La muerte en directo

Van pasando los días y no consigo sobreponerme a la horrible visión que supone digerir ‘la muerte en directo’, ahora incluso repetida, ampliando pantalla, con pausa, o a cámara lenta, como la que nos ofrece internet casi a diario.

Desde que la red está ahí para mostrarlo todo creo que la condición humana ha ido perdiendo esa condición que otrora la hacía humana y nos muestra sin rubor el morbo, el ensañamiento, las vísceras, el color sucio de la sangre, el terror, la violencia y lo ves como si de una ‘peli’ de acción se tratara y sin embargo, es la cruda realidad, rodada en plan dogma, como un reality, con sus desencuadres y sus píxeles.

Y entonces perdemos la consciencia y no reparamos en que lo que vemos en pantalla son personas de carne y hueso, con nombres y apellidos, no son actores, no representan una tragedia. Son personas reconocibles o anónimas que viven su propio drama, el último, el que les va a hacer abandonar el mundo de los vivos y ni tan siquiera les permitimos hacerlo en intimidad, en silencio, sin hacer ruido, sin el respeto que merecen los que se encaran al precipicio.

Creo que cuanto más próxima tenemos la actualidad, cuanto más inmediato es el drama, más nos alejamos de la realidad. Días atrás sufrí, como muchos de nosotros, con la niña china atropellada, me dejó paralizado el linchamiento a Gadafi, al margen de su figura de dictador villano y quedé tocado con el accidente mortal de Simoncelli… ¡Qué vendrá luego!

Ahora pienso en todo el contencioso que se montó en la Casa Blanca ante la disyuntiva de mostrar o no las imágenes de Osama muerto tras la incursión militar que acabó con el enemigo público nº 1. Aquel día no lo entendí y hoy, que queréis que os diga, casi les doy las gracias. Me la pela que los que quisieran ver su cabeza colgando del pendón yanqui argumentaran que se trataba de evitar suspicacias sobre su verdadera captura y la veracidad de su muerte.

Visto lo visto, hay cuestiones que se pueden evitar, hay códigos que debieran marcar dónde está el límite. Este es un gran dilema que afecta a los medios de comunicación que parecen haber tirado por el desagüe su propio código deontológico porque la red ha conseguido que se convierta en papel mojado. Huelga decir que aquí no encontrareis enlaces a ninguno de los casos que he comentado, creo que la muerte es algo tan serio que sólo se debería tratar en la ficción. El día a día igual que nos depara alguna celebración, de tanto en tanto, nos coloca algún sepelio. Y cuando la paz y armonía de una pequeña comunidad queda conmocionada por un hecho luctuoso, como el que me afecta estos días, te alejas del ruido mediático que poduce un aparato de radio, de la TV, del papel couché, de la red, y deseas que ellos se alejen de tí otro tanto.

De ahí, mi más sincero reconocimiento a aquellos que pierden la vida en extrañas circunstancias y ante la mirada impávida de millones de visitas o descargas, para que, al menos, en la otra encuentren el debido consuelo.

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6 pensamientos en “La muerte en directo

  1. Se dice que nos hemos inmunizado contra el dolor ajeno porque estamos sobreexpuestos a través de los medios de comunicación. Yo creo que no, que aún no estamos inmunizados.

    En cuanto al tratamiento de los medios, hace muy poco me contaba una ex periodista de sucesos lo importante que es distanciarse un poco de esas noticias, no implicarse, para no volverse locos. Quizás este mecanismo de defensa de los periodistas, imprescindible, se transmite al espectador y hace que se deshumanice un poco todo.

  2. Cargado de razón, sí, estoy de acuerdo. Y oportuno también. Es lo que nos salva de la “inmunización”: la reflexión constante, la consciencia de las cosas, la mirada crítica, el conocimiento. Hablar y volver a hablar y repetir cuantas veces podamos que NO somos inmunes. Gran texto, Pedro!

    • Eso creo, q no debemos dejar de ser inmunes… de lo contrario, estaremos jodidos, por no decirlo de una manera más cruda, todavía.

      Gran amiga! no sabes la alegría q me llevé al reencontrarte hace un par de años… despúes de no sé cuantos de ausencia 🙂

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