Facebook para todos

Las redes sociales han entrado en nuestras vidas con la fuerza de un ciclón. Como la pena, penita, pena, vaya.

Hay tantos tipos de usuarios como usuarios en sí, o sea, a día de hoy 800 millones en Facebook y 50 millones de activos en Twitter, por poner como ejemplo las dos redes más populares. Mucha gente. Mucha.

Entre otros, uno de los daños colaterales más graves es que todo el mundo puede tener un perfil en cualquiera de estas redes. No se hace examen ni nada y, claro, cualquiera puede tener una cuenta y decir sus cosas. Uf, 850 millones…

Entre tantos humanos pues… qué quieren que les diga… de todo hay*: graciosos, malhumorados, profesionales, exhibicionistas, tímidos, voyeurs, sabiondos, exaltados… De todos, a mí los que me fascinan, especialmente en Facebook, son los de “me la pela lo de las normas, yo hago aquí lo que me da la gana”, que es el nuevo “yo he venido aquí a hablar de mi libro”. Lo demás les importa tres cuarenta: nada de normas. “Esto es gratis ¿no? pues melofo cuando quiero”.

Es como si no tuvieran conciencia de que, si somos activos, Facebook es un reflejo de nosotros mismos. Es como si no se dieran cuenta de que lo que decimos, como en cualquier otro ámbito de la vida, forma la imagen que los demás tienen de nosotros. Y, en el caso de estas personas, esa imagen suele ser, invariablemente, de maleducados y prepotentes. Porque, ante cualquier recomendación o crítica, lejos de pararse a pensar si esa es la imagen que quieren proyectar, que puede que estén equivocados o que quizás deberían repensarse su actitud, se crecen, se reafirman en su “me la pela…”, sin darse cuenta de que van cavando su propia tumba digital. Y las tumbas dan grimilla.

Todos tenemos o hemos tenido uno de esos contactos, uno de esos de los que ocultamos sus publicaciones y limitamos al máximo sus intervenciones en nuestro espacio, porque no queremos exponernos a que se suliveyen con cualquier cosa y nos monten el numerito delante de los demás. Todos nos hemos sentido damnificados en algún momento por ese personaje del que nos molestan sus comentarios y que, aunque en la vida carnal vista de cuello blanco, en su hábitat digital es un auténtico hooligan. Y todos, o casi todos, nos hemos desecho de ellos antes o después, según nuestra paciencia y el amor que le tengamos. Nos alejamos de ellos.

Afortunadamente, Internet es tan grande que es bastante fácil poner bytes de por medio. No se corten, hagan el favor. Quítenselos de encima.

* Al parecer, ya hay de quién está estudiando los diferentes tipos de perfiles, aunque creo que se deja algunos.

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Leed, leed, malditos

Bonaventura y Violetas para Olivia. Sin tener nada que ver, son igual de recomendables.

Ya está aquí la Navidad y se me ocurren dos recomendaciones en materia de regalos: dos libros. Porque a Comunicación de Resistencia le apasiona la lectura y ya puestos a consumir, intentemos que esta noble acción en tiempos de crisis tenga un componente literario. Os ofrecemos dos alternativas para sumergirnos en dos tramas intensas. Ambas de ficción, pero muy aferradas a la historia de una ciudad, una y a la de una familia y su tiempo, la otra.

Una es Bonaventura, sangre, cólera, melancolía y flema de Carlos Aimeur, gran amigo y lo de grande en todas sus consecuencias. Ambientada en la Valencia de los Austria narra las vicisitudes del que se podría considerar el primer investigador y del que podría considerarse el primer asesino en serie autóctono. Bajo una apariencia real y siguiendo las crónicas del momento, Aimeur monta toda una ficción en la que se entremezcla novela histórica, novela negra, serie detectivesca, de misterio, intriga e incluso con retazos científicos.

Bonaventura es una novela que engancha, que atrae a los de casa (público valenciano) y a los de fuera porque nos presenta la Valencia que transita entre finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII; la Valencia convulsa que se debate entre los Austrias y los Borbones; la Valencia como núcleo central de mercados y comerciantes. En definitiva, la Valencia empírica frente a la racionalista, aunque en Bonaventura todo aparece mezclado, y de ahí el interés que suscita este libro, al proponer alianzas extrañas, igual que presenta como la vida nos ofrece extraños compañeros de viaje.

La otra novela es Violetas para Olivia o como prefería su autora, Julia Montejo, La herencia invisible. Una fantástica novela que despierta en todos los que la leen ‘la herencia invisible’ que heredamos cada uno de nuestras propias familias, la que se lleva en los genes, la que conforma nuestra personalidad, la que no desaparece aunque si lo hagan nuestros progenitores, porque queda impregnada en nosotros y en los espacios que habitamos. Como Violetas para Olivia, que nos presenta a toda una saga familiar a partir del regreso al hogar del último de sus miembros.

