12 horas de abril

A las doce y media de la noche eran algo más de treinta. Se encontraron en la calle, porque la cita fue en el bar más pequeño de la ciudad para que el grupo naciera ya en tierra de todas y de nadie. Se bebía, se bebió toda la noche tanto como se derramó y se regó el asfalto con el aroma agrio de los licores y la cerveza. La que debía ser una en concreto apareció como la distinta, no de las demás presentes, con quienes tanto y tan profundo tiene en común, sino de sí misma. Quizá intentaba compartir esa transformación, la esencia de todas las cosas naturales y auténticas que nos ocurren, que es el tiempo.

Yo soy rubia porque el sol me ha hecho así.

La bicicleta sonora inició el paseo en la esquina de Sevilla con Denia sobre las dos de la madrugada, mientras los bares cerraban sus puertas y la gente por las calles se dirigía hacia los garitos de copas más populares, pero nadie del grupo propuso entrar a ninguno de ellos; ya deseaban que el afuera y no el adentro cocinase el relato de la noche, porque adentro, al fin y al cabo, siempre pasa lo mismo.

La primera parada les llevó a la plaza del Mercado, el lugar preciso en el que nació el sentido de barrio que inspiraba la deriva de esta noche, con un grupo menguado a más de veinte pero caliente, poroso y húmedo, dispuesto a polinizar lo inesperado. Y así fue: pasaron unos músicos con el instrumento a cuestas. Fueron recibidos e invitados y la noche se llenó también de cantos y bailes en corro, flamencos del verso y el tacón, raperos improvisando letras de mercado, mirones fumadores y un vecino indignado que se asomó a la ventana para gritar a pleno pulmón “¡ya está bien, que son casi las tres de la mañana!”.

Siguió el paseo. Se acercó un vejete. Se pararon en algunas esquinas y caminaron balanceando las risas hasta apurar el líquido alimento a lo largo de la calle Literato Azorín, la misma que otros días y por otras razones recorren como tubo de transporte. El barrio amarillento casi desierto, la gente dentro de los bares, la bici sonora vaporizando Mais que nada y el grupo, más de quince, hacia el parque.

Sobre las cuatro de la madrugada se renovó el mapa con un entorno verde y fresco, el carrito de la compra cargado de licores nuevos y otros neurotransmisores libres. En la bici sonaban ritmos más sanguíneos y la tierra levantaba polvo en torno a los pies, los besos, bailes, pieles, una fuente al fondo y las acacias, tan altas, alrededor. Dos bancos del parque se llenaron de tertulia, algunas ventanas se iluminaron y en otras se apagó la luz. Recorrieron durante largo tiempo los caminos entre los setos hasta llegar a los columpios y allí se quedaron otro rato, colgados de las cuerdas, las últimas menos de diez personas que compartieron un resopón improvisado a base de pan con aceite, queso fresco, tomate, jamón serrano, frutos tostados y marinado de cebolletas con habas crudas, justo al lado del tobogán, casi a las seis de la mañana.

Escribo esto hoy domingo, día de mi cumpleaños, tarde aromática en un final lluvioso de abril, mirando desde mi ventana el parque de acacias que alojó al grupo hace dos noches e imagino todas las noches y todas las calles que volverán a ver nuestros bailes y escuchar nuestra voz. Ahora que nazco de nuevo, tan poderosa por teneros cerca y tan rubia porque el sol me ha hecho así, os dedico estos recuerdos porque me suenan a la miel y al tiempo que la vida nos regala. Más noches, más calles, más piel.

Hoy es uno de esos días

Hay días que nos damos cuenta de la suerte que tenemos, a pesar de todo.

Nos sentimos bien sin razón aparente aunque, si escarbamos un poco, es fácil darnos cuenta de que parte de ese sentimiento agradable y reconfortante se debe a que podemos compartir la vida con personas a las que queremos y que nos quieren.

Hoy es uno de esos días. Y suena suave y tranquilo pero con carácter.

Hagan que hoy sea uno de esos días. Disfrútenlo.

Girl from Ipanema, Tom Jobim y Joao Gilberto.

Disculpas

Si somos iguales ante la ley, que esto sirva para que no cuenten como muescas en nuestro revólver:
– las cagadas en el trabajo;
– los cuernos a nuestras parejas;
– los asesinatos de animales;
– las metidas de pata con los amigos;
– las subidas de tono con los comerciales pesados;
– las descargas de mala leche con el último que llega;
– las trampas fiscales para sobrevivir;
– las veces que le hayamos podido fallar a la familia;
– los insultos murmurados al vecino;
– la paciencia que merecen los más pequeños y los más mayores, y que no tenemos;
– el tiempo que nos faltó para llamar a quien necesitaba escuchar nuestra voz;
– los instantes que eternizamos sin saber decir adiós por miedo a perder lo que ya no nos pertenecía;
– la torpeza de nuestros duelos;
– los momentos que nos quedamos callados, cuando hubiese bastado un ‘te quiero’;
– las veces que no hemos querido llegar a tiempo;
– las plantas, las flores y los ríos que hemos matado, o contribuido a matar;
– el medicamento que sacamos con nuestra tarjeta SIP para la vecina sin papeles;
– el tiempo que estuvimos enganchados a la luz eléctrica;
– los gritos en la calle aquella noche de borrachera, por aquello que merecía la pena celebrar…

El gran McGuffin

Últimamente, la familia real se me antoja un gran McGuffin. Ni Hitchcock lo hubiera hecho mejor. Bueno sí, me da que se lo hubiera currado un pelín más. Porque lo de la familia real es de traca.

Un Mcguffin es un engaño. Hitchcock inventó este concepto para desviar la atención del espectador momentáneamente. Es un elemento de la historia que parece muy importante y sin el que, aparentemente, no sería posible continuar con la historia pero que se acaba desvelando como insustancial para la trama, irrelevante, prescindible.

