De los que votan

En el barómetro de octubre del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), con las elecciones del 20N ya convocadas y en una situación económica desastrosa,  el 33’7% de los españoles reconocía que nunca leen las noticias de política de los periódicos, el 37’4% que nunca escuchan o ven noticias sobre política en radio o televisión y que el 65’7% nunca usan internet para buscar noticias sobre política o sociedad.

Nunca.

Todas estas personas que nunca leen o escuchan noticias sobre política, votan. De hecho, el porcentaje de participación de estas elecciones generales de 2011 ha sido bastante alto. Esas personas han votado. Y yo me pregunto ¿cómo saben a quién votar si nunca leen o escuchan noticias sobre política? Si no saben qué van a hacer los candidatos cuando ganen ¿cómo deciden en quién van a depositar su confianza? ¿Cómo saben qué votan, exactamente?

Se me ocurren algunas respuestas: algunos votan lo que han votado siempre; otros, muchos, como castigo a quienes les han decepcionado; hay de quien ni siquiera se lo cuestiona mucho, es más una cuestión de tradición familiar; habrá de quien vote según sople el viento en su entorno y, estoy segura, hay de quien vota secretamente porque le avergüenza o incomoda reconocerlo.

En cualquier caso, el bajo interés de la ciudadanía en lo que dicen los políticos y la baja valoración que tiene, en general, la clase política, debería ser una llamada de atención para los jefes de campaña y jefes de gabinete: sus mensajes no se escuchan y no son valorados.

O quizás ellos saben que para ganar las elecciones sólo tienen que poner muchas banderolas, llevar corbatas chulas y hablar mucho y mal sobre el contrario, sin importar lo que se diga. Quizás no se esfuerzan lo más mínimo en comunicar qué van a hacer y, sobre todo, cómo, porque están seguros de que nadie va a escucharles. A lo peor por eso los candidatos son tan malos como oradores y como comunicadores, porque es más importante el escenario, el color del logotipo y la sonrisa de los comparsas.

Curiosamente, en política, parece que es más importante cómo se dice que lo que se dice. Y que el fin siempre justifica los medios.

Si Maquiavelo levantara la cabeza…

Anuncios

¿Dónde está el teatro…? (I)

De nuevo en la calle para participar en una protesta. Fue hace unos pocos días en la Plaza del Ayuntamiento de Valencia y no era una manifestación, tampoco una concentración al uso. Los organizadores lo llamaron “acción” y me parece una opción semántica acertada. Cuando llegué a la plaza había un par de filas de sillas con gente sentada. Otras personas llegaban poco a poco y se acomodaban en el suelo, delante de las sillas, o de pie y atrás. Dejaron un pasillo en medio con lo cual al final aquello tenía toda la pinta de un patio de butacas y el edificio del Ayuntamiento ocupaba el espacio del escenario, mientras el programa de mano preguntaba “¿Dónde está el teatro…?”.

La protesta era por el anuncio de la desaparición del festival VEO y la convocó la plataforma Veo Indignación. Personalmente, lo que más me preocupa de un gobierno que elimina un proyecto de cultura arraigado entre el público (y especialmente la gente joven)  es que no proponga nada a cambio. No hay alternativas al festival VEO, no hay a la vista políticas de cultura contemporánea en el Ayuntamiento de Valencia, no hay intención ni voluntad de dedicar recursos hacia los jóvenes creadores y los nuevos espectadores. Sólo se invierte en infraestructuras, en edificios y equipamientos, pero ni asomo de proyectos artísticos y mucho menos de proyectos de cultura social. Nada que estimule demasiado el pensamiento, nada que desordene el mapa. ¿Qué ha de suceder para que se disipe la cortina de humo de la crisis sobre nuestros ojos…?

La acción de Veo Indignación proponía la lectura conjunta de los textos de la alcaldesa en los catálogos del festival. No nos enteramos de todos los detalles, porque cada persona leía un párrafo y a veces la voz era más o menos alta, y el manejo del megáfono más o menos diestro, pero se quedaron en el aire frases como “festival consolidado”, “un orgullo para la ciudad” o “estoy plenamente satisfecha”. Una paradoja dentro de otra.

Al día siguiente se celebraba el pleno municipal sobre los presupuestos para 2012 y el festival VEO no figuraba entre las inversiones previstas, algo que los más de doscientos asistentes ya preveíamos pero que no fue obstáculo para manifestar con nuestra voz y nuestra presencia un desacuerdo con las decisiones sobre políticas públicas de la ciudad. Allí estuvimos, pues, convertidos en comunidad de ciudadanos indignados.

¿Y ahora qué…?