La historia de una mujer que se cree libre e independiente y que solo tendrá la oportunidad de conseguirlo sumergiéndose en su propio pasado.

Una novela intensa, con continuos saltos en el tiempo, muy bien entrelazada, con misterio, intrigas, con unos personajes duros y muy bien construidos… y es que Julia, al igual que Carlos, por méritos propios, son de los que merecen un hueco en nuestra alcoba, bueno en la mesilla de noche (je je), en nuestras librerías… y también en el día a día.

¡Feliz lectura!

Un mes en la blogosfera

Comunicación de Resistencia cumple su primer mes y el objetivo que perseguíamos Mar i Ví,  Perefe Pérez cuando lo fraguamos. La fusión de estas tres mentes inquietas contemplaba crear un espacio reivindicativo que tan solo invitase a la reflexión. Nosotros lo necesitábamos, pero el hecho de constatar que muchos de vosotros que estáis ahí, al otro lado, también os sumáis al debate, nos alienta a seguir intentándolo.

Gracias por seguirnos, por vuestros mensajes de apoyo y por vuestros comentarios.

COMUNICAR es básico, ‘hacerlo bien y hacerlo saber’ es una actitud que deberíamos asimilar todos, seguro que nos iría mejor. Y RESISTIR ante tanta incompetencia, tanta injusticia, tantos desmanes… no sirve de nada si lo hacemos unos pocos. Requiere de la unión de todos, para alcanzar una meta, para lograr el éxito. Un éxito que no tiene nada que ver con lo material, sino con la satisfacción personal de saber que algo está bien hecho.

Impossible is Nothing.

Conversaciones entre ventanas

Las ventanas de mi cocina se abocan a un patio interior de manzana en el que convergen otras decenas de ventanas, habitantes todas de una misma ciudad interior. Son distintas a las ventanas externas, las que dan a la calle y se presuponen por ello expuestas: las ordenanzas municipales sobre higiene y estética urbana -esas que definen cómo se ve lo que se ve de una ciudad y que afectan a la totalidad de las fachadas de mi barrio “protegido”-, no se fijan en las ventanas de los patios interiores, claramente porque no se ven desde la calle y no corren el peligro de formar parte del álbum de fotos de un turista, algo que los políticos de esta ciudad cuantifican como la más perfecta representación de la materia urbana, como si eso fuera algo representable, cuando en realidad ni siquiera es aprehensible.

En el patio interior de manzana al que se abocan las ventanas de mi cocina hay tantos tipos de ventanas y tantas historias tras ellas como personas habitan esas casas. Cada cual diseña y modifica sus ventanas de acuerdo con sus necesidades, exacta y exclusivamente atendiendo al uso y al gusto de la habitación que iluminan, protegen y ponen en comunicación. De este modo no hay dos iguales. Son dominios de la voluntad hogareña con capacidad para construir relatos. Por sus materiales, formas, colores y tamaños hablan de la situación económica de los habitantes de esas casas, de su creatividad, su interés por la estética, su forma de convivir, su estructura familiar, su relación con la luz, el sol y la lluvia; hablan de sus hábitos de limpieza, de sus horarios, del tiempo que pasan en la cocina y de todo lo que sucede en esas cocinas que no es estrictamente cocinar. Incluso oscuras como escondites siguen hablando.

De modo que no tengo cortinas ni persianas, ningún objeto impide que mis ventanas se comuniquen con las otras y mi casa se llena a diario con las conversaciones de esta ciudad interna, astutamente oculta a las cámaras de los turistas y los inspectores, a la higiene de las ordenanzas y a la planificación de los arquitectos; una ciudad a salvo de esa otra, falsa y pretendida, que florece exuberante a nuestro alrededor.

Así nos va

A veces pienso que debería haber una asignatura en los últimos años de enseñanza obligatoria, troncal, sobre Medios de comunicación. Con un par de horitas a la semana ya estaba bien, tampoco hay que abusar pero, eso sí, TODOS LOS AÑOS.

Dedicaría estas dos horas semanales a enseñar a los jóvenes ciudadanos a leer, escuchar y ver los medios de comunicación con espíritu crítico, a darles las claves básicas para entender por qué este periódico, que pertenece a determinado grupo empresarial con sus intereses propios, titula de esta manera. Intentaría que aprendieran a descifrar la tendencia política de cada uno de los medios analizando las combinaciones de titulares de la portada, por ejemplo, o que jugaran a titular determinada noticia según el medio que iba a publicarla.

Se me ocurren actividades chulísimas que incorporarían conocimientos de otras materias, claro: historia, literatura, historia del pensamiento, política, economía… ¿Por qué no comentar la rivalidad entre el F.C. Barcelona y el Español enlanzando con los intríngulis de la burguesía catalana de principios del siglo XX? ¿Por qué no comparar y diferenciar el impacto de la imprenta en el pensamiento con el de la globalización?

