo político de este incendio, pero al menos revivida.

Cosas que menosmolan

Yo no soy muy de hacer listas y clasificaciones. Un día me masmola algo y al siguiente me horripila pero la idea de #ordendemolez de El hematocrítico de cine* de hace unos días me pareció buena idea para ordenar aquello que me horroriza en el uso de las redes sociales, especialmente en Facebook. Que no es que yo sea superoriginal y las haya inventado, son de sentido común, pero ya sabemos que no es el más común de los sentidos y menos, al parecer, en las redes sociales.

Así que, de “me da más o menos igual” a “causa de empalamiento”, aquí va mi lista de menosmolar en Facebook:

1. Los automegusta. Ya sabemos que te gusta, es tu foto, tu obra, tu hijo o te has tomado la molestia de compartirlo.

2. Que alguien escriba sistemáticamente con abreviaturas de SMS. Ante estos mensajes dudo entre “va a ser que no sabe cómo se escribe nosequé” y “cómo se puede ser tan vago/a”. Amigo, si no tienes tiempo o ganas para escribir todas las letras de un texto, ¿pa qué haces ná?.

3. Que compartan artículos así, sin más, sin decir por qué, ni por qué no**. Entiendo que si compartes algo crees que merece la pena. Pero es que todo el mundo comparte cosas y, a menos que me des una idea de por qué debería abrirlo, no lo haré. Y, si no lo abro, nunca te comentaré ni te pondré un Me gusta. Pensarás que me caes mal y te ignoro y nuestra relación languidecerá hasta desaparecer. Por resumir: hay demasiados peces en el mar. Demasiados.

4. Los “Pega esto en tu muro para luchar contra el cáncer/el maltrato animal/la corrupción”. Ajá, sí, muy bien, eres supersolidario con todas las causas justas, enhorabuena, con tu foto con mensaje has contribuído a que haya más fondos contra el cáncer, se abran más refugios y descienda la corrupción. GRACIAS.

La foto de perfil definitiva. Es de aquí.

5. Las fotos de perfil de Facebook en pareja, de mascotas, de paisajes, de superhéroes, de supernenas… De vez en cuando hace gracia pero me gusta hablar con personas humanas en su mismidad, no con su perro, su parejo o Cornualles un día de lluvia.

6. Que me pregunten en abierto qué me parecen las producciones artísticas propias. Si me horrorizan, ¿qué digo? ¿Estás preparado para escuchar mi opinión sincera? Recuerda: no hagas preguntas si no vas a ser capaz de aceptar las respuestas.

7. Queeeeeeee seeeeeeeee atasqueeeeeeeeeee ellllllllll deditoooooooooooo en las leeeeeeeeeeeeetraaaaaaaaas!!!!!!!!!!!!. Todas las veces. Sin comentarios.

8. Que me etiqueten en fotos en las que no aparezco. Sobre todo en las fotos de comidas, bebidas y similares. ¿Qué te hace pensar que me interesa que te metes entre pecho y espalda una tarta de tres chocolates con pintaza? ¿EH?

9. Que alguien indique que está conmigo cuando se geolocaliza en Foursquare, en Facebook, en Twitter o donde sea. Cuando quiera decir al mundo dónde y con quién estoy, lo haré, no padezcas.

10. El copia-pega sin citar fuentes, autoría, ni nada. Mal, muy mal. Compartes quince fotos diarias de azucarillos con frase lapidaria, algunas firmadas como Anónimo. Si un Anónimo merece su reconocimiento en un sobre de azúcar ¿por qué el tuitero o la web de donde copias no? No leas más frases de azucarillos, no has aprendido nada.

¿Soy la única a la que le “molestan” estas cosas? ¿Se os ocurre alguna más?

* Versión libre, muy libre, de #ordendemolez, de El hematocrítico de cine.

** Sí, ya sé que en teléfono no se puede compartir, no sigas por ahí que nos conocemos.

Vuelve al lado de la fuerza

Repasando los “pensamientos” del último post he leído algo que me ha dado que pensar y ahora estoy por aprovechar cualquier pretexto para reflexionar sobre un argumento que lo valga.  “Quedemos a tomar un café y a echarnos unas risas, que ya está bien de sufrir”. Cuánto significado en tan pocas palabras. Reír es seguro un buen antídoto.

Me quita vida el perpetuo pesimismo en el que nos hemos instalado que a veces no me parece más que una pose que nos distancia del mal ajeno y justifica nuestra falta de actitud. A diario uno se levanta y pone su energía en mantener el ánimo a pesar de los pesares. Pero a lo largo del día el mundo y sus habitantes se encargan de minar ese ánimo arrastrándole hacia el lado oscuro. Toca doblar esfuerzos. Vale la pena.

Me voy a permitir compartir una vivencia mía como metáfora. Tras más de tres años de fallida lucha contra el cáncer perdí a mi padre, ya hace algo más de año y medio, a quien evidentemente me unía un gran amor (así, a pelo: amor, sin acudir a sinónimos que minimicen el sentido emocional del término) además de una gran comprensión y respeto mutuo gracias al esfuerzo por re-descubrir a alguien a quien se conoce desde siempre y que acaba por convertirse en alguien de verdad significativo para la vida pasada, presente y futura. Un gran pérdida, sin duda. Yo no sé cómo viven otras familias semejante experiencia (y no me permitiría entrar a valorar o a comparar), la mía optó por asumir la pérdida con todo el dolor del corazón y la frustración acumulada durante años, pero con el mejor ánimo del que fue capaz, sin renunciar a ofrecer una sonrisa sincera ante la empatía demostrada por innumerables seres queridos, agradeciendo cada gesto personal (con el que uno puede no llegar a identificarse, pero que brota de las diferentes maneras de ser y sentir), y sin desechar cualquier ocasión para bromear o hacer un chiste, incluso sobre el difunto o la ridícula pose que a veces adoptamos en situaciones como esa que, por suerte, no son habituales y en las que no sabemos comportarnos del todo sin renunciar a la naturalidad. Con idéntica naturalidad una amiga querida me expresó con una sonrisa desencajada el estupor que le causaba oírnos bromear y reír (pero reír de verdad) en esa situación. Le causaba una mezcla de contrariedad, admiración y –a qué negarlo- vergüenza. Optamos por seguir viviendo, de la misma manera que lo habíamos hecho hasta entonces. Ese mismo día, una vez introducido el féretro en la chimenea (¿crematorio?) lloré con una frustración y desconsuelo que nunca antes había experimentado. La materialización de la pérdida está presente en el recuerdo diario, lo que no me impide en absoluto seguir viviendo y tener ganas de reír, divertirme, aprender… de vivir en fin.

Nos vemos obligados a convivir con el dolor. Forma parte de la vida. No hace falta llevar un cilicio para recordarlo, el dolor es una circunstancia real que nos une a todos los seres humanos, lo que no significa necesariamente convertirlo en parte central de nuestra vida. Entiendo que suena tópico pero a veces cabe detenerse un momento, abstraerse y recordar no sólo la miseria que protagoniza la vida de millones de personas en el mundo sino reconocer las bondades de una sociedad acomodada (al menos comparado con millones de personas).

Siempre he defendido que cada cual tiene derecho a lamentar su propio sufrimiento, de nada sirve torturarse por el mal ajeno, pero con la templanza para afrontarlo o, en última instancia, la sensatez para afrontarlo. Creo que ahí reside parte del secreto de la sabiduría, no porque lo diga yo sino porque lo dijo alguien que verdaderamente personifica sus palabras que a continuación cito:

Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento.

Viktor Frankl, psicólogo y terapeuta austríaco pudo comprobarlo en los campos de concentración de Theresienstadt primero y de Auschwitz después donde no sólo sufrió en primera persona uno de los peores episodios de la Historia Universal sino que además allí experimentó la pérdida (el asesinato) de sus padres y su mujer.

Cuando acabé el colegio (léase instituto) a todos los alumnos (supongo, no lo comprobé) nos regalaron unos libros. A mí me cayeron dos, uno que no recuerdo y El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl (imagínense que ahora, al término de los estudios, le regalan un libro a un adolescente y para más gloria de un psicoterapeuta, en el mejor de los casos se quedaría tieso). Pues vaya usted a saber por qué, me dio por leerlo y allí encontré algunas de las bases que necesitaba para empezar a ser adulto. Viktor Frankl da para mucho y yo sigo en proceso.

En cualquier caso, anécdotas personales aparte y aunque no sea yo ejemplo de nada (¡ni falta que hace!), no es imprescindible conocer a Viktor Frankl para entender que vivir es más que sufrir, el esfuerzo por seguir adelante es menor (o no, pero no a veces no hay alternativa) que la recompensa por conseguirlo e incluso por intentarlo; que la risa, de no ser curativa, sí es balsámica y necesaria para una existencia con un mínimo de eso que llamamos felicidad que tal vez no sea más que el proceso por el que buscamos un sentido.

Me hago una recomendación a mí mismo: un chiste, una canción, una película, un libro, algo de deporte, unas risas con seres queridos… elige algo que te acerque y te recuerde el camino. Sigue adelante. Vuelve al lado de la fuerza.

“Difícil mi misión es, pero imposible no”

Imagen o palabra ¿y tú de quién eres?

Del papel couché al papel borrego

En un tiempo en el que la profesión periodística se descompone por desuso, por falta de ‘norte’, por escaso rigor y menos calidad en los contenidos, por malos sueldos y nulo corporativismo pedagógico… paso de seguir. En un momento de sobre saturación que no de información que pota la red; en un presente en el que te rasgas las vestiduras, al menos yo lo hago, cuando ves un programa de estudios de 2º de la ESO, o cualquier otro, para el caso es lo mismo. Cuando hay personas que ya no recuerdan en qué consistía la tradición epistolar y que ni tan siquiera cogen lápiz y papel para hacer la lista de la compra ¿qué podemos esperar de la palabra? ¿De verdad sigue teniendo fuerza?

Hemos prostituido el lenguaje a través de múltiples canales (chat, sms, guaxap, redes…) y algunos aún diferenciamos entre una meretriz y una señora (algo que, por otra parte, nunca fue fácil), pero qué hacemos con los que no varían su gramática a pesar del canal, qué pasa con los titulados universitarios que cometen faltas de ortografía. No deberíamos haber perdido unas bases que nos situaban a todos al mismo nivel, después allá cada cual con su formación y su especialización. Pero no puedo con los ingenieros que no saben escribir, ni con los médicos que no saben argumentar una idea, por citar dos ejemplos de ‘bata blanca’*.

Hace un par de meses escasos, discutí con un médico especialista en ‘gastro’ que me confirmó un diagnóstico de intolerancia al gluten y me mandó callar, cuando lo único que yo hacía era acabar sus frases, seguramente por mi incontinencia verbal, que me viene de tanto en tanto, o quizás porque me ponía más nervioso su incapacidad para acabar sus oraciones que mi recién adquirida tara. Por cierto, en todos los años de carrera ¿tienen algún módulo/taller de psicología? ¿De cómo dirigirse a un paciente/cliente?

Veo los libros de mis sobrinos y me preocupa la cantidad de pruebas tipo test, para no cansar sus manos con el noble arte de la escritura y para no forzar su cerebro más que con conceptos cortos, asépticos y bien empaquetados.

Me agotan mis alumnos (salvo honrosas excepciones) universitarios, cuando confunden redactar con la labor periodística. Redactar es una tarea de todos en su quehacer diario, ya sea un informe, un discurso, un e mail, una ponencia, unas palabras de bienvenida, un contrato, un convenio, un orden del día, el acta de una reunión, un parte de daños, un diagnóstico, una memoria, un texto para la web, unas palabras de despedida… ¿Sigo?

Otra cosa es lo que encontramos en la mayoría de medios: bazofia, también en su mayoría, escrita de manera apresurada. Pero y lo que nos bombardea la red: webs y blogs, principalmente, que asumen la misión catalizadora, antaño ocupada por los mass media… pues eso, nos arrojan más morralla y si quieren incluyen este sitio desde el que les escribo, pero me revuelve las tripas encontrar portales o blogs ‘de referencia’, se supone que especializados y cuyo contenido es humo, por no decir que el contenido ni está ni se le espera.

Ahí es donde debería tomar forma el nuevo periodismo y qué me dicen de los seo, los feo y los porculeros del ‘tranqui, yo te muevo en la red y lo petas’. Me canso de escuchar en foros y debates que la clave del éxito, al menos una parte importante en este nuevo entorno ya 3.0, radica en el contenido. Pero sigo devanándome los sesos en si de verdad le interesará a la mayoría ‘el contenido’, la palabra, la argumentación, la información, la opinión, la idea… o nos basta con una bonita imagen (aunque el copy la haya cagado, premio para el que pille la errata) que poder mover con el dedito de izquierda a derecha, de arriba a bajo, o ampliar utilizando ya dos deditos y poco más. Espero que no sea así. Porque aunque una imagen valga más que mil palabras, mil palabras bien ordenadas pueden componer una imagen preciosa.

Ejemplos de bonitos titulares:

http://www.puromarketing.com/42/12682/leyenda-aquel-quien-llamaban-community-manager.html

http://www.puromarketing.com/42/12532/social-media-marketing-gratis-barato.html

* Bata blanca: dícese de aquellos titulados superiores, que no solo son titulados sino que además magnifican su condición de ‘superiores’. Pese a que en el fondo también puedan acabar padeciendo de la próstata, acudan al terapeuta, les abandone su pareja o les recorten prestaciones como al resto de mortales.

El silencio interior

Hacia la profundidad

Echo de menos las conversaciones sobre el amor, el deseo, el placer. Echo de menos los intercambios verbales como piquetas que afianzan el camino de la vida, los que ayudan a transitar lo cotidiano emocional, lo íntimo, todo aquello inmaterial que constituye la sustancia humana.

Recuerdo con nostalgia los cafés creativos, las tertulias que generan ideas locas construídas como puzles del ingenio colectivo, las reuniones que no son medio, sino fin. Siento una profunda melancolía por las miradas silenciosas sobre la naturaleza, los ojos posados en la paz del horizonte marítimo, con otros ojos al lado que miran hacia el mismo lugar compartiendo una tranquilidad inmensa en un tiempo detenido, sin palabras innecesarias. Noto una ausencia fatal de imaginación, una carencia mortal de sueños y proyecciones, como si los vasos comunicantes entre las dimensiones estuvieran vacíos o secos, enterrada nuestra capacidad de emocionarnos, rota la posibilidad de construir y decidir nuestra propia vida, pervertida la consciencia por tantos y tantos estímulos sensoriales, agotada la charla en un tema único, callejón sin salida, límite abismal de la inteligencia.

Hablamos constantemente de lo material, lo presente, lo noticioso. Nos encontramos por la calle o nos reunimos en citas para comentar los últimos detalles de la crisis, los últimos recortes, los últimos actos violentos, las últimas noticias económicas, los últimos discursos de los políticos, de los portavoces, de los que tienen la palabra pública. Hablamos de lo que quieren que hablemos.

Reivindico el silencio. Un silencio activo que no es aislamiento ni pérdida de nuestra relación con la actualidad, sino una actitud diferente respecto a ella. Silencio para recapacitar y ubicar cada cosa en su sitio, silencio para abstraernos como medio de reordenamiento y recuperación de lo verdaderamente real. El silencio que siente y piensa, que prescinde del alboroto ruidoso del surf para sumergirse en un  buceo profundo, más cerca del origen del movimiento del mar, más conectado a la respiración, a los latidos del corazón y a los colores de la pupila primitiva. Un silencio más frío y envolvente, intestino, totalmente interior.

La tristesse durera

Los medios tienden a cuantificarlo todo para darle un cariz más noticioso a la información. Hablan de los más de 5 millones de parados, de los cerca de 11 millones de personas que en España rozan el umbral de la pobreza, de las más de un millón de familias con todos sus miembros sin empleo, de las cancelaciones de hipotecas anuales, desahucios, cierres de negocio o de los “enganchados” con las preferentes. Pues bien, todo eso parece que nos inmuniza por sobre exposición, pero la cuestión es que tras estos datos hay personas con nombre y apellidos, no ciudadanos anónimos. O somos tristes protagonistas en directo o todos tenemos un familiar o amigo en paro. Compañeros que no han podido hacer frente a sus pagos y se ven abocados a volver en el mejor/peor de los casos a casa de sus progenitores.

Como Alfonso, que con 52 años se halla en el paro, con esposa y dos hijos adolescentes, y tras formar parte de una empresa más de 15 años encuentra dificultades para su reinserción laboral.

Mientras Ricardo ha hecho frente al cierre de su negocio, la empresa familiar que heredara de su padre y ha tenido que reordenar toda su deuda. O Magda, que ve un futuro incierto tras perder su empleo. O el caso de Lucas que ha tenido que volver a casa de sus padres, mientras pleitea con el banco por una dación en pago que le evite hacer más dramático el tener que renunciar a su vivienda. O Juan, ingeniero que tiene que trabajar de camarero o como tantos otros, con alta cualificación profesional que optan por salir al mercado internacional.

Tras ello viene el drama de cómo se trunca el desarrollo personal de muchas personas, que tus hijos se acostumbren a que papá o mamá estén en el paro, los miles de jóvenes que ignoran lo que es un primer empleo y todo lo que ello conlleva (emancipación, crecimiento personal y profesional, falta de retos o metas…).

Pero lo peor ya no es pelear en inferioridad de condiciones, el verdadero drama está en los que sucumben al desencanto, los desclasados, los que pierden su sitio, los que abarrotan los comedores de la beneficencia, los que han hecho de la calle su casa, los que deambulan en una bici maltrecha con una cesta improvisada y armados con un palo escarban de manera sistemática por contenedores. Los que viven en condiciones infrahumanas desde hace tiempo, mientras encorbatados discuten en el Congreso que se rompe el estado de bienestar. Y una mierda para todos ellos.

Sinceramente, que no me esperen a mi en la calle porque a los funcionarios les vayan a quitar la extra de navidad (que compensarán en 2015 en sus cotizaciones). Hace mucho, mucho tiempo que otros muchos han perdido algo más y esa casta que asfixia a la administración no se tiró a la calle entonces. Si se rompe el estado de bienestar que se rompa para todos.

Vale, se trata de un paquete bomba de 35 medidas indeseables y echamos en falta las que medios y foros sectarios se apresuran en destacar. La verdad es que parece que la mierda siempre salpique a los mismos y el paquete en cuestión no es de alumno aventajado, se acaba optando por lo fácil (subida de impuestos), ya veremos si cuando se retraiga el consumo, servirán los números que se han hecho.

En cualquier caso, las medidas que más nos podrían acoplar se quedan en un sucedáneo de buenas formas (control de sueldos de alcaldes, reducción de concejales en un 30%, reducción de empresas públicas, evitar duplicidad de administraciones…). No nos equivoquemos, si los recortes implican reducción de servicios, habrá que prescindir del lastre del empleo público. Si la res pública mengua a causa del control y gobierno que ejercen los mercados, entonces nos sobran algo más que el 30% de los concejales. Nos sobran muchos políticos.

La realidad es mucho más cruda y ni funcionarios (por salvar su culo) se cuescan, ni los políticos quieren verla. Qué pena me ha dado Rajoy y que patético me ha parecido Rubalcaba, tendiéndole su apoyo desde la oposición, cuando lo mejor sería que el destino de los españoles no estuviera en manos de semejantes patanes.

Y mientras todo esto pasaba, en las puertas del Congreso se plantaban un par de ‘cienes’ de funcionarios. En cambio, los mineros y los madrileños petaban las grandes avenidas. Los primeros con ese contrapunto en el rostro que delataba su pensamiento, el de les diré a mis nietos: “yo estuve allí. Donde acabó todo, pese al clamor unánime de la mayoría”.

Es para estar triste, porque esto va para largo, ya lo decían los Maniac.