A la calle: políticas y poéticas

¿Qué son y para qué sirven las vías por las que se agitan vehículos y transeúntes, lo que normalmente llamamos calles? Me lo pregunto justo hoy, primer día de una nueva legislatura en nuestras manos trabajadoras y contribuyentes. Hace poco volví a una manifestación y de nuevo tuve la sensación de formar parte de una coreografía sofisticada, una especie de partitura ideológica que nada tiene que ver con el uso habitual que hago de esas mismas calles cualquier otro día, cuando limito mi desplazamiento a un trazado que me lleva de un lado a otro mientras esquivo mobiliario urbano, monumentos, edificios, vehículos, mensajes publicitarios y construcciones de la memoria oficial, que desde luego no es la mía.

Esas calles que parecen pasillos, espacios anodinos entre bloques continentes, excipiente prescindible, adquieren otros significados cuando mis pies y los tuyos las recorren en medio de una manifestación. Entonces se convierten en el escenario de un deseo colectivo, adquieren valores compartidos, formas urgentes de expresión. Sólo así es un espacio “verdaderamente público” al servicio de la libertad de comunicación, “también del cuestionamiento sin trabas de cualquier forma de autoridad y de denuncia de sus abusos, institucionalización escénica de la crítica pública con relación a los asuntos públicos”, como asegura el antropólogo Manuel Delgado.

De modo que las calles y las plazas de nuestra ciudad, que normalmente sirven para trasladarnos de un lugar a otro, son también escenario para la cohesión, la colectividad, la coalición de una muchedumbre que se agita, protesta, canta, camina mientras grita y reclama nuestro derecho a existir con un rostro, una voz, una opinión, una forma corporal concreta y única, algo mucho más poderoso y real que un voto o un expediente de la Seguridad Social o una tarjeta de crédito. Cuando la calle se recupera de este modo yo me siento persona y me hago presente a través de mi cuerpo y mi palabra. Y sólo entonces, me dice mi propia memoria, salir de casa tiene un sentido político.

Cuando la manifestación concluyó regresé a casa acompañada por otras personas de mi barrio. Caminábamos en la misma dirección y manteníamos el paso percutor del grupo, acalorados y exhaustos como estábamos tras las horas de paseo y acción. Nos movíamos por las mismas calles de siempre pero ahora eran espacios conquistados, arrebatados momentáneamente a los caciques de las ordenanzas públicas, recuperada su propiedad en un sentido constitucional y su estructura celular en un sentido romántico, sí, casi adolescente, irreprimible y voluptuoso como un neurotransmisor.

Volví a casa. Al entrar percibí la supuesta calma de la propiedad privada, soledad y sosiego, una puerta con dos cerrojos y tres pisos de escaleras me separaban de aquel espacio público que, como después de cada manifestación, me parecía ya más mío y más propio que mi propia casa. Como si mis derechos, mi carne y mi memoria pertenecieran más estrechamente a esas calles colectivizadas, quizá porque me han hecho sentir que existo a través de los otros y que todos, pensaba ya desde el sofá, derrengada y satisfecha, somos la misma cosa.

Por Mar i Vi

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3 pensamientos en “A la calle: políticas y poéticas

  1. Me gustaría poder decir que ojala no haga falta que tengamos que volver a tomar las calles para sentir el nosotros. Sería una muestra de que todo va a mejor.

  2. No hay q abandonar nunca la calle. Cuando lo hacen los políticos, y ya llevan mucho tiempo así, olvidan su función de servicio público. No sé quien escribe mejor, si Mar o Vi, me gustan las dos!

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