Y gira La Noria

La retirada masiva de anunciantes de los espacios publicitarios del programa de Tele 5 La Noria ha sido la consecuencia de la iniciativa personal del bloguero Pablo Herreros, secundada por miles de anónimos televidentes, primero, y por importantes empresas anunciantes, después.

Ha habido otras campañas que han tenido éxito apoyándose en la red pero esta ha sido la primera vez que tengo conciencia de que una iniciativa surgida desde la red tiene efectos en la vida carnal (o catódica, vaya). Sí, ha habido otras, pero esta me fascina especialmente. No sólo por los efectos que ya tiene sobre ese programa en concreto, también por los daños colaterales. Y porque, personalmente, no consigo decantarme por una postura clara y no se me acaban las preguntas. Es casi como si fuera capaz de defender un argumento y el contrario en cada caso, según me plantee la pregunta.

Por ejemplo, ¿está bien presionar a los anunciantes para que retiren su apoyo económico a un programa concreto? hay de quien critica abiertamente esta postura porque, dicen, es como una censura explícita. Incluso en La Noria se ha argüido que esta campaña es un ataque contra la libertad de expresión. Si me hicieran la pregunta así, probablemente diría que no me parece bien pero ¿y si la pregunta se hace de otra manera? ¿Está bien que los televidentes desencantados tomen medidas para desterrar de la televisión contenidos que no les satisfacen? Aquí, mi respuesta flaquea. No sé si puedo ser tan rotunda.

Estas y otras muchas preguntas andan dando vueltas en mi cabeza, sin respuesta casi todas.

Lo único que me ha quedado claro de este desafortunanado proceso es que quizás empieza a haber cambios estructurales para los que no estamos preparados, ni los televidentes, ni las cadenas. Hasta ahora, el telespectador era esa masa de carne que se sentaba frente al televisor y miraba, con un limitadísimo control, ya que sólo podía elegir entre la oferta que se emitía. Ahora, el telespectador ha descubierto que hay una posibilidad, aunque sea remota, de elegir lo que no quiere que se emita. Y las cadenas, especialmente Tele 5, se han dado cuenta de la manera más dolorosa posible, a través de la cuenta de resultados.

Empiezo a preguntarme si las televisiones seguirán esgrimiento eso de “emitimos lo que el espectador demanda” si siguen apareciendo iniciativas de este tipo. Y también si seguirán emitiendo lo que creen que el espectador demanda si no les genera beneficios porque no tienen anunciantes.

Quizás esta sea la verdadera revolución del medio, y no la tan cacareada televisión a la carta o el TDT. Quizás, pero muy quizás.

Si quieres más información, Gonzalo Martín ha hecho una interesante reflexión sobre este tema aquí.

La mala educación

Repaso mentalmente mi asistencia la pasada noche a Mestalla, templo del fútbol en Valencia, junto a mi sobrino, y aún resuenan en mi cerebro desaires, malos gestos, desplantes, malas formas y peores maneras. Las de un equipo que se vanagloria de sembrar ‘señorío’, que término más rancio, por otra parte, y lo único que genera, en estos tiempos de globalización, es animadversión. Así es, lo del Real Madrid ha tomado unos derroteros que pintan mal. Muy mal. Su entrenador no argumenta, despotrica en todo momento. Sus jugadores tienen por norma (sancionable, por cierto) cuestionar todas, he dicho TODAS, las decisiones arbitrales. Desarrollan un fútbol rápido y directo, eso sí, pero luego saben como frenarlo con entradas feas, pérdidas de tiempo, con un ‘me caigo fuera del terreno de juego pero me remuevo hasta situarme dentro’, ¡qué lamentable!.

Sin duda, son todo un ejemplo de la mala educación, si se animara Almodóvar a realizar segundas partes, a buen seguro que contaría con todos los miembros de la plantilla, bueno, igual salvo de la hoguera al portero y a un Albiol que antaño fue nuestro.

De verdad, es preocupante, y sentado junto a mi sobrino de 15 años, pensaba qué ejemplo trasladamos a la juventud. Ningún jugador merengue guarda unas mínimas normas que darían el aprobado en Ética, la antigua Convivencia o en el híbrido creado de Educación para la Ciudadanía. Y es que no vale el éxito por encima de todo, no vale ser rastrero y desplegar todo un aluvión de malas artes para alcanzar la meta, porque cuando alcanzas tu objetivo caes en la cuenta que por el camino te has dejado tu conciencia y te has convertido en un mero CR9 o 7, no lo sé, ni me importa. Que si, tendrá fama y fortuna, pero no tantos seguidores o incondicionales, somos muchos más sus detractores. No es un ejemplo para los jóvenes. Ni Pepe, ni Higuaín, ni Khedira, ni Xabi Alonso… ninguno. El Real Madrid, desde hace unos años sufre una maldición, quien luce su camiseta, directamente se vuelve maleducado, irreverente, irrespetuoso, contestatario, impertinente e insoportable. Allá ellos, como dice mi hija Sofía de 4 años, el tiempo pone a cada uno en su sitio.

¡Ah!, y por supuesto fue penalti de Higuaín, le da en el brazo y muestra intencionalidad, aunque muchos medios de comunicación lo enmascaren o incluso La Sexta le niegue al Valencia CF las imágenes, al margen de que su director haya sido ex jefe de comunicación del Real Madrid. ¿Dónde está la profesionalidad o el rigor de la información? Será que ya solo hay mala educación.

A la calle: políticas y poéticas

¿Qué son y para qué sirven las vías por las que se agitan vehículos y transeúntes, lo que normalmente llamamos calles? Me lo pregunto justo hoy, primer día de una nueva legislatura en nuestras manos trabajadoras y contribuyentes. Hace poco volví a una manifestación y de nuevo tuve la sensación de formar parte de una coreografía sofisticada, una especie de partitura ideológica que nada tiene que ver con el uso habitual que hago de esas mismas calles cualquier otro día, cuando limito mi desplazamiento a un trazado que me lleva de un lado a otro mientras esquivo mobiliario urbano, monumentos, edificios, vehículos, mensajes publicitarios y construcciones de la memoria oficial, que desde luego no es la mía.

Esas calles que parecen pasillos, espacios anodinos entre bloques continentes, excipiente prescindible, adquieren otros significados cuando mis pies y los tuyos las recorren en medio de una manifestación. Entonces se convierten en el escenario de un deseo colectivo, adquieren valores compartidos, formas urgentes de expresión. Sólo así es un espacio “verdaderamente público” al servicio de la libertad de comunicación, “también del cuestionamiento sin trabas de cualquier forma de autoridad y de denuncia de sus abusos, institucionalización escénica de la crítica pública con relación a los asuntos públicos”, como asegura el antropólogo Manuel Delgado.

De modo que las calles y las plazas de nuestra ciudad, que normalmente sirven para trasladarnos de un lugar a otro, son también escenario para la cohesión, la colectividad, la coalición de una muchedumbre que se agita, protesta, canta, camina mientras grita y reclama nuestro derecho a existir con un rostro, una voz, una opinión, una forma corporal concreta y única, algo mucho más poderoso y real que un voto o un expediente de la Seguridad Social o una tarjeta de crédito. Cuando la calle se recupera de este modo yo me siento persona y me hago presente a través de mi cuerpo y mi palabra. Y sólo entonces, me dice mi propia memoria, salir de casa tiene un sentido político.

Cuando la manifestación concluyó regresé a casa acompañada por otras personas de mi barrio. Caminábamos en la misma dirección y manteníamos el paso percutor del grupo, acalorados y exhaustos como estábamos tras las horas de paseo y acción. Nos movíamos por las mismas calles de siempre pero ahora eran espacios conquistados, arrebatados momentáneamente a los caciques de las ordenanzas públicas, recuperada su propiedad en un sentido constitucional y su estructura celular en un sentido romántico, sí, casi adolescente, irreprimible y voluptuoso como un neurotransmisor.

Volví a casa. Al entrar percibí la supuesta calma de la propiedad privada, soledad y sosiego, una puerta con dos cerrojos y tres pisos de escaleras me separaban de aquel espacio público que, como después de cada manifestación, me parecía ya más mío y más propio que mi propia casa. Como si mis derechos, mi carne y mi memoria pertenecieran más estrechamente a esas calles colectivizadas, quizá porque me han hecho sentir que existo a través de los otros y que todos, pensaba ya desde el sofá, derrengada y satisfecha, somos la misma cosa.

Por Mar i Vi

¿Por qué, ahora, un blog?

Porque sí.

Las arrugas surcan nuestros rostros y la experiencia y la sabiduría se reflejan en forma de canas (en Pérez no, que no tiene arrugas ni canas. NINGUNA. EN NINGÚN SITIO).

Ahora que tenemos una edad queremos compartir nuestras inquietudes, nuestro conocimiento, nuestra experiencia y, porqué no, también nuestra ignorancia, con quien quiera leernos. La blogosfera nos da la oportunidad de hacerlo a lo grande y gratis así que, ¿por qué no aprovecharla?

Esto no es una declaración de intenciones, no prometemos nada. Bueno, sí. Podemos prometer, y prometemos, escribir con ganas (sobre todo Mar i Vi, esta es suya), con ilusión (esta es de Perefe, que la tiene toda) y, siempre que nuestra conciencia nos lo permita, con sentido del humor.

Porque todo en la vida, con sentido del humor, es mejor.