Felipe V, tataratatara... abuelo de Juancar, el primer Borbón reinante en España. Un figura.

La monarquía, la familia real, es lo mismo. Es una herencia del pasado, que existe no sabemos muy bien para qué pero, mira, ahí está, haciendo cosas, muchas cosas: casándose, divorciándose, pegándose tiros, matando elefantes, presidiendo honoríficamente organizaciones sin ánimo de lucro, navegando, dinamizando la economía, publicitando la imagen de España por doquier… Y, lo más curioso, es que ni siquiera es necesaria, más al contrario, es absolutamente prescindible: nuestra vida continuaría sin ningún problema, la de todos los súbditos. Y, si no, fíjense en la cantidad de países que van estupendamente sin reyes. Como gran McGuffin que es, la monarquía no aporta ya nada a la historia pero ahí sigue, por la gracia de Dios.

El caso es que yo tengo la manía de que seguimos siendo el Reino de España porque no sabemos muy bien cómo quitarlos de en medio, ni qué hacer con los residuos y como hasta ahora no habían molestado mucho… quiero decir que, hasta hace unos años, el pueblo no conocía más que lo bonito de la realeza que le enseñaba el ¡Hola! y ahora… ahora conocemos sus miserias. Que no es que la nueva generación sea peor que la anterior, es que ahora es más difícil que oculten todo lo que hacen: los medios de comunicación están empezando a perder el miedo a criticar los desmanes de algunos miembros de la familia real y las redes sociales son un hervidero de noticias e imágenes censuradas para compensar a los que aún no se han atrevido a contar las sombras de la monarquía española.

La cuestión es que, como todos los McGuffins, el futuro de la monarquía es inevitable: será olvidada. Poco a poco irá perdiendo peso en la historia hasta que, un día, nadie se acuerde de ella, nadie la considere necesaria y desaparezca. Puf. La pregunta es ¿falta mucho para eso?

Y en la historia de España, un rey.
(La imagen es de Zumbirriondo.com)

La diferencia

Las dos últimas semanas de marzo estuve más tiempo en la calle que en mi casa. La buena temperatura tuvo su protagonismo en esta concreción de mi hábitat pero también fue el resultado de circunstancias diferentes, festivas por una parte y políticas por otra. Las fallas me tuvieron apegada al asfalto noche y día. Comprenderéis que viviendo en el barrio de Ruzafa sólo cabían dos posibilidades; unirse o huir. Y como mi cuenta corriente no me permite la huida pues decidí quedarme con todas las consecuencias a partir de un lema general que fui aplicando conforme crecía el número de visitantes en mis calles cotidianas; nada me irrita. Parece fácil, pero os aseguro que el esfuerzo inicial fue importante. Con el paso de los días, las paellas, la juerga, los paseos robados al tráfico por calles normalmente atestadas de vehículos y, por supuesto, las verbenas, que no cerraron nunca antes de las cuatro de la madrugada, mi cuerpo se fue adaptando a un horario extraño a ritmo de pasodoble y reguetón.

18 de marzo, 03:57h.
Verbena fallera en la calle Cuba.

Ruzafa es un barrio fallero dada la docena larga de comisiones fecundas que alberga y desde luego había monumentos (de poliespán la mayoría) en casi todas las encrucijadas, algunos de poco presupuesto y mucho ingenio crítico, otros de mucho presupuesto y rancia corrección política. Pero yo no hablaría sólo de fallas. Hablaría de alcohol, verbenas y pincha discos, de churros con chocolate, patatas asadas, pizza, bocatas de atún, tabla de ibéricos, pasteles húngaros, falafel, quesos de cabra, tartas gallegas y panes de un kilo. Hablaría de mi barrio como un gigantesco restaurante-bar iluminado con una profusión cegadora y martilleado por el síncope incansable de los petardos pequeños, los medianos, los grandes y los insoportables. Hablaría, en fin, de un parque temático instalado en el espacio público que cobra peaje para comer, beber, bailar, pasear o acercarse a una falla y que se eterniza del día a la noche y vuelta a empezar.

Diez días después de la cremà, punto y final de las fallas, mi barrio volvía poco a poco a la normalidad y de nuevo me vi habitando la calle, esta vez en el centro de la urbe por motivos políticos, formando parte de los miles y miles de personas que protestamos en la jornada de la huelga general por la última reforma laboral y, de paso, por tantas otras decisiones políticas que hacen nuestra vida peor y nuestro futuro temible. También había banderas pero estas eran sindicales, había cánticos pero eran consignas, había pancartas pero no narraban el segundo premio de la sección especial, sino la exigencia de justicia y servicios sociales a los que cualquier sociedad democrática tiene derecho.

29 de marzo, 20'00h.
Manifestación a su paso por la calle Xàtiva

Pienso que la diferencia esencial entre una y otra vivencia callejera es la dirección. Recuerdo nuestras miradas extraviadas durante las fallas, absorbidas las pupilas por tantos centros de atracción rutilante. Éramos paseantes sin rumbo exacto lanzados a un espacio atrapado en el ruido y la desorientación, con los cuerpos doblegados y rendidos al estímulo de los sentidos, felices por ello. Y recuerdo por otra parte nuestras miradas en la manifestación, concentradas en el adelante, enmarcadas en el paso común de la multitud que acapara el espacio público porque lo piensa como propio, y sea cual sea nuestra forma de vida marchamos al unísono del quejido con la fuerza psíquica de todo lo político y presente que tenemos en común, felices por ello. Somos cuerpos y somos mentes, siempre dueños (que no invitados) del suelo que pisamos juntos, pero en esta ocasión, y no en la otra, sabemos hacia donde vamos.