Un par de horas así a la semana podría ayudar a los chavales a entender por qué los medios de comunicación se comportan como si hablaran desde planetas diferentes y, quizás, sólo quizás, estuvieran algo menos confusos en su trayectoria vital, al menos en lo que a su relación con el entorno se refiere. El objetivo no sería enseñar a ser periodista, qué va, sería enseñar a ser ciudadano informado, a saber relacionar una información con otra. A PENSAR UN POCO, pordios. Porque, no nos engañemos, los medios de comunicación ayudan a conformar desde el primer impacto a los ciudadanos del mañana.

Lamentablemente, es una utopía. Ni siquiera en la enseñanza universitaria se incorpora el análisis de los medios de comunicación como parte del curriculum. Un alumno de MBA puede haber terminado todos sus años de carrera, masteres, cursos y trabajos sin haber leído NUNCA un periódico económico. Y así nos va.

Esto no es un ejemplo inventado. No es una hipótesis.

Hace un par de años tuve la desgracia oportunidad de trabajar con un becario recién licenciado de su master de nosequé cosa económica. Le pedí que buscara unos datos económicos para hacer un análisis sectorial. A los dos días me devolvió el trabajo con una columna vacía.

– Faltan los datos del PIB.

– Eso no sé lo que es.

– Podías haberlo preguntado. Pero no me creo que acabes de terminar un master en economía y no sepas lo que es el PIB.

– Pues nunca lo he dado.

– Vale, no te acuerdas. Pero, vamos a ver, que sale a diario en las noticias económicas, en las noticias generales… ¡sale en todas partes!

– Yo nunca veo las noticias. Y no es que no me acuerde, es que en la carrera no se da. Será una palabra de esas que se inventan los periodistas.

Así nos va.

La muerte en directo

Van pasando los días y no consigo sobreponerme a la horrible visión que supone digerir ‘la muerte en directo’, ahora incluso repetida, ampliando pantalla, con pausa, o a cámara lenta, como la que nos ofrece internet casi a diario.

Desde que la red está ahí para mostrarlo todo creo que la condición humana ha ido perdiendo esa condición que otrora la hacía humana y nos muestra sin rubor el morbo, el ensañamiento, las vísceras, el color sucio de la sangre, el terror, la violencia y lo ves como si de una ‘peli’ de acción se tratara y sin embargo, es la cruda realidad, rodada en plan dogma, como un reality, con sus desencuadres y sus píxeles.

Y entonces perdemos la consciencia y no reparamos en que lo que vemos en pantalla son personas de carne y hueso, con nombres y apellidos, no son actores, no representan una tragedia. Son personas reconocibles o anónimas que viven su propio drama, el último, el que les va a hacer abandonar el mundo de los vivos y ni tan siquiera les permitimos hacerlo en intimidad, en silencio, sin hacer ruido, sin el respeto que merecen los que se encaran al precipicio.

Creo que cuanto más próxima tenemos la actualidad, cuanto más inmediato es el drama, más nos alejamos de la realidad. Días atrás sufrí, como muchos de nosotros, con la niña china atropellada, me dejó paralizado el linchamiento a Gadafi, al margen de su figura de dictador villano y quedé tocado con el accidente mortal de Simoncelli… ¡Qué vendrá luego!

Ahora pienso en todo el contencioso que se montó en la Casa Blanca ante la disyuntiva de mostrar o no las imágenes de Osama muerto tras la incursión militar que acabó con el enemigo público nº 1. Aquel día no lo entendí y hoy, que queréis que os diga, casi les doy las gracias. Me la pela que los que quisieran ver su cabeza colgando del pendón yanqui argumentaran que se trataba de evitar suspicacias sobre su verdadera captura y la veracidad de su muerte.

Visto lo visto, hay cuestiones que se pueden evitar, hay códigos que debieran marcar dónde está el límite. Este es un gran dilema que afecta a los medios de comunicación que parecen haber tirado por el desagüe su propio código deontológico porque la red ha conseguido que se convierta en papel mojado. Huelga decir que aquí no encontrareis enlaces a ninguno de los casos que he comentado, creo que la muerte es algo tan serio que sólo se debería tratar en la ficción. El día a día igual que nos depara alguna celebración, de tanto en tanto, nos coloca algún sepelio. Y cuando la paz y armonía de una pequeña comunidad queda conmocionada por un hecho luctuoso, como el que me afecta estos días, te alejas del ruido mediático que poduce un aparato de radio, de la TV, del papel couché, de la red, y deseas que ellos se alejen de tí otro tanto.

De ahí, mi más sincero reconocimiento a aquellos que pierden la vida en extrañas circunstancias y ante la mirada impávida de millones de visitas o descargas, para que, al menos, en la otra encuentren el debido consuelo.