Ak ak ak ak ak

Siempre he querido escribir un blog. Ya quería escribir un blog antes de saber qué era, antes, incluso, de que existiera Internet. Desde pequeña, vaya.

Para mí, escribir un blog es un acto comunicativo perfecto: puedo contar lo que quiero cuando quiero. Puedo recrearme escogiendo las palabras exactas. Puedo elegir dónde ubicar cada punto, cada coma, cada pequeña ristra de puntos suspensivos (tres, siempre tres, no se olviden). Puedo enfatizar con negritas o utilizar cursivas para dar ese toque importante a según qué palabras. Tengo al alcance de mi mano un universo de recursos audiovisuales que pongan música o imágenes al negro sobre blanco. Puedo utilizar todas las figuras literarias y estilísticas que quiera. ¿Es perfecto o no?

En el blog puedo ser irónica o sarcástica y esperar tranquilamente a comprobar si he sido capaz de transmitir a los lectores aquello que quería, exactamente como quería. No lo consigo casi nunca pero me engaño fácilmente. Me gusta pensar que la comunicación es complicada, que nos separa la edad, o las referencias personales, o la falta de gestualidad, o la pobre lectura comprensiva, o la poca capacidad expositiva.

Escribiendo en el blog puedo esconder mensajes teledirigidos sin temor a que nadie más se entere. Puedo exagerar cuanto quiera, con la manida excusa de que era “por exigencias del guión”. Puedo parecer cultísima gracias a Google. Puedo hacerme la intelectual robando referencias a autores de culto, películas de serie Z o comics de edición limitada. En un blog, puedo ser como yo quiera, quien yo quiera.

Escribir un blog es perfecto. Mucho más, dónde va a parar, que cualquier otra forma de comunicación.

Porque, a ver, ¿en qué otro medio podría yo poner el siguiente vídeo e iban ustedes a entender, exactamente, cómo me siento? Gracias por su atención.

(Ningún marciano ha salido herido en la elaboración de este post